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Meditación: Dios siempre vencerá…

Meditación: Dios siempre vencerá

La frase expresa una profunda esperanza cristiana: el mal puede hacer mucho ruido, puede parecer poderoso e incluso puede hacernos pensar que ha vencido, pero no tendrá la última palabra. La última palabra pertenece a Dios.

Jesús mismo promete que las fuerzas de la muerte no prevalecerán contra su Iglesia.

Vivimos muchas veces con la sensación de que la oscuridad está ganando. Vemos injusticias, violencia, odio, corrupción, mentiras, indiferencia, egoísmo y sufrimiento. A veces incluso podemos preguntarnos: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué permite todo esto?

Pero la fe cristiana nos invita a mirar más allá de lo inmediato.

La oscuridad puede ocultar la luz, pero no puede destruirla.

Una pequeña llama encendida en medio de una habitación completamente oscura parece insignificante. Sin embargo, basta encender una luz para que la oscuridad comience a desaparecer. La oscuridad no tiene poder para apagar la luz por sí misma.

Así ocurre con Dios.

La verdad terminará venciendo a la mentira

La mentira puede difundirse rápidamente. Puede manipular, confundir y engañar. Puede incluso conseguir que muchas personas crean en ella.

Pero la mentira necesita ser constantemente alimentada.

La verdad simplemente permanece.

Por eso el cristiano no está llamado a responder a cada mentira con otra mentira, ni al odio con más odio. Está llamado a permanecer en la verdad, aunque hacerlo resulte difícil.

Cristo no dijo simplemente que conocía la verdad.

Dijo:

Por eso, cuando defendemos la verdad con caridad (con amor), no estamos defendiendo solamente una idea: estamos permaneciendo unidos a Cristo.

El bien no siempre vence inmediatamente

Aquí debemos comprender algo muy importante.

Decir que el bien vencerá al mal no significa que en esta vida veremos siempre triunfar inmediatamente a los buenos.

A veces el inocente sufre.

A veces el injusto parece triunfar.

A veces quien hace el bien recibe ingratitud.

A veces quien miente consigue más reconocimiento que quien dice la verdad.

Pero el Evangelio no mide la victoria como la mide el mundo.

Jesús mismo terminó aparentemente derrotado en una cruz.

Sus enemigos podían pensar:

«Hemos vencido».

Pero tres días después, la tumba estaba vacía.

La cruz parecía una derrota.
La Resurrección reveló la verdadera victoria.

Por eso el cristiano nunca debe confundir apariencia de derrota con derrota definitiva.

El amor es la fuerza más grande

Quizá esta sea la parte más hermosa de la frase.

El mal pretende destruir mediante el odio.

Dios transforma mediante el amor.

El mal dice:

«Devuelve el golpe».

Cristo dice:

«Ama».

El mal dice:

«Véngate».

Cristo dice:

«Perdona».

El mal dice:

«Piensa solamente en ti».

Cristo dice:

«Entrégate por los demás».

El mal quiere endurecer el corazón.

El amor de Cristo vuelve a abrirlo.

Y aquí está uno de los grandes misterios del cristianismo: el amor puede parecer débil ante los ojos del mundo y, sin embargo, posee una fuerza transformadora extraordinaria.

Un gesto de perdón puede detener una cadena de odio.

Una palabra de esperanza puede impedir que alguien se rinda.

Una persona que decide hacer el bien puede cambiar el ambiente de una familia.

Una vida entregada a Dios puede transformar muchas otras vidas.

Dios no necesita hacer ruido para vencer

Dios muchas veces actúa silenciosamente.

Una semilla crece bajo tierra sin que nadie la vea.

Un niño aprende a amar.

Una persona arrepentida vuelve a Dios.

Alguien perdona después de muchos años.

Una persona herida recupera la esperanza.

Un pecador vuelve a confesarse.

Una familia se reconcilia.

Alguien decide comenzar de nuevo.

Y allí está Dios venciendo.

No siempre mediante grandes acontecimientos, sino mediante pequeñas victorias interiores que el mundo quizá nunca llegará a conocer.

Por eso no debemos desesperarnos

Cuando veas oscuridad, enciende una luz.

Cuando encuentres mentira, permanece en la verdad.

Cuando encuentres odio, ama.

Cuando recibas una ofensa, perdona.

Cuando aparezca el mal, haz el bien.

Cuando parezca que Dios guarda silencio, confía.

Cuando parezca que todo está perdido, recuerda la Resurrección.

Porque nuestra esperanza no está basada en que el mundo sea perfecto.

Está basada en que Cristo ha vencido.

Y la promesa de Jesús permanece: las fuerzas de la muerte no prevalecerán contra su Iglesia.

La última palabra no la tendrá la oscuridad.
No la tendrá la mentira.
No la tendrá el odio.
No la tendrá el pecado.
No la tendrá la muerte.

La última palabra la tendrá Dios.

Y Dios es Luz, Verdad, Bien, Amor y Vida.

Por eso, incluso cuando no entendamos lo que está sucediendo, podemos decir con confianza:

«Señor, yo no sé cuándo ni cómo vencerás, pero sé de qué lado quiero estar: del lado de la luz, de la verdad, del bien y del amor».

Y quizá esa sea la verdadera tarea del cristiano:

no esperar pasivamente a que Dios venza el mal, sino convertirse cada día en un pequeño instrumento de la victoria de Dios.

Porque cada vez que una persona ama en lugar de odiar,
perdona en lugar de vengarse,
dice la verdad en lugar de mentir,
hace el bien en lugar del mal
y mantiene la esperanza en lugar de desesperarse,

la luz de Cristo vuelve a encenderse en el mundo.

Y ninguna oscuridad podrá apagarla.

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