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Escuela de Vida. Cuando muere el amor…

Cuando muere el amor, no siempre muere de golpe. A veces se va apagando poco a poco, hasta que un día descubrimos que aquello que antes nos hacía vibrar ya no nos conmueve de la misma manera.

Muere el amor cuando dejamos de mirar al otro con ternura y empezamos a mirarlo con indiferencia. Cuando escuchar deja de importar, cuando el diálogo se sustituye por el silencio, cuando los pequeños gestos dejan de tener valor.

Pero hay algo todavía más profundo: el amor puede morir incluso antes de que termine una relación. Dos personas pueden seguir juntas y, sin embargo, vivir ya muy lejos la una de la otra.

Cuando muere el amor suelen aparecer:

  • La indiferencia, porque ya no duele lo que antes dolía.
  • La distancia, aunque físicamente se permanezca cerca.
  • El cansancio, porque ya no se encuentra fuerza para luchar por la relación.
  • Los reproches, cuando las heridas no han sido sanadas.
  • El silencio, cuando hablar parece inútil.
  • La nostalgia, porque se empieza a echar de menos lo que alguna vez fueron.
  • Y, finalmente, la aceptación, cuando comprendemos que no todo lo que amamos puede permanecer para siempre.

Sin embargo, que muera un amor no significa que todo haya sido mentira. Lo vivido puede haber sido verdadero, hermoso y profundamente importante, aunque después haya terminado.

Y desde una mirada cristiana hay una esperanza todavía mayor: el amor humano puede herirse, debilitarse e incluso desaparecer, pero el amor de Dios no muere. Cuando el corazón queda vacío por la pérdida de un amor, Dios puede entrar precisamente por esa herida.

A veces pensamos que el final del amor es solamente una pérdida.

Y puede ser también el comienzo de una transformación: aprender a perdonar, a soltar, a comprender, a madurar y a descubrir que amar no siempre significa poseer o permanecer juntos, sino también querer el bien del otro y seguir caminando cuando una etapa ha terminado.

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