
«La ignorancia es atrevida»
Hay una frase popular que dice: «La ignorancia es atrevida». Y tiene una profunda enseñanza espiritual. No se refiere solamente a quien no sabe algo, sino a quien no sabe y, sin embargo, habla, juzga y actúa como si lo supiera todo.
En la vida cristiana, la verdadera sabiduría comienza cuando reconocemos humildemente nuestras limitaciones.
El ignorante puede pensar que tiene todas las respuestas. El sabio, en cambio, sabe que todavía tiene mucho que aprender.
Jesús fue especialmente duro con quienes creían saberlo todo y, precisamente por eso, eran incapaces de abrirse a la verdad. El problema no es no saber; el verdadero problema es cerrarse a aprender.
«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: “Vemos”, vuestro pecado permanece» (Jn 9,41).
Qué fácil es caer en esa actitud: juzgar a una persona sin conocer su historia, condenar una situación sin comprenderla, opinar sobre Dios sin haberlo buscado realmente, hablar de los demás sin haber mirado primero nuestro propio corazón.
La ignorancia acompañada de humildad puede convertirse en sabiduría.
La ignorancia acompañada de soberbia puede convertirse en una gran injusticia.
Por eso, el cristiano debería aprender a decir:
«No lo sé.»
«Necesito aprender.»
«Quizás estoy equivocado.»
«Voy a escuchar.»
«Voy a buscar la verdad.»
La humildad no nos hace pequeños. Nos hace enseñables.
También ante Dios necesitamos esa actitud. No podemos pretender comprender todos sus caminos. Hay cosas que no entendemos, sufrimientos que nos desconciertan y preguntas para las que todavía no tenemos respuesta. Pero la fe nos invita a seguir buscando, confiando y dejándonos transformar.
Señor, líbrame de la ignorancia orgullosa.
Líbrame de creer que siempre tengo razón.
Dame un corazón humilde para escuchar,
una mente abierta para aprender
y sabiduría para reconocer la verdad.
Que nunca utilice lo que no sé
para juzgar, herir o condenar a los demás.
Enséñame a buscar antes de opinar,
a escuchar antes de juzgar
y a amar antes de condenar.
Amén.
Para meditar:
¿Cuántas veces he hablado con seguridad sobre cosas que realmente no conocía? ¿Soy capaz de reconocer que puedo estar equivocado? ¿Estoy dispuesto a aprender de Dios y también de los demás?
Vea también: La ignorancia y Meditación
