Jesús. ¿Qué significa que “Jesús murió por nuestros pecados”?

“Este es el cáliz de mi sangre derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados”. Diariamente escuchamos estas palabras en el momento más solemne de la Misa. En el Credo largo decimos: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo”.
¿Cómo entiende estas palabras el cristiano que asiste con frecuencia a la eucaristía? ¿Qué trasfondo catequético respalda su devoción personal?
¿Cómo entiende que la muerte de Jesús pueda redimir sus pecados?

Cuando decimos que Jesús murió “por nuestros pecados”, queremos decir que murió porque esta humanidad pecadora no podía por menos que matarle. Murió porque éramos pecadores. Dios permitió que su Hijo muriera de esa manera tan horrible y no intervino para salvarle de sus enemigos, porque Jesús había asumido una vida humana sin privilegios, sin salvoconductos.


Hay aún un segundo sentido. Muere a manos de los pecadores, pero muere también rescatando a los pecadores de su pecado. Lo entenderemos con un ejemplo. Alguien intenta rescatar a su amigo drogadicto enredado en una mafia de traficantes. Como consecuencia de su intento muere asesinado por los mafiosos. El amigo drogadicto, arrepentido y horrorizado pensará: “Murió para liberarme de la droga, murió por rescatar mi vida. Murió por mí, murió para que yo no muriera. Me rehabilitó al precio de su vida”.
Esto podemos aplicárnoslo a cada uno de nosotros, del mismo modo que Pablo se lo aplicó a sí mismo, aunque no había conocido al Jesús terreno. Si Pablo pudo decir “Me amó y se entregó por mí” (Ga 2,20), con igual derecho podremos decirlo cada uno de los que en Cristo hemos encontrado la salvación.


Hay un tercer sentido aún más riguroso. Es precisamente la muerte de Jesús la que me convierte de mi pecado. Al escuchar la noticia de su muerte en cruz, al contemplar su imagen desfigurada, mi pecado queda denunciado y eso me lleva al arrepentimiento. La cruz nos revela un amor más fuerte que la muerte. En su pasión Jesús mostró tal dignidad, y tal nobleza, que llevó a la fe a tres personajes insólitos: al buen ladrón (Lc 23,42), al propio jefe del pelotón de ejecución (Mc 15,38-39) y a uno de los miembros del sanedrín que lo condenó (Mc 15,43). Estos tres personajes fueron cautivados por esa revelación del amor y creyeron en el amor. Descubrieron en Jesús inocencia, realeza y aun divinidad. “Cuando sea levantado en alto, todo lo atraeré hacia mí” (Jn 12,32). Solo en la cruz puede Dios acabar de convencernos de su amor hacia nosotros. De ahí su gran atractivo y el gran poder que tiene para convertirnos de nuestro pecado.

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