El pecado original: todas las personas son pecadoras en la raíz de su ser

Tres advertencias para allanar el terreno

1) ¿Por qué hablar del pecado original? Jesús no dijo nunca una palabra sobre él y no aparece en el Evangelio, al menos directamente. El Credo nos hace confesar que hay «un sólo bautismo para el perdón de los pecados» sin mención explícita al pecado original. Esto no es extraño, pues el centro del Credo es la unión de Dios y la humanidad en Jesucristo.

Hay que comprender que un enunciado dogmático, como el del pecado original, es siempre una precisión de la fe sobre tal o cual intención de esta Realidad central. Todo enunciado dogmático es una iluminación que procede del misterio de Cristo acerca de nuestra condición humana. El conjunto de los dogmas es la suma de las afirmaciones necesarias en el curso de la historia para recibir correctamente la luz de Cristo.

2) En consecuencia, no se trata de considerar el pecado original partiendo del relato del Génesis, hay que partir de Cristo. Un dogma, una precisión de fe, se sitúan siempre al nivel de la Nueva Alianza (que ilumina la Antigua y la asume). El enunciado de la fe con respecto al pecado original tiene su origen en las reflexiones de la Iglesia a partir de: – Nuestra experiencia: existe pecado en el mundo, fuera de nosotros y en nosotros, es un hecho. – Del bautismo que, tradicionalmente, ha sido comprendido como un nuevo nacimiento en Cristo.

– Ciertos pasajes del Nuevo Testamento, sobre todo la epístola a los Romanos (5,12ss) donde san Pablo escribe: «Del mismo modo que vosotros, los judíos, decís que todos somos solidarios en Adán, por lo mismo os declaro, yo Pablo, que todos somos solidarios en Jesucristo resucitado». San Pablo llama a menudo a Cristo el nuevo Adán. Antes de ser considerado como el primer pecador (porque hace falta que el pecado haya comenzado), Adán debe ser considerado como la imagen que prepara al Nuevo Adán, «figura del que debía venir» (Rom 5, 14), es decir Cristo. Así lo pensaron los Padres de la Iglesia de los primeros siglos empezando por san Ireneo, obispo de Lyon, en el siglo II: «Creando al hombre, Dios pensaba en Cristo».

3) De donde se sigue que uno se equivoca siempre en teología cuando aísla un dogma. Se ha pretendido (por ejemplo ciertos pensadores del siglo XIX como Bonaid, Maistre, Veuillot, etc.) presentar el cristianismo sólo a partir del pecado original, como si la caída, de la que se habla en el libro del Génesis, fuese el punto de partida sobre el que se edificó el cristianismo.

Cierta educación daba motivos para imaginar las cosas del modo caricaturesco llamado «el arreglo del divino fontanero»:

Dios, el fontanero supremo, fabricó el mundo con una tubería que funcionaba perfectamente bien; el hombre se las arregló para estropear esta tubería, de ahí la decisión del fontanero de enviar a su Hijo para reparar el estropicio de manera que funcionase aún mejor que en el plan primitivo. No, el cristianismo está completamente fundamentado en Jesucristo. Teníamos falsas costumbres, teníamos la tendencia a poner el acento donde no se debe poner. Existe progreso en la Iglesia no cuando se reniega hoy de lo que se creía ayer, sino cuando se eliminan los falsos hábitos, cuando más allá de las deformaciones inevitables (efímeras en derecho pero tenaces de hecho, como todos los malos hábitos) se reencuentra la Fe más tradicional de la Iglesia.

Propuesta de reflexiones teológicas La situación de Adán es nuestra situación

Hay que descartar la idea mítica de un tiempo en que el primer hombre habría vivido, antes de haber pecado, en un estado de felicidad y de perfección sin perturbación. Un teólogo contemporáneo escribe: «El dogma no impone esta interpretación y, en consecuencia, la Escritura tampoco la impone. Si el relato de la Escritura lo impusiera, el dogma lo habría también impuesto».

Hay que saber que el género literario de los capítulos 2 y 3 del Génesis es el género sapiencial (de la palabra latina sapientia, sabiduría), donde se expresa la reflexión y la experiencia del «sabio» bajo forma de proverbios, de sentencias solemnes o discursos, que tienden a transmitir una enseñanza de alcance universal. Hay proverbios o sentencias enigmáticas, por ejemplo: «Sobre sus goznes gira la puerta y sobre su cama el perezoso» (Prov 26,14), enigma que se puede formular así: «¿Quién es el que da vueltas como la puerta sobre sus goznes? ¡el perezoso sobre su camal» Parece una adivinanza. En los escritos sapienciales no hay más que enigmas de juego o de sabiduría popular, los grandes enigmas de la vida y de la muerte, del mundo y del destino humano.

El tema que encontramos en Génesis 2-3 no es un relato histórico (como la historia de David o de Salomón), no es un relato puramente mítico, ni una tesis de filosofía en el sentido occidental de la palabra, sino un escrito de sabiduría cuyo extremo es la resolución de un enigma, el enigma mayor de la condición del hombre en el mundo y ante Dios, y este escrito es fruto a la vez de la experiencia de Israel y de la reflexión de los Sabios .

Lo que el autor de estos capítulos ha querido presentarnos, es ante todo la situación del hombre a secas, el del siglo XX y el de cualquier tiempo, a los ojos de Dios y con relación al pecado. Etimológicamente, la palabra hebrea Adama significa la tierra, el suelo, la arcilla roja; «Adam» es el terreno, el arcilloso, el que procede de la tierra. Con riesgo de sorprenderos, afirmo no como opinión particular sino en nombre de la Iglesia: si dice que la causa del pecado es Adán, nunca ha definido quién es Adán. La mayor parte de los teólogos contemporáneos admiten que Adán es toda la humanidad, por consiguiente, la historia de Adán que se nos contó es también nuestra historia, el pecado de Adán es nuestro pecado.

Es verdad que el relato dice que Adán fue creado en un estado de santidad y justicia. ¿Hay entonces que concebirle como un hombre con una inteligencia y con una libertad perfectas, una especie de superhombre en relación a los hombres que conocemos? Esto no se corresponde con la descripción que nos da la ciencia actual acerca de los primeros hombres que emergen lentamente de la animalidad. No hay que imaginar al principio de la humanidad (es decir hace dos o tres millones de años) un superhombre y pienso, que es mucho mejor evitar esta hipótesis.

La perfección de Adán es la perfección de una vocación

Lo que la Biblia nos presenta es el fin al que Dios ha ordenado al hombre: su divinización. La perfección del primer hombre consiste en que no es como los otros seres de la naturaleza, animales o vegetales, sino que ha sido llamado por Dios, desde el origen, para un fin divino: llamado a entrar en el amor de Dios, a compartir eternamente la misma vida de Dios. Desde que despierta el espíritu del hombre ve que no puede vivir como los demás seres de la tierra que no tienen que llegar a ser libres. Él sí, él tiene que llegar a ser lo que debe ser. Dicho de otro modo, la perfección del hombre es la perfección de una vocación y no de una situación, es lo que la Biblia enseña diciendo que el hombre fue creado «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1, 26), literalmente «a imagen en vistas a la semejanza con Dios»; los teólogos interpretan semejanza en el sentido preciso de participación en la misma vida divina.

Dios da al hombre la capacidad de llegar a ser perfecto, porque quiere que el hombre sea perfecto, a su imagen. Dios, repito, no ha fabricado una libertad pues es el hombre creado en posibilidad de libertad, de volverse libre él mismo. Dios crea al hombre capaz de crearse a sí mismo. Por eso no me gusta la expresión: Dios ha creado al hombre libre, pues en ella hay dos errores: se pone la creación en pasado y se tiene la impresión de que la libertad es un regalo, una especie de cosa terminada, cuando la libertad es esencialmente lo contrario a una cosa terminada, la libertad no es libertad más que si uno la crea él mismo.

En consecuencia en la perfección de Adán, el problema, no es un estado de perfección sino el comienzo de una historia de perfección que debe acabarse en la gloria de Dios. Dios crea al hombre divinizable. Esta es la definición más profunda que se pueda dar del hombre, más allá de lo que nos dicen las ciencias humanas. Ésa es su vocación y es eminentemente exigente.

Pero el hombre no puede divinizarse solo,hace falta que acoja el don de Dios ya que es Dios quien diviniza. No es el hombre por sí mismo quien va a franquear el abismo infinito que existe entre Dios y él, pues aunque su origen es terrestre, sus raíces son cósmicas. Él es «terreno». Poco importa el modo en que concibáis este origen terrestre, sea, como dice el Génesis, sacado directamente de la tierra o sea, como se admite corrientemente hoy, por medio de numerosas escalas animales.

Este origen terrestre es para el hombre una fuente de semejanza respecto a Dios, pues la voz de la naturaleza hace resonar en el hombre una llamada a vivir no para Dios y los otros hombres sino para él mismo, egoístamente, como los otros seres de la naturaleza que viven según su instinto. Simplificando, se puede decir que hay en el hombre una doble fuerza :

– una fuerza de gravedad y de inercia que le invita a renunciar a ser un hombre libre y le empuja a vivir como los otros seres del mundo que no tienen libertad que construir (una planta, un perro, un gato);

– una fuerza ascensional que le invita a construir su libertad que Dios, por gracia, hará llegar hasta su propia libertad.

He aquí, pues, al hombre en tensión -y no puede dejar de estarlo, ya que Dios le llama a compartir su propia vida- entre una fuerza de gravedad que le atrae hacia abajo (el camino de servidumbre de su libertad) y otra fuerza ascensional (el camino del crecimiento de su libertad).

El primer hombre no estaba en una condición diferente a la nuestra. Es inútil buscar representarse lo que pudo ser culpa suya. Uno se imagina a menudo una culpa de grandeza excepcional, luciferina, pero para ello hubiera sido preciso que Adán hubiese sido dotado de una inteligencia totalmente desarrollada y de una libertad perfecta. Pero no es éste el hombre que la ciencia sitúa en los orígenes de la humanidad. Además, ¿quién es Adán? Los sabios nos dicen que, probablemente, la humanidad no desciende de una pareja única (esta hipótesis se llama monogenismo) sino que apareció más o menos en la misma época en varios puntos del globo (hipótesis del poligenismo que es la más extendida actualmente).

Tal es la situación del hombre. La culpa, es decir la obediencia a la fuerza de la pesadez, va unida al despertar de la conciencia moral, el hombre se da cuenta de que es un ser diferente a los otros y que por ello, debe construir su libertad apoyándose en sus condicionamientos. Dios pide al hombre que se realice a sí mismo tendiendo hacia Dios, escogiendo a Dios, acogiendo el don de Dios. No se puede ser verdaderamente hombre más que escogiendo a Dios como centro. El pecado original es el hombre, es todo hombre que escoge realizarse él mismo tapándose los oídos para no escuchar la llamada de Dios de crearse a sí mismo, es el hombre que escoge la servidumbre fácil antes que la dura exigencia de la libertad.

He aquí la culpa original: no se trata de un origen cronológico, se trata del origen de la naturaleza humana, de la raíz misma de la existencia. Por eso el pecado original es impensable independientemente de la vocación del hombre a ser divinizado. Si hay algún escándalo en la educación cristiana de los niños y de los jóvenes, es cuando se les habla del pecado original antes de asegurarse de que han comprendido que lo esencial de la fe es creer que están llamados a compartir la vida divina. ¡Los dogmas cristianos no tienen sentido más que con relación a lo esencial! El pecado original es la distancia inconmensurable entre lo que es el hombre abandonado a sí mismo y lo que debe ser viviendo la vida divina.

¿Cómo se propaga o se transmite el pecado original?

Hay que descartar la idea de que la culpa del primer hombre fue para la historia el punto de partida de una caída vertiginosa. Nosotros hacemos empezar nuestra historia después del pecado y tenemos la impresión de que el estado de Adán antes del pecado no tenía nada en común con el estado que el hombre ha conocido después. Y uno se pone ingenuamente a pensar que si Adán no hubiera cometido esta animalada, si hubiera sido un poco más razonable, un poco mas firme ante su mujer, muchas catástrofes se habrían evitado, habríamos estado en felicidad completa, nos habríamos encontrado establecidos para siempre en la virtud. Francamente, pensar esto es pura imaginación, infantilismo.

Suponiendo que el primer hombre no hubiera pecado, ¿quién nos garantiza que no lo habría hecho el segundo? ¿Y por qué no el tercero o el cuarto? Si la culpa del primer hombre tuvo tanta influencia en nosotros, ¿por qué la del segundo o del tercero no la habría tenido tanto? Es cuanto menos un poco raro. Y después, se llega a la idea de una humanidad que habría podido alcanzar la gloria perfecta de su divinización olvidándose completamente de Jesucristo, se llega a imaginar que, si Adán no hubiera pecado, hubiera tenido el poder de conducir por sí mismo a la divinización a toda su descendencia humana. ¡Desgraciadamente hizo un estropicio e hizo falta que Jesús viniese a repararlo!

¡Hay que reflexionar! No tenemos más que leer el Nuevo Testamento para ver que no hay más que una sola fuente de divinización que es Cristo. Desde el principio Cristo es querido por Dios y, como dice san Pablo, hemos sido creados en Él (Col 1,16). Esto quiere decir que nuestra humanidad, desde sus orígenes, está destinada a entrar en la filiación divina por Cristo y en Él.

Ciertos predicadores daban la impresión de que Dios estaba tan ofendido por el pecado del primer hombre que decidió que todos los hombres, en adelante, estarían esclavizados al pecado. ¡Hay que reconocer que es ésta una conclusión extraordinaria! La preocupación de Dios no es tanto la de esclavizar a los hombres al pecado sino librarles. No es Él quien ha decidido por su voluntad soberana imputarnos la culpa del primer hombre, como si hubiera estado despechado de que hubiera infringido su ley. No. La libertad absoluta no puede querer otra cosa que liberar.

Si el pecado se transmite, significa que es propio de todo pecado transmitirse a los otros. El pecado no se transmite como un acto de culpabilidad. Cuando cometemos una falta esta falta es nuestra y no pasa a nuestros hijos o a nuestros vecinos. A este respecto, la expresión misma de «pecado original» se presta a equívoco, pues el pecado original se distingue del pecado personal por la ausencia de consentimiento personal. El pecado original en nosotros no es un acto pecaminoso sino la consecuencia en nosotros de todos los pecados cometidos desde el primero. Es una situación en relación con una vocación.

Lo propio de todo pecado es desencadenar un desorden que perturba las relaciones humanas. Si un hombre no viviese más que obsesionado por el deseo de dinero, su relación con los otros estaría falseada. Si un hombre es un don Juan, no piensa más que en la lujuria, todas las mujeres bonitas del mundo se le aparecerán como ocasión de placer, todo está perturbado, no existe fraternidad. El menor de nuestros pecados es una provocación al mal que depositamos en la conciencia del prójimo. Siempre que obro con egoísmo, incito al prójimo a hacer otro tanto. Siempre que busco mi goce, provoco al otro a obrar de modo parecido. Todo pecado se convierte en camino por el que una tendencia al pecado se infiltra en la conciencia humana.

El conjunto de relaciones humanas constituye lo que se puede llamar conciencia común de la humanidad, la voluntad común del género humano. Los actos malos de todos los hombres contribuyen a esparcir y a propagar el pecado. Cada acto malo que cometemos es como una onda que se expande por los terrenos de todas las relaciones humanas. Es así como los pecados de los hombres se aglutinan y forman entre ellos como un verdadero cuerpo de pecado. El niño que viene al mundo entra en una comunidad de pecado. Yo soy pecador desde el primer momento de mi existencia, porque el primer momento de mi existencia es vivido en un mundo de pecado. Ningún hombre puede formarse sin la ayuda de los otros, pero los otros le ayudan tanto a destruirse como a construirse. Así podemos comprender la propagación del pecado original.

Advertid que el mundo, si es cuerpo de pecado, también es cuerpo de gracia. Si pesamos en el sentido del pecado, igualmente pesamos en el sentido del bien y el bien, cualquiera que sea, es una colaboración en la obra divina.

El dogma del pecado original es esencial para nuestra verdadera relación con Dios

Pecadores perdonados en la raíz de nuestro ser

Si la Iglesia mantiene el dogma del pecado original es porque es esencial para nuestra relación con Dios; si olvido el pecado original, mi relación con Dios no es ya una relación verdadera. Esto no aparece a primera vista, hay que descubrirlo. Es precisamente porque no aparece a primera vista por lo que muchos están tentados a decir: después de todo, ¿qué más da? ¿qué cambiaría en mi vida? En realidad, cambia mucho.

En Las palabras, Jean-Paul Sartre cuenta que siendo niño, desobedeció a sus padres jugando con cerillas y quemó una alfombra; escondió el estropicio como pudo y saltó sobre las rodillas de su mamá sin decirle nada de la falta cometida. Y añade, relación falsa, relación mentirosa. Mi relación de hijo con mi madre habría sido una relación verdadera si yo le hubiera dicho: mamá, te pido perdón, te he desobedecido, he jugado con cerillas y he quemado la alfombra, espero que me perdones y me permitas abrazarte. Entonces, la relación hubiera sido verdadera.

Si el hombre no se reconoce pecador su relación con Dios es falsa. Cuando la Iglesia nos habla del pecado original quiere hacernos entender que en la raíz misma de nuestro ser, somos no sólo criaturas finitas sino también criaturas pecadoras. Existe en nuestra raíz una orientación que no es una orientación hacia Dios.

El fondo de todo (se advierte mejor en los Ejercicios de treinta días en que muchos están asombrados de que se pase una semana hablando sobre el pecado) es que, si yo no me reconozco esclavo, no puedo saber qué es la libertad y no puedo ponerme en camino hacia un liberador. La peor de las esclavitudes es la de no conocerse a sí mismo. Únicamente en función de la libertad es urgente saberse esclavo, en otro caso no tendría ningún interés. Es Cristo Salvador, Liberador quien nos libera no sólo de la finitud (somos seres finitos y si somos divinizados, es preciso que seamos liberados de esta finitud que nos encierra; por todas partes) sino también de la esclavitud del pecado que es una esclavitud redoblada. Es una liberación la que debe hacernos acceder a la libertad misma de Dios.

Así la verdadera relación con Dios, la relación de verdad entre el hombre y Dios, es una relación de pecador perdonado en un infinito de amor y de perdón. Decir que el hombre es una criatura y que Dios es creador es verdad, pero no es éste el fondo de la cuestión. La distancia entre lo que somos y el Dios de amor que nos diviniza es infinitamente más grande, está entre un infinito de amor que perdona y una criatura que no es sólo finita sino que es a la vez pecadora y perdonada. Con la sola excepción de la Virgen María, es imposible al hombre presentarse ante Dios con la cabeza alta. Si me presento ante Dios con la cabeza alta, como un inocente, mi relación con El es falsa y al mismo tiempo desconozco lo que Él es con relación a mí, es decir, no sólo quien nos crea sino también el que nos diviniza y nos perdona.

La gran realidad no es el pecado sino el perdón. Dios no se revela en plenitud más que cuando revela ser un poder infinito de perdón. Yo no sé si tenéis la experiencia del perdón; yo no la tengo como tal pues no tengo conciencia de haber sido gravemente ofendido en toda mi vida, lo he sido en pequeñas cosas pero no tengo la impresión de haber tenido ocasión de revelar la gratuidad total de mi amor perdonando, es decir dando a fondo. Lo más profundo que se puede decir de Dios es que es un poder infinito de perdón. Si no fuéramos pecadores, conoceríamos a un Dios que da, pero no le conoceríamos como aquél que da hasta perdonar y podríamos siempre preguntarnos si Dios continuaría dándonos cuando le ofendiéramos. Dicho de otro modo, no conoceríamos el fondo de Dios.

Hay tres grados de gratuidad en el amor de Dios hacia nosotros:

– la gratuidad del amor que nos crea;

– la gratuidad del amor que nos diviniza;

– la gratuidad del amor que nos perdona, es decir que nos devuelve perpetuamente lo que perdemos perpetuamente por el pecado.

No pidáis a la Iglesia lo que no pretende dar. La Iglesia no pretende que el pecado de Adán sea una explicación del mal y del sufrimiento. Pues al mismo tiempo que la universalidad del pecado, afirma la universalidad del amor liberador. No se debería hablar nunca de pecado original, sino llamar siempre pecado y perdón originales, pecado y redención originales, a condición de comprender que redención quiere decir liberación. Si la divinización de los pecadores que somos se llama redención, es porque nuestra salvación no lo es únicamente en forma de crecimiento, sino también en forma de enderezamiento. Dios, para divinizarnos, no viene sólo a buscarnos en una situación de inocencia sino en una situación de pecado, de forma que nuestro crecimiento, cuyo fin es el mismo Dios, lo es en forma de enderezamiento.

Transformar el don en deuda

El pecado original consiste en transformar el don de la divinización en deuda, es querer apoderarse de lo que hay que acoger. «No comerás de este fruto, pero todo es para ti, yo te lo daré.» El fruto del paraíso terrestre es un fruto verde que Dios no puede dar. El tiempo es indispensable y el pecado original consiste justamente en querer suprimirlo, en querer el fruto enseguida. Se trata de querer arrebatar lo que se debe acoger. El hombre es tentado de apoderarse de la condición divina que se le ofrece. Si me invitáis para enseñarme las obras de arte que habéis reunido y me decís que son para mí, que me las daréis más adelante, y si de noche las robo en vuestro apartamento, cojo lo que me habéis dado, éste es el pecado.

Nuestra libertad no es algo totalmente acabada. Querer coger, es impedir a Dios dar pues Dios no puede dar lo hecho del todo. Hay que acoger la divinización. En la raíz misma de nuestra existencia y en el fondo de nuestros pecados actuales, existe la perversión consistente en transformar el don en una deuda. La perversión suprema es la voluntad de conquista o de captura que sustituye a la voluntad de acogida. No hay amor en coger, mientras que sí lo hay en acoger. Hay tanto amor en acoger como en dar, y lo que hace el cristianismo es decir que todo puede ser vivido desde la acogida y el don.

Suplico a los cristianos que no sean triunfalistas, que no se presenten ante los no creyentes como quien puede darles una explicación. ¿Por qué el hombre es pecador? No hay respuesta. El pecado está en el origen de nuestra existencia y nosotros estamos originariamente en los brazos de Dios como en brazos de un Padre que perdona, tal es el significado, pero no es una explicación. La respuesta de Dios no es una respuesta teórica. Él entra en el mundo del pecado y muere. Tal es su humildad.

Nunca un cristiano puede decir que tiene la respuesta, no puede más que vivirla amando como Dios amó hasta el final. Nunca el cristiano puede vanagloriarse de poseer la verdad sobre el pecado, sobre el mal y el sufrimiento que se derivan, pues no puede impedir que se le haga la eterna pregunta: ¿no hay caminos en que toda esperanza parece excluida, donde domina la noche sin ningún resplandor? El cristiano que espera una plenitud de sentido (os recuerdo que no hay respuesta teórica para el último «¿por qué?», hay sólo una esperanza) no puede más que ser inmensamente humilde y guardar silencio respetuoso ante la experiencia de la desesperanza y el absurdo de millones de hombres a su alrededor. Contra el pecado, sólo podemos esperar el triunfo definitivo, es decir, la vida eterna en el amor.

François Varillon Alegría de creer, alegría de vivir. Ed. Mensajero, Bilbao, 1999

(Págs. 191-202)

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