
Nuestras distintas discapacidades es un tema muy interesante para una reflexión personal y pastoral, porque nos ayuda a comprender que la discapacidad no siempre es visible y que todos tenemos limitaciones, fragilidades y necesidades de los demás.
Nuestras distintas discapacidades
Cuando hablamos de discapacidad solemos pensar inmediatamente en una persona que no puede caminar, ver, oír o realizar determinadas actividades. Sin embargo, existen muchas otras discapacidades que no se ven a simple vista.
Podemos tener:
- Discapacidades físicas: limitaciones relacionadas con el movimiento o determinadas funciones corporales.
- Discapacidades sensoriales: dificultades visuales o auditivas.
- Discapacidades intelectuales: dificultades en el aprendizaje, la comprensión o la adaptación a determinadas situaciones.
- Discapacidades psíquicas: dificultades relacionadas con la manera de afrontar determinadas situaciones de la vida.
- Discapacidades sociales: personas que encuentran grandes dificultades para relacionarse, comunicarse o integrarse.
- Discapacidades emocionales: heridas, miedos, inseguridades o dificultades para expresar y gestionar los sentimientos.
- Discapacidades espirituales: cuando nos cuesta confiar, perdonar, amar, esperar o descubrir un sentido a nuestra vida.
Pero hay algo todavía más importante: todos necesitamos a los demás.
Nadie es completamente autosuficiente. Unos necesitan ayuda para caminar; otros, para escuchar; otros necesitan que alguien les comprenda, les acompañe, les dé confianza o simplemente esté a su lado.
Desde la perspectiva cristiana, esto adquiere un significado especial. La dignidad de una persona no depende de sus capacidades, sino de su condición de hijo o hija de Dios. Jesús no apartó a las personas consideradas diferentes o débiles. Se acercó a ellas, las escuchó, las tocó, las defendió y les devolvió su dignidad.
No preguntarnos solamente: «¿Qué puede hacer esta persona?», sino también: «¿Qué puedo hacer yo para que esta persona pueda vivir mejor?»
Una comunidad verdaderamente cristiana no debe mirar primero las limitaciones de una persona, sino la persona que existe detrás de esas limitaciones.
Y quizá debamos hacernos una pregunta incómoda:
¿Cuál es mi propia discapacidad?
Tal vez sea mi incapacidad para pedir perdón.
Tal vez mi dificultad para escuchar.
Tal vez mi miedo a amar.
Tal vez mi incapacidad para aceptar que necesito ayuda.
Tal vez mi dificultad para comprender al que piensa diferente.
Tal vez mi orgullo, mi egoísmo o mi indiferencia.
Reconocer nuestras propias limitaciones no nos hace más débiles. Nos hace más humanos y nos permite comprender mejor las limitaciones de los demás.
Una reflexión para terminar
No existen personas que lo puedan todo ni personas que no puedan aportar nada.
Cada uno tiene capacidades y limitaciones. Cada uno necesita recibir y cada uno puede ofrecer algo.
Por eso, una sociedad y una Iglesia verdaderamente humanas no son aquellas que dejan atrás a quienes tienen más dificultades, sino aquellas que hacen sitio para todos.
Porque la verdadera discapacidad no está solamente en aquello que una persona no puede hacer. A veces está en nuestros ojos cuando somos incapaces de descubrir todo lo que esa persona sí puede aportar.
Vea también: Discapacidad
