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Escuela de Vida. La envidia: entristecerse por la alegría del otro

La envidia es una de esas emociones que casi todos hemos experimentado alguna vez, aunque no siempre nos guste reconocerlo. Puede aparecer cuando vemos que otra persona tiene algo que nosotros deseamos: éxito, reconocimiento, dinero, belleza, una relación feliz, capacidades, oportunidades, amistades o simplemente una vida que imaginamos mejor que la nuestra.

La envidia comienza muchas veces con una comparación.

«¿Por qué él sí y yo no?»
«¿Qué tiene esa persona que yo no tengo?»
«¿Por qué a ella le salen bien las cosas y a mí no?»

El problema no está en descubrir que otra persona tiene algo que deseamos. El problema comienza cuando su bienestar empieza a molestarnos.

La envidia es entristecernos por la alegría del otro.

La envidia no siempre se ve

Hay personas que manifiestan su envidia abiertamente, pero muchas otras la esconden detrás de comportamientos aparentemente normales.

Puede aparecer en forma de crítica:

Puede aparecer en la ironía:

Puede aparecer restando importancia a los logros de los demás:

O incluso puede aparecer en el silencio: dejamos de alegrarnos por alguien porque su felicidad nos recuerda aquello que nosotros todavía no hemos conseguido.

A veces la envidia no dice:

«Quiero tener lo que tú tienes.»

Dice algo más profundo:

«Me duele que tú tengas aquello que yo deseo.»

La comparación alimenta la envidia

Una de las grandes fuentes de envidia es compararnos continuamente con los demás.

Comparamos nuestras vidas con las vidas que vemos. Nuestro matrimonio con el matrimonio de otros. Nuestro trabajo con el de nuestros amigos. Nuestra economía con la de nuestros vecinos. Nuestra familia con otras familias. Nuestro aspecto con el de otras personas.

Y hoy las redes sociales pueden intensificar todavía más esa comparación.

Vemos las fotografías de las vacaciones, los éxitos profesionales, las celebraciones, las casas bonitas, las familias sonrientes y los momentos aparentemente perfectos.

Pero olvidamos algo fundamental:

estamos comparando nuestra vida completa con una pequeña selección de la vida de otra persona.

No vemos sus preocupaciones, sus fracasos, sus inseguridades, sus problemas familiares, sus noches difíciles o sus heridas.

La comparación, por tanto, suele ser injusta.

La envidia puede convertirse en resentimiento

Cuando la envidia no se reconoce, puede crecer.

Primero aparece la comparación. Después surge la frustración. Más tarde puede aparecer el resentimiento.

Y entonces podemos empezar a mirar al otro de una manera diferente.

Ya no vemos a la persona.

Vemos aquello que tiene y nosotros deseamos.

Su éxito nos molesta.
Su felicidad nos incomoda.
Su reconocimiento nos irrita.
Su progreso nos parece una amenaza.

Y podemos llegar incluso a desear, consciente o inconscientemente, que pierda aquello que ha conseguido.

Aquí la envidia deja de ser simplemente una emoción y empieza a deteriorar nuestras relaciones.

La envidia también nos roba nuestra propia vida

Hay algo especialmente triste en la envidia: mientras estamos pendientes de lo que tiene el otro, dejamos de valorar lo que tenemos nosotros.

Podemos tener una familia que nos quiere, amigos que nos acompañan, un trabajo digno, salud, posibilidades, talentos, experiencias y oportunidades.

Pero la mirada permanece fijada en aquello que nos falta.

La persona envidiosa corre el riesgo de vivir permanentemente mirando hacia fuera.

«¿Qué tienen los demás?»

Mientras deja de preguntarse:

«¿Qué puedo hacer yo con lo que tengo?»

La envidia convierte la vida en una competición permanente.

Y cuando la vida se convierte en competición, siempre habrá alguien que tenga más.

Más dinero.
Más belleza.
Más reconocimiento.
Más éxito.
Más seguidores.
Más oportunidades.

Por eso, si nuestra felicidad depende de tener más que los demás, difícilmente encontraremos tranquilidad.

Detrás de muchas envidias hay una herida

No debemos olvidar que la envidia puede esconder sentimientos más profundos.

A veces detrás de ella encontramos inseguridad.

Otras veces encontramos baja autoestima, frustración, sensación de fracaso o necesidad de reconocimiento.

Una persona puede sentir envidia porque, en el fondo, piensa:

«Yo no soy suficiente.»

Cuando alguien triunfa, su éxito puede recordarle todo aquello que cree no haber conseguido.

Por eso combatir la envidia no consiste simplemente en decirnos:

«No debo tener envidia.»

Es necesario preguntarnos:

«¿Qué está despertando esta persona en mí?»

Quizá no envidiamos realmente su vida.

Quizá envidiamos lo que creemos que su vida dice sobre nosotros.

Aprender a transformar la envidia

La envidia puede convertirse también en una oportunidad de conocimiento personal.

Cuando sentimos envidia, podemos detenernos y preguntarnos:

  • ¿Qué es exactamente lo que deseo de esa persona?
  • ¿Por qué me afecta tanto que lo tenga?
  • ¿Qué necesidad mía está quedando al descubierto?
  • ¿Hay algo que pueda hacer legítimamente para acercarme a aquello que deseo?
  • ¿Estoy valorando suficientemente lo que ya tengo?
  • ¿Estoy comparando mi realidad con una imagen idealizada de otra persona?

Estas preguntas pueden transformar una emoción destructiva en una oportunidad para crecer.

Si envidio el éxito profesional de alguien, quizá puedo descubrir que necesito plantearme nuevos objetivos.

Si envidio sus relaciones personales, quizá necesito cuidar más las mías.

Si envidio su formación, quizá puedo comenzar a estudiar.

Si envidio su capacidad para ayudar a los demás, quizá puedo preguntarme qué puedo aportar yo.

La pregunta cambia.

Ya no es:

«¿Por qué él tiene lo que yo no tengo?»

Sino:

«¿Qué puedo aprender de él?»

Admirar es diferente de envidiar

Existe una diferencia importante entre admiración y envidia.

La admiración puede decir:

«Me alegro por ti y me gustaría llegar algún día a conseguir algo parecido.»

La envidia puede decir:

«No soporto que tú lo tengas.»

La admiración nos impulsa.

La envidia nos consume.

La admiración nos permite aprender del otro.

La envidia convierte al otro en nuestro rival.

Por eso podemos intentar transformar la comparación en inspiración.

Cuando alguien consigue algo que nosotros deseamos, en lugar de sentirnos disminuidos podemos preguntarnos:

«¿Qué puedo aprender de esta persona?»

La gratitud es un antídoto

La gratitud no significa conformarnos con todo ni renunciar a mejorar.

Significa aprender a reconocer el valor de aquello que ya forma parte de nuestra vida.

Una persona agradecida no necesita dejar de tener deseos.

Puede querer crecer, mejorar, aprender y alcanzar nuevas metas.

Pero no necesita despreciar su presente mientras espera alcanzar su futuro.

La gratitud nos ayuda a cambiar la mirada.

Nos hace pasar de:

«Me falta esto»

a:

«También tengo todo esto.»

Y esa pequeña transformación puede cambiar profundamente nuestra manera de vivir.

Desde una mirada cristiana

La tradición cristiana ha considerado siempre la envidia una actitud que rompe la fraternidad porque dificulta alegrarnos por el bien del otro.

San Pablo invita a vivir desde una lógica completamente diferente:

No es fácil.

Alegrarnos sinceramente por el éxito de alguien que tiene aquello que nosotros deseamos requiere madurez interior.

Pero precisamente ahí está el desafío.

El otro no tiene que fracasar para que yo pueda estar bien.

La felicidad de otra persona no disminuye la posibilidad de mi propia felicidad.

El bien no es una tarta que se acaba cuando otro recibe una porción.

Podemos aprender a alegrarnos por el bien ajeno sin dejar de trabajar por nuestros propios sueños.

¿Y si alguien nos tiene envidia?

También debemos aprender a convivir con la envidia de los demás.

No podemos controlar lo que otra persona siente.

Si alguien nos critica injustamente, intenta desacreditarnos o parece molestarse ante nuestros logros, no siempre debemos entrar en una batalla.

A veces la mejor respuesta consiste en continuar viviendo con humildad.

No necesitamos presumir de lo que tenemos.

Pero tampoco debemos sentirnos culpables por tenerlo.

La humildad no consiste en esconder nuestros dones. Consiste en no utilizarlos para sentirnos superiores a los demás.

Una pequeña reflexión personal

Quizá todos deberíamos preguntarnos alguna vez:

¿Me alegro realmente cuando a los demás les va bien?

¿Puedo felicitar sinceramente a alguien que consigue aquello que yo deseo?

¿Me molesta el éxito de determinadas personas?

¿Suelo quitar importancia a los logros de los demás?

¿Comparo continuamente mi vida con la de otras personas?

¿Estoy más pendiente de lo que me falta que de lo que tengo?

¿Hay alguien cuya felicidad me cuesta aceptar?

Responder con sinceridad puede resultar incómodo.

Pero también puede ayudarnos a conocernos mejor.

LLAMADA PASTORAL

Aprende a alegrarte por el bien del otro

La envidia nos encierra en la comparación. La fe nos invita a cambiar la mirada y descubrir que el bien de otra persona no disminuye nuestro propio valor.

UN RETO PARA ESTA SEMANA

Piensa en una persona cuyo éxito o felicidad te cueste especialmente celebrar.

Haz por ella un gesto sincero de bien:

  • felicítala;
  • agradécele algo;
  • escríbele un mensaje;
  • ayúdala en algo concreto;
  • o simplemente reza por ella.

No se trata de fingir sentimientos que no tenemos, sino de educar el corazón para aprender a querer el bien del otro.

UNA ORACIÓN

PARA VIVIR EN COMUNIDAD

Una comunidad cristiana crece cuando sus miembros no compiten, sino que se apoyan, reconocen sus dones y se alegran unos por otros.

Pregúntate:

¿Qué puedo hacer esta semana para que otra persona se sienta valorada y querida?

«Alegraos con los que se alegran.»
Romanos 12,15

DA HOY EL PRIMER PASO

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