
Hay cosas que cuestan muchísimo más perdonar que otras. No siempre depende de la gravedad objetiva de lo ocurrido, sino de cuánto nos haya herido, de quién proceda la herida y de lo que haya significado para nosotros.
Lo que más cuesta perdonar en la vida
- La traición
Que alguien en quien confiábamos nos engañe, nos abandone o utilice nuestra confianza contra nosotros. - La infidelidad
Especialmente cuando destruye años de confianza, proyectos y recuerdos compartidos. - La mentira mantenida durante mucho tiempo
Descubrir que una persona nos ha ocultado deliberadamente la verdad puede hacer que dudemos incluso de nuestros propios recuerdos. - La humillación
Ser ridiculizado, despreciado o avergonzado delante de otras personas puede dejar una herida profunda en la dignidad. - La injusticia
Que nos acusen de algo que no hemos hecho, que nos traten injustamente o que alguien quede impune después de hacernos daño. - El abandono
Ser dejado solo precisamente cuando más necesitábamos a alguien. - El rechazo de alguien que amamos
Duele especialmente cuando sentimos que hemos dado mucho y, aun así, no hemos sido aceptados. - La ingratitud
Haber ayudado, acompañado o sacrificado mucho por alguien y recibir después indiferencia o desprecio. - Las palabras que destruyen
Algunas frases pueden quedarse durante décadas en nuestra memoria: “no sirves para nada”, “nunca te he querido”, “eres una decepción”… - El daño causado a nuestros seres queridos
Muchas personas pueden perdonar lo que les hacen a ellas, pero encuentran mucho más difícil perdonar a quien ha hecho daño a un hijo, a un padre, a una pareja o a alguien vulnerable. - El abuso de confianza
Contar algo íntimo esperando comprensión y descubrir después que esa persona lo ha utilizado para hacernos daño. - La ausencia de arrepentimiento
A veces lo que más dificulta el perdón no es solamente lo sucedido, sino que quien nos hirió no reconozca el daño, no pida perdón o incluso lo justifique.
Y quizá lo más difícil de todo
Perdonar cuando todavía duele.
Perdonar no significa decir que lo ocurrido estuvo bien, olvidar, justificar al que hizo daño ni permitir que vuelva a hacernos daño. Significa, poco a poco, dejar de permitir que aquella herida siga gobernando nuestra vida.
Desde una perspectiva cristiana, el perdón alcanza su máxima profundidad cuando somos capaces de decir: «Me has hecho daño, pero no quiero que tu daño determine quién voy a ser yo».
Vea también: El perdón y Escuela de Vida
