Los deseos en la vida espiritual


Deseamos a Dios porque Él nos ha deseado primero. Caminar desde la compulsividad de los deseos hasta su integración en un deseo mayor. Del desierto a la tierra prometida, del eros al ágape. Reestructuración evangélica del deseo.
Hay que domar al potro, pero no hay que castrarlo. Hay que podar el árbol, pero nunca podemos ni debemos tronchar la rama guía por la que el árbol crece hacia la luz.

Orar es poner en guardia nuestros deseos, mantener despierto el corazón.

Los mejores deseos están enterrados bajo mucho lodo y arena. Hay que dejar que vayan aflorando mansamente como las burbujas desde el fondo de una piscina. En el fondo dormido del corazón están las cosas verdaderamente importantes, porque de allí nacen las fuentes de la vida. “Por encima de cualquier otro cuidado, guarda. Hijo mío, tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida.” (Prov. 4,23).

Los primeros deseos que salen no son siempre los más profundos, sino los más superficiales y vanos. Somos lo que deseamos, lo que nos hace vivir y soñar, los anhelos más profundos. Lo que pasa es que no somos buenos espeleólogos de nuestras simas.


2.- Reconocer nuestros deseos
El Señor conoce nuestros deseos más ocultos. ¿Por qué negárselos? Es mejor reconocerlos ante él. Hay muchos deseos que no son constructivos, sino que son muy dañinos. Debemos negarnos a ponerlos por obra, pero nunca hay que negar que estén ahí. No hay que avergonzarse de ninguno de los deseos que sentimos. Los malos deseos son deseos que se han extraviado de su último fin. En lugar de negarlos hay que encauzarlos, descubriendo lo que hay en el fondo de ellos.


Es más. Hay que reconocer que en el fondo de los malos deseos hay siempre algo bueno. Un deseo malo es solo un deseo bueno que se ha desviado de su verdadero objetivo. Hay que reencauzarlo, pero no hay que reprimirlo. Hay en ese deseo un caudal de energía que busca su expansión.
Me gusta mucho la manera como Caspi trata ese tema. “El Señor conoce todos nuestros deseos y comprende los pensamientos en todas sus formas” (1 Cr 28,9). “La tiniebla no es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 139,12).
Yendo tras la vanidad se hicieron vanos. En Jeremías me llamó la atención “Yendo tras la vanidad se hicieron vanos” (Jr 2,5). Nos convertimos en aquello que deseamos, en aquello tras lo que corremos. Nos vamos dejando modelar por el objeto de nuestros deseos. Dime lo que deseas y te diré quién eres.

¿Quieres curarte? Es la pregunta de Jesús al paralítico de la piscina (Jn 5,6). La respuesta obvia parece que debería ser: “Sí, por supuesto que quiero curarme”.
Pero Jesús no da tan por supuesto que la gente quiera curarse. Primero quiere que explicitemos cuáles son nuestros deseos profundos. Al ciego de Jericó le pregunta: “¿Qué quieres que te haga?” (Mc 10,51).
No todos los enfermos desean curarse. Muchos están ya adaptados a su enfermedad. Les da miedo cambiar. Si se curan, cambiará su manera de enfrentarse con el mundo, su modo de ganarse la vida, el sistema de relaciones familiares. Tendrán que renunciar a la autocompasión, quizás al chantaje afectivo que ejercen a sus familiares, a la superprotección que reciben o imponen. La psicología humana es muy complicada.
Por eso no hay sanación sino una voluntad expresa y decidida de curarse. Me impresionó lo que leí el libro The Healing Presence. “A veces me piden que ruegue a Dios para librar a alguien de un pecado habitual como puede ser el adulterio, la envidia, la ira, la masturbación, o cualquiera otra cosa. No, no puedo orar así como si el resultado dependiera de mí. Lo que tenemos que hacer los dos es ponernos a orar enseguida. Mirarás a Dios y confesarás ese pecado específicamente, por su nombre. Entonces lo matarás. Lo arrojarás de tu vida como un manto sucio, y juntos presenciaremos cómo lo haces. Veremos cómo ese pecado confesado va donde Cristo en la cruz.
Descubriremos que en el fondo queremos agarrarnos a esa conducta pecaminosa, y encima echarle la culpa a Dios de no curarnos. Nuestra voluntad está en un estado pasivo. Esperamos que Dios o uno de sus ministros hagan lo que sólo yo puedo hacer.
Después de la oración y la confesión, podemos empezar a enfrentarnos con el factor emocional que está subyacente al problema espiritual: el dolor de ese niño que fue abandonado, la confusión, el sentido de inferioridad…
Pero esta oración sólo cabe después de haber tomado una decisión acerca del pecado. No se trata del simple deseo de que alguien diga una oración y nos cure como por arte de magia”.


3.- Ensanchar el deseo: Anchura
No se trata de ir negando y apagando nuestros deseos, sino dejar que brille en nosotros un deseo mayor y más intenso. Sería imposible apagar todas las estrellas con un largo apagavelas. Sin embargo cuando llega la aurora, las apaga todas con su fuerza. De la misma manera, por mucho que limpies los cristales de tu ventana, nunca entrará por ellos un rayo de sol hasta que amanezca…

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