El crecimiento en la fe

Es éste un asunto de todos, aunque se lo callen o incluso no lo reconozcan. Afecta, en positivo y como es obvio, a los creyentes. Y, por contrapartida, a los que dicen no tener fe. Es una experiencia recurrente, con diversa frecuencia, en los unos y en los otros. Tengo fe, pero poca; la tengo que cultivar, la tengo que vivir, la puedo perder. Y, ¿qué pasa con los no creyentes, los vacilantes, los confusos? Pues que también ellos en un buen número, arrastran sus conflictos interiores, se sienten a ciegas, están insatisfechos. Y, en casos, a punto de decir: “¡Señor, que yo vea! Para unos y para otros, no vendrá mal acaso darle un repasillo, como niños de catequesis, a la noción misma de nuestra fe. Se entiende que de la fe cristiana y católica. Válganos esta fórmula, breve y condensada, con elementos del nuevo Catecismo: “La fe es una adhesión personal del hombre entero a Dios y a su palabra revelada, cuya plenitud es Cristo, tal como nos es transmitida por la Iglesia”.

Gentes de poca fe

Una perfecta profesión de fe es, ¿qué duda cabe? un cimiento firme, una condición sine qua non para poder hablar después del crecimiento en la fe, de la vida de fe. Nadie entiende que lo que ha de aumentar son las verdades del credo o el contenido de la revelación divina, custodiado por la Tradición de la Iglesia con la asistencia del Espíritu. Quienes crecemos somos nosotros; y no tanto en adherirnos al credo, a pies juntillas y sin titubear; que eso, por gracia, lo tienen muchísimos, cuanto en adherirnos fielmente a Dios, creer que nos ama, sentirlo cerca, fiarnos de él, abandonarnos como niños en sus manos. En repetidas escenas del Evangelio, Jesús les reprocha a sus discípulos, e incluso al mismo Pedro, el ser hombres de poca fe. ¿Es que no creían ellos que Yavé era el único Dios? ¿Acaso no reconocían en Jesús al Hijo único del Padre? Claro que sí. Pero su fe era inferior a un grano de mostaza. Estaba, sí, en su cabeza y un poco en su corazón. Mas, ni se traducía en esperanza y amor al Dios misericordioso, ni en el seguimiento firme y confiado de su Maestro. La prueba estuvo en su Pasión y muerte, cuando, herido el Pastor, se dispersaron las ovejas. ¿Porqué? Por miedo, por incredulidad, por falta de compromiso y por escaso amor a Jesús. ¿Verdad que no hicieron lo mismo ni María, ni las santas mujeres, ni Juan, el discípulo amado? Lo que a nosotros nos pasa es tres cuartos de lo mismo. Recitamos devotamente el credo, cuidamos de no caer, por nada ni por nadie, en la herejía y hasta nos parece que estaríamos dispuestos, con la ayuda de Dios, a morir mártires antes que apostatar de la fe. “Aunque tuviera que morir contigo, yo nunca te abandonaría” (Mt. 26,35). O, sin recurrir a ejemplos tan insignes como el de Pedro, me acuerdo simplemente de aquel Padre espiritual de nuestro Seminario: Estamos dispuestos, nos decía, a dar la sangre por nuestros compañeros, pero no a prestarles la máquina de escribir.

No le demos vueltas. Vivimos de apariencias. Otro gallo cantaría si sintiéramos a nuestro lado, o mejor, en nuestro interior, la presencia amorosa del Padre, el aleteo feliz del Espíritu Santo. Si saboreáramos más las cosas de arriba. ¿Verdad que no se nota demasiado que las fábricas, las aulas, las tiendas, las peluquerías, los estadios, están llenos de hijos de Dios, de seguidores de Cristo? No se trata, no, de copiar a las sectas, predicando a gritos por las calles.

¿Se nota que creemos?

La fe es como un aroma, exquisito y volátil, como todos los perfumes. ¡Qué disipado anda ese fraile, esa monja, ese seminarista!, se suele decir a veces, incurriendo incluso en injusticia o en gazmoñería. Pero está claro lo que se quiere expresar. Pensamos que a tales personas se les ha evaporado la esencia de la fe o, cuando menos, la interioridad, el espíritu religioso. A Moisés se le notaba en su rostro iluminado que bajaba del Sinaí de hablar con Yavé. No pido, Dios me libre, amaneramientos de ninguna especie , en las personas que viven la fe; pero todos conocemos a muchos, o unos pocos, y ¡vaya si se les nota! Es otro modo de hablar, de sufrir, de comportarse.

Volvamos a hablar en primera persona, para no descargar el asunto sobre los hombros ajenos. Yo, Juan, mayor de edad, casado y con tres hijos, perito agrícola, extremeño. Cambien, si quieren, el nombre por Lola, el estado civil por soltera, la profesión por ATS, y la procedencia por Murcia. Y si desean seguir el juego, introduzcan varios nombres, profesiones y estados civiles, incorporando a una monja y a un sacerdote. Yo añadiré al final que hasta un obispo.

Pues ¿qué? Nada, que, en total, redondeando el número, somos doce cristianos y cristianas, que manifestamos, sin orgullo ni encogimiento, nuestra fe católica, nuestra pertenencia a la Iglesia, nuestra buena intención de seguir a Jesucristo. ¿Y qué nos pasa? Pues lo mismo que a Pedro, Tomás, Felipe y los de Emaús. Que somos gente de poca fe. Y así nos luce el pelo. Y así le va al mundo. Lo nuestro, lo mío, es que tengo la impresión de no poder creer más. Y no me refiero tan solo a esas ráfagas de oscuridad, a esas situaciones de vacío en las que te busco a tientas, Señor. Cuando me cuesta sangre confesar que existes y que estás ahí. Ya sé que eso les pasaba a los santos, en forma de desierto interior, de desolación y de terribles noches oscuras. No, lo mío, lo nuestro, es más barato. Es que los múltiples afanes de cada día, el ruido de la radio y de la tele, las sacudidas emocionales de tantas cosas, o, más en prosa, la rutina tediosa de tantos días grises, me deja la fe a medio gas.

Aumenta nuestra fe

No brotan en nosotros ni arranques de oración, ni gestos generosos con el prójimo, ni entusiasmo por servir a la Iglesia. Una fe así, en los casos peores, parece estar en encefalograma plano, o ser un ave de vuelo corto. Estoy cargado de razones para no hacer nada que me saque del montón. Hombre de poca fe, mujer de poca fe. ¿Comunidades de poca fe?No seamos duros con esas gentes. Primero porquenos parecemos a ellas, y luego porque es más difícil, creo yo, pasar de cristiano corriente a cristiano comprometido, que de alejado a practicante.

¿No pedimos con naturalidad por los pecadores? Pues, hagámoslo por los creyentes pobres, por los cristianos de poca fe. ¡Ah! y sin olvidar nunca que la fe es una virtud teologal e infusa, que se nos da con el bautismo. Nadie puede empezar a creer, ni continuar creyendo, sin la gracia de lo alto. Esa gracia se obtiene en la oración. Si rezas, crees; si crees, rezas. Nadie cree solo: nos adherimos a la fe de la Iglesia y la vivimos en comunidad. Los pobres nos acercarán a Dios, si nosotros nos acercamos a ellos; las cruces y el sufrimiento, si no la destruyen -¡cuidado!- incrementan la fe. Sin lectura, sin meditación, sin compartirla con otros, no se incrementa la fe. Creo, Señor, ayuda mi incredulidad, aumenta nuestra fe.

ANTONIO MONTERO 

IGLESIA-EN-CAMINO Semanario “Iglesia en camino” Archidiócesis de Mérida-Badajoz No. 204 – Año V – 13 de abril de 1997

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