
Todos necesitamos sentir que nuestra vida tiene unos puntos de apoyo. Podemos ser personas fuertes, independientes y capaces de afrontar muchas dificultades, pero nadie está completamente libre de necesitar seguridad.
La seguridad no significa vivir sin problemas, ni tener todo controlado. Significa disponer de unas bases que nos permitan afrontar las dificultades sin sentir que todo se derrumba.
Cuando esas seguridades están suficientemente presentes, la persona puede crecer, tomar decisiones, relacionarse con los demás y afrontar los cambios con mayor serenidad.
1. Seguridad física
La primera necesidad es sentir que nuestra integridad física está protegida.
Tener un lugar donde vivir, alimentación, descanso, atención sanitaria y protección frente a situaciones de violencia o peligro son elementos fundamentales.
Cuando una persona vive permanentemente preocupada por su supervivencia, resulta mucho más difícil dedicar energía a otras dimensiones de la vida.
Necesitamos sentir que estamos a salvo.
2. Seguridad económica
No significa necesariamente tener mucho dinero.
Significa disponer de unos recursos mínimos que permitan afrontar las necesidades ordinarias de la vida: vivienda, alimentación, suministros, salud y otros gastos básicos.
La incertidumbre económica prolongada puede generar miedo, ansiedad e inseguridad.
Por eso es importante aprender también a organizar los recursos, distinguir necesidades de deseos y evitar que nuestra tranquilidad dependa exclusivamente del consumo.
3. Seguridad afectiva
Una de las necesidades más profundas de cualquier persona es sentirse querida.
Necesitamos saber que existen personas que se preocupan por nosotros, que podemos compartir nuestras alegrías y dificultades y que no tenemos que afrontar todo solos.
La seguridad afectiva se construye mediante:
- cariño.
- escucha.
- respeto.
- confianza.
- cercanía.
- aceptación.
- tiempo compartido.
Una persona puede tener muchas cosas materiales y, sin embargo, sentirse profundamente sola.
4. Seguridad familiar
La familia, cuando funciona como un espacio de respeto y cuidado, puede convertirse en uno de los principales lugares de seguridad.
No se trata de tener una familia perfecta. No existen familias perfectas.
Se trata de saber que, a pesar de las diferencias y dificultades, existe un vínculo de pertenencia y personas dispuestas a ayudarnos.
Para muchos adultos, una de las mayores seguridades consiste simplemente en poder decir:
«Aquí tengo un lugar y aquí puedo ser yo mismo».
5. Seguridad social
También necesitamos sentir que pertenecemos a una comunidad.
Los amigos, vecinos, compañeros, asociaciones, grupos parroquiales y otras relaciones sociales pueden proporcionar apoyo y compañía.
El aislamiento prolongado puede hacer que los problemas parezcan mucho más grandes.
Por eso es importante cultivar relaciones reales y no limitar nuestra vida social exclusivamente a las redes sociales o a la comunicación digital.
6. Seguridad emocional
Necesitamos aprender que podemos experimentar emociones difíciles sin quedar destruidos por ellas.
Miedo, tristeza, enfado, frustración, preocupación o soledad forman parte de la existencia humana.
La seguridad emocional no consiste en no sentir emociones negativas.
Consiste en poder decir:
«Estoy pasando por un momento difícil, pero puedo afrontarlo».
Aprender a reconocer las emociones, expresarlas adecuadamente y pedir ayuda cuando sea necesario fortalece nuestra estabilidad interior.
7. Seguridad en uno mismo
Una persona necesita confiar razonablemente en sus propias capacidades.
Esto no es orgullo ni autosuficiencia.
Es reconocer:
- «Tengo capacidades».
- «Puedo aprender».
- «Puedo equivocarme y volver a intentarlo».
- «No necesito ser perfecto».
- «Puedo pedir ayuda cuando no sé qué hacer».
La autoestima sana no consiste en pensar que somos mejores que los demás, sino en reconocer nuestro propio valor.
8. Seguridad en las relaciones
Necesitamos saber que podemos confiar en determinadas personas.
La confianza no se construye de un día para otro. Se construye mediante pequeñas experiencias repetidas de respeto, sinceridad y coherencia.
Una persona que ha sufrido engaños, abandono o decepciones puede necesitar tiempo para volver a confiar.
Por eso no debemos exigir confianza inmediata.
La confianza se gana; no se impone.
9. Seguridad de tener un sentido
También necesitamos sentir que nuestra vida tiene un significado.
No basta con sobrevivir.
La persona necesita preguntarse:
«¿Para qué vivo?»
Tener objetivos, responsabilidades, proyectos, personas por las que luchar y valores por los que vivir proporciona dirección.
Cuando desaparece todo sentido, incluso una vida aparentemente cómoda puede experimentar un profundo vacío.
10. Seguridad espiritual
Para muchas personas, la dimensión espiritual constituye una fuente fundamental de seguridad.
La fe cristiana nos recuerda que nuestra seguridad última no depende exclusivamente de nuestras circunstancias.
Las circunstancias cambian.
Las personas pueden fallarnos.
La salud puede cambiar.
La economía puede cambiar.
Nuestros proyectos pueden fracasar.
Pero el creyente descubre una seguridad más profunda en Dios.
Jesús lo expresa de una manera muy clara:
«No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí» (Jn 14,1).
La fe no significa que nunca tendremos problemas.
Significa descubrir que no estamos solos cuando llegan los problemas.
11. Seguridad de poder pedir ayuda
Una persona madura no es aquella que nunca necesita a nadie.
Es aquella que sabe cuándo necesita ayuda y es capaz de pedirla.
Pedir ayuda no es una señal de debilidad.
Puede ser una muestra de realismo, humildad y fortaleza.
Todos podemos necesitar en algún momento:
- un consejo.
- una conversación.
- apoyo familiar.
- ayuda profesional.
- acompañamiento espiritual.
- una comunidad.
- simplemente alguien que nos escuche.
12. Seguridad de poder equivocarse
Necesitamos saber que un error no significa que nuestra vida haya terminado.
Todos nos equivocamos.
Tomamos decisiones incorrectas, decimos palabras que después lamentamos, confiamos en personas que nos decepcionan o escogemos caminos que no nos llevan donde esperábamos.
Una persona necesita experimentar que puede reconocer sus errores, aprender de ellos y comenzar de nuevo.
En la vida cristiana esto adquiere una dimensión especial:
Dios no nos pide una vida sin errores, sino un corazón dispuesto a levantarse y volver a caminar.
13. Seguridad ante los cambios
La vida cambia constantemente.
Cambian las relaciones, el trabajo, la salud, la situación económica, los proyectos y las circunstancias familiares.
Por eso necesitamos desarrollar una seguridad que no dependa de que todo permanezca igual.
La verdadera estabilidad no consiste en que nada cambie.
Consiste en aprender a permanecer firmes mientras las cosas cambian.
14. Seguridad de ser aceptado
Todos necesitamos experimentar que podemos mostrar quiénes somos sin tener que estar permanentemente representando un personaje.
Ser aceptado no significa que los demás tengan que aprobar todo lo que hacemos.
Significa poder recibir corrección sin sentir que dejamos de tener valor como persona.
Una relación sana permite decir:
«No estoy de acuerdo con lo que has hecho, pero sigues siendo importante para mí».
15. La seguridad más profunda: saber quién soy
Quizá una de las preguntas más importantes sea:
«¿Quién soy cuando desaparecen mis éxitos, mis posesiones, mi trabajo, mi posición social y la opinión de los demás?»
Nuestra identidad no debería depender exclusivamente de lo que tenemos, hacemos o conseguimos.
Desde la perspectiva cristiana, existe una respuesta especialmente profunda:
somos hijos amados de Dios.
Nuestra dignidad no depende de nuestros éxitos.
No aumenta cuando triunfamos ni desaparece cuando fracasamos.
Las seguridades no deben convertirse en dependencias
Hay algo importante que debemos aprender.
Necesitar seguridad es normal.
Pero convertir determinadas cosas en nuestra única fuente de seguridad puede hacernos dependientes.
Podemos terminar pensando:
- «Si tengo dinero, estaré tranquilo».
- «Si todos me quieren, estaré bien».
- «Si controlo todo, nada malo sucederá».
- «Si nunca fracaso, tendré valor».
- «Si los demás me reconocen, sabré quién soy».
El problema aparece cuando aquello que debería ayudarnos a vivir se convierte en aquello sin lo cual creemos que no podemos vivir.
Por eso necesitamos construir nuestra seguridad sobre varias bases y, al mismo tiempo, desarrollar una fortaleza interior que nos permita afrontar la incertidumbre.
¿Qué ocurre cuando faltan estas seguridades?
Cuando una persona carece durante mucho tiempo de seguridad física, económica, afectiva, familiar o espiritual, puede sentirse vulnerable y desorientada.
Puede aparecer:
- miedo constante.
- necesidad excesiva de controlar.
- dependencia emocional.
- aislamiento.
- dificultad para confiar.
- baja autoestima.
- preocupación permanente.
- dificultad para tomar decisiones.
- búsqueda compulsiva de reconocimiento.
- sensación de vacío.
No debemos juzgar rápidamente a quien se comporta de esta manera.
A veces detrás de determinadas conductas existe una persona que lleva mucho tiempo intentando sentirse segura.
¿Cómo podemos ayudar a una persona a sentirse más segura?
No siempre podemos solucionar sus problemas.
Pero sí podemos ofrecer algunas cosas que tienen un enorme valor:
Escucharla sin juzgarla.
Cumplir nuestra palabra.
Estar presentes en los momentos difíciles.
No utilizar sus debilidades contra ella.
Respetar sus tiempos.
Animarla a pedir ayuda cuando la necesite.
Recordarle sus capacidades cuando ella las ha olvidado.
Transmitirle esperanza.
Y, desde la fe, podemos hacer algo todavía más:
ayudarla a descubrir que su vida está sostenida por Dios.
Una seguridad que permanece
Necesitamos muchas seguridades para vivir: un hogar, personas que nos quieran, recursos, salud, amistades, estabilidad y proyectos.
Pero todas estas realidades son frágiles.
Por eso necesitamos construir también una seguridad interior.
La persona madura no es aquella que consigue controlar completamente su vida.
Es aquella que aprende a vivir incluso cuando no puede controlar todo.
Y para el cristiano existe una certeza que puede sostenerle en los momentos más difíciles:
«Dios está conmigo».
No significa que no habrá problemas.
Significa que no tendremos que atravesarlos solos.
Para reflexionar
- ¿Cuáles son actualmente mis principales fuentes de seguridad?
- ¿De qué dependo demasiado para sentirme bien?
- ¿Qué ocurre en mí cuando pierdo el control de una situación?
- ¿Tengo personas en las que puedo confiar?
- ¿Soy yo una persona que transmite seguridad a los demás?
- ¿Sé pedir ayuda cuando la necesito?
- ¿Mi seguridad depende demasiado de la opinión de los demás?
- ¿Qué lugar ocupa Dios en mi seguridad personal?
- ¿Qué inseguridad necesito trabajar especialmente?
- ¿Qué puedo hacer esta semana para proporcionar mayor seguridad a una persona que tengo cerca?
Para recordar
No necesitamos tener una vida sin problemas para sentirnos seguros. Necesitamos saber que, cuando lleguen los problemas, tendremos recursos, personas y una esperanza que nos permitan afrontarlos.
Y desde la fe podemos añadir:
«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo» (Sal 23,4).
Vea también: Seguridad emocional y Escuela de Vida
