Los Santos Lugares, la tierra de Jesús

“Tierra Santa” y “Santos Lugares” son términos que a menudo se utilizan indistintamente, pero tienen matices y significados ligeramente diferentes en el contexto católico:

  1. Tierra Santa:
    • Se refiere a la región geográfica en y alrededor de Jerusalén, en la Tierra de Israel.
    • Tiene una importancia significativa para judíos, cristianos y musulmanes debido a sus conexiones con eventos religiosos y personajes bíblicos importantes.
    • En el contexto cristiano, Tierra Santa incluye los lugares asociados con la vida y el ministerio de Jesucristo, como Belén, Nazaret, Jerusalén y sus alrededores.
    • La Tierra Santa también puede extenderse a otras áreas bíblicas importantes, como la región de Galilea y el río Jordán.
  2. Santos Lugares:
    • Se refiere específicamente a los sitios dentro de la Tierra Santa que tienen importancia religiosa para los cristianos, especialmente los católicos.
    • Los Santos Lugares son los lugares específicos dentro de la Tierra Santa que están asociados con eventos específicos en la vida de Jesucristo y otros personajes bíblicos.
    • Ejemplos de Santos Lugares incluyen el Santo Sepulcro (donde se cree que Jesús fue crucificado y resucitó), el Monte de los Olivos, el Jardín de Getsemaní y otros lugares mencionados en la Biblia.

En resumen, mientras que Tierra Santa es la región geográfica que abarca los lugares bíblicos en y alrededor de Jerusalén, Santos Lugares se refiere específicamente a los sitios dentro de la Tierra Santa que son de importancia religiosa para los católicos y están asociados con la vida de Jesucristo y otros eventos bíblicos.

Los Santos Lugares

Los Santos Lugares son sitios de importancia religiosa para los católicos, ya que están asociados con eventos de la vida de Jesucristo y otros personajes bíblicos. Principalmente, se refieren a lugares específicos en Jerusalén y sus alrededores que son mencionados en la Biblia y que tienen significado religioso para los cristianos.

Algunos de los Santos Lugares más prominentes incluyen:

  1. La Basílica del Santo Sepulcro: Es el lugar donde se cree que Jesucristo fue crucificado, enterrado y resucitó de entre los muertos.
  2. El Monte de los Olivos: Es conocido por ser el lugar desde donde Jesús ascendió al cielo según la tradición cristiana, y donde pronunció su discurso profético.
  3. El Jardín de Getsemaní: Es donde Jesús solía orar antes de ser arrestado.
  4. El Monte Sion: Es conocido por su relación con la Última Cena de Jesús y el Cenáculo, donde se cree que tuvo lugar la cena pascual.
  5. El Mar de Galilea: Es donde Jesús realizó muchos de sus milagros y enseñó a sus discípulos.

Los Santos Lugares son destinos de peregrinación para millones de cristianos de todo el mundo, que visitan estos sitios con el fin de profundizar su fe y conectar con la historia y la tradición religiosa.

La Biblia nos enseña a peregrinar. Como Abraham escuchamos todos un día una invitación: “Sal de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré” (Gn 12,1). Peregrinar supone salir uno de su tierra, en la búsqueda de otro lugar donde parece que brilla especialmente el rostro de Dios.
¿No son mejores las aguas del Abaná y el Farfar? (1 R 5,12).
Pero quizás al origen de la peregrinación surge una cierta objeción. ¿No está Dios en todas partes? ¿No dice el evangelio que los verdaderos adoradores son los que adoran a Dios en espíritu y verdad y no los que adoran en Jerusalén o en el Garizín? (Jn 4,23). San Jerónimo, uno de los grandes entusiastas de los Santos Lugares afirmaba “No tienes derecho a pensar que falte algo a tu fe por el hecho de no haber visto Jerusalén” (Epist. 58). Entonces, ¿por qué peregrinar?


A veces como Naamán el general sirio leproso, a quien Eliseo invitó a bañarse en el Jordán para sanarse de su lepra, nos negamos a bañarnos en el Jordán alegando que las aguas de nuestros propios ríos, del Abaná y el Farfar, del Tajo y del Ebro, son tan santas como las del Jordán.


Y en parte es verdad. El mundo entero está lleno de la gloria de Dios y del Espíritu de Cristo resucitado. En cualquier rincón podemos ser alcanzados por su gracia. Por eso sería absurdo pensar que todos tengamos que irnos a vivir a Jerusalén. Si visitamos la Ciudad Santa no es para quedarnos allí, aunque a veces el peregrino envidie la suerte del pajarillo que ha hecho su nido en los aleros del Templo. “¡Dichosos los que viven en tu casa alabándote siempre!” (Sal 84,5). El haber visto la gloria de Dios reflejada en los lugares santos sólo será una experiencia positiva si nos ilumina los ojos para descubrirle después en cualquier parte.

La gracia de la peregrinación Pero no hay duda de que hay algunos lugares donde la gloria de
Dios se revela de un modo privilegiado. Unos lo atribuyen a determinadas coordenadas espaciales, a vibraciones, a química. Otros lo atribuyen a los misterios que han tenido lugar en el lugar, y que de algún modo siguen siendo operativos a través de los siglos. Otros lo atribuyen a lo mucho que se ha orado en esos lugares a lo largo de la historia. La oración parece como si se pegase a las paredes como el humo de las velas, o como el perfume del incienso. En los lugares donde se ora mucho las personas espirituales son capaces de percibir un “algo” especial y misterioso que revela la gloria de Dios. Y en parte son también nuestras propias expectativas, la disposición especial con la que entramos en los lugares santos, las que nos hacen más sensibles y más receptivos a ser alcanzados por la gracia de Dios.

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