
Hay palabras que dejan una herida durante años. Y hay palabras que, dichas en el momento adecuado, pueden salvar un día, devolver la esperanza o ayudar a una persona a seguir adelante.
No todas las palabras son iguales. Algunas abrazan. Otras golpean. Algunas iluminan. Otras oscurecen todavía más lo que estamos viviendo.
Y muchas veces hablamos sin darnos cuenta del poder que tienen nuestras palabras.
Una palabra puede quedarse dentro de nosotros
Todos podemos recordar alguna frase que alguien nos dijo hace muchos años y que todavía permanece en nuestra memoria.
«No sirves para nada».
«Nunca conseguirás nada».
«Eres una carga».
«Deberías haber hecho más».
«Ya deberías haberlo superado».
Pero también podemos recordar otras palabras que llegaron cuando más las necesitábamos:
«Estoy contigo».
«No tienes que pasar por esto solo».
«Te entiendo».
«Puedes llorar».
«Tómate tu tiempo».
«Aquí estoy».
Una misma boca puede hacer daño o puede convertirse en refugio.
Por eso conviene preguntarnos antes de hablar:
¿Lo que voy a decir ayudará a la persona o aumentará su dolor?
Palabras que hieren
Hay palabras que, aunque se digan en un momento de enfado, pueden dejar una huella profunda.
Insultos, desprecios, comparaciones, reproches, amenazas, ironías crueles o frases que hacen sentir inútil al otro.
Especialmente dolorosas son las palabras dirigidas contra una persona que ya está sufriendo.
A quien está atravesando un duelo podemos decirle:
«Tienes que ser fuerte».
«Ya ha pasado bastante tiempo».
«Tienes que rehacer tu vida».
«No llores».
«Dios sabe por qué hace las cosas».
Quizá pretendemos ayudar. Pero esas frases pueden hacer que la persona se sienta incomprendida.
No siempre necesitamos encontrar una explicación para el sufrimiento. Muchas veces necesitamos simplemente acompañar.
En el duelo, las palabras tienen un peso especial
Cuando alguien pierde a una persona querida, también pierde muchas palabras.
Ya no puede decir:
«Te quiero».
«¿Cómo estás?».
«Necesito hablar contigo».
«Gracias».
«Perdóname».
«Tengo algo que contarte».
Por eso el silencio y las palabras adquieren una importancia enorme.
Una persona en duelo no necesita que le solucionemos el dolor.
Necesita encontrar a alguien que pueda permanecer a su lado incluso cuando no sabe qué decir.
A veces la mejor frase es sencillamente:
«No sé qué decirte, pero quiero estar contigo».
Palabras que sanan
Las palabras que sanan no son necesariamente grandes discursos.
Muchas veces son palabras sencillas:
Gracias.
Perdóname.
Te quiero.
Cuenta conmigo.
Estoy aquí.
No estás solo.
Te escucho.
Llora si lo necesitas.
No tienes que fingir que estás bien.
Puedes hablar de él o de ella cuando quieras.
Estas palabras no eliminan el dolor, pero pueden hacer que el dolor sea menos solitario.
Y eso es mucho.
También podemos herir con el silencio
No solamente hieren las palabras.
A veces duele profundamente aquello que no dijimos.
No pedir perdón.
No dar las gracias.
No decir «te quiero».
No reconocer el esfuerzo del otro.
No preguntar cómo se encuentra.
No acercarnos porque «no sabemos qué decir».
Hay silencios que respetan y silencios que abandonan.
Por eso, cuando alguien está sufriendo, no debemos tener miedo de acercarnos simplemente porque no encontramos las palabras perfectas.
Una presencia sincera vale más que un discurso perfecto.
Antes de hablar, conviene pasar nuestras palabras por tres preguntas
Antes de decir algo importante, podemos preguntarnos:
1. ¿Es verdad?
No necesitamos inventar frases bonitas. La sinceridad importa.
2. ¿Es necesario?
No todo lo que pensamos necesita ser dicho.
3. ¿Es el momento adecuado?
Una verdad dicha sin sensibilidad puede convertirse en una herida.
Decir la verdad no significa decirla de cualquier manera.
Aprender a hablar también es aprender a amar
Amar no consiste solamente en hacer cosas por los demás.
También consiste en aprender a hablarles.
Una persona puede alimentar, ayudar, trabajar, cuidar y acompañar a otra y, sin embargo, destruirla con sus palabras.
Por el contrario, una persona puede no tener soluciones para nuestros problemas, pero puede regalarnos una conversación que nos devuelva la esperanza.
Las palabras revelan muchas veces lo que llevamos dentro.
Cuando estamos llenos de resentimiento, fácilmente herimos.
Cuando aprendemos a mirar al otro con misericordia, nuestras palabras empiezan a cambiar.
¿Y qué hacemos cuando nosotros hemos herido?
Todos hemos pronunciado palabras que después hemos lamentado.
No sirve de mucho decir:
«Yo soy así».
«Lo dije porque estaba enfadado».
«Si se lo tomó mal, es su problema».
Madurar también significa reconocer:
«Te hice daño con mis palabras y lo siento».
Pedir perdón no nos hace más débiles.
Nos hace responsables.
Y algunas heridas comienzan a cerrarse cuando alguien tiene la humildad de decir:
«Perdóname».
¿Y qué hacemos cuando nos han herido?
No siempre podemos evitar las palabras de los demás.
Hay personas que nos han dicho cosas injustas, crueles o humillantes.
Pero una cosa importante es recordar:
Que alguien diga algo sobre nosotros no significa que aquello sea verdad.
No debemos convertir todas las palabras que hemos recibido en una definición de quiénes somos.
Algunas palabras tendremos que perdonarlas.
Otras tendremos que aprender a dejarlas atrás.
Y otras quizá tendremos que hablarlas con alguien para poder sanar la herida que dejaron.
Las palabras también pueden ser una forma de oración
Para un cristiano, las palabras tienen todavía una dimensión más profunda.
Jesús utilizó palabras para levantar al caído, perdonar al pecador, consolar al que sufría y devolver dignidad a quienes otros despreciaban.
También nosotros estamos llamados a utilizar nuestra palabra para construir y no para destruir.
San Pablo aconseja:
«No salga de vuestra boca palabra mala, sino la que sea buena para edificar» (Ef 4,29).
No significa que nunca podamos corregir, discrepar o decir algo difícil.
Significa que incluso cuando tenemos que decir una verdad incómoda, podemos hacerlo sin destruir a la persona.
Una decisión para hoy
Podemos hacer un pequeño ejercicio.
Durante este día, intentemos pronunciar conscientemente cinco palabras que quizá alguien necesite escuchar:
Gracias.
Perdóname.
Te quiero.
Te comprendo.
Estoy contigo.
Quizá para nosotros sean solamente palabras.
Para otra persona pueden significar muchísimo.
Porque nunca sabemos qué batalla interior está librando quien tenemos delante.
Las palabras no son simples sonidos.
Pueden convertirse en heridas o en medicina.
Pueden cerrar una puerta o abrirla.
Pueden aumentar la soledad o hacer compañía.
Pueden destruir la autoestima o devolver dignidad.
Pueden alimentar el resentimiento o iniciar un camino de reconciliación.
Por eso, antes de hablar, recordemos algo muy sencillo:
No cuesta nada elegir palabras que hagan el bien.
Y cuando no sepamos qué decir, quizá baste con mirar a la persona, acercarnos y decir:
«Estoy aquí. No tienes que pasar por esto solo».
A veces, esas pocas palabras son exactamente las que alguien necesitaba escuchar.
Vea también: Escuela de Vida
