Patxi Loidi. Mar adentro. Plegarias para orar

PATXI LOIDI


Orar con plegarias
Las plegarias pueden tener usos diversos. Se pueden utilizar como apoyo (una invocación inicial breve), como lectura de un pensamiento (leyendo sólo un párrafo), para la oración de la mañana o de la noche, en una celebración grupal o familiar, etc. ¿ Y para la oración profunda? Valen también con determinadas condiciones. A continuación ofrecemos algunas sugerencias a ese fin. Digamos previamente lo que se debe evitar: la lectura rápida, el uso de varias oraciones seguidas, la falta de silencios y todo aquello que convierta la oración en un simple rezo de plegarias.


Aprender la oración profunda
Con plegarias o sin ellas, la oración profunda requiere un aprendizaje. El problema empieza antes de la oración, porque no sabemos estar dentro de nosotros mismos. El mundo nos enseña exterioridad. Incluso en los grupos entusiastas, que cultivan mucho la oración, hay personas que no aciertan a hacer una oración personal, porque sólo han aprendido a orar con canciones y movimientos. Necesitamos aprender interioridad para aprender a orar. Nuestra vida sería mucho más profunda, espiritual y feliz si cultiváramos el silencio y la interioridad.


Disciplina del cuerpo y del espíritu
La palabra «disciplina» produce recelo, porque parece que va contra la espontaneidad. Pero lo más personal no es lo que carece de reglas, sino lo que hacemos como dueños. Y esto requiere disciplina. Hay una disciplina del cuerpo, que va desde las posturas hasta los tiempos y los movimientos. Y una disciplina del espíritu, que exige dominio de la mente, las pasiones y las emociones. Lo del control mental lo practican las escuelas de espiritualidad desde hace muchos siglos. Pero la disciplina es sólo la antesala de la oración, porque ésta es un encuentro con el Absoluto, con Dios. Por eso hay gente que, sin técnicas, tiene mucha oración.


La postura
La postura influye mucho en la concentración. Hay tres posturas denominadas «reinas», que favorecen grandemente la concentración: egipcia, sastre o loto y diamante. La postura ideal es la del loto, pero resulta muy difícil sin un entrenamiento prolongado. La postura egipcia es sencilla para cualquiera. Pero si una persona puede adoptar una de las otras dos, que lo haga, porque son mejores.


Comienzo y final de la oración
Es provechoso tener una forma fija de comenzar y acabar la oración. Sugerimos la siguiente.
Comienzo
Hacer la señal de la cruz despacio, concentrándome en las palabras que pronuncio, saludar a Jesús y decirle que quiero estar un rato exclusivamente con él.
Decirle que tengo muchas ganas de orar. Si no las siento, mi voluntad sí las tiene. Pedirle la gracia de hacer una buena oración, porque la oración es un don de Dios.

Final
Decir a Jesús que se me ha pasado el tiempo y que voy a terminar la oración.
Agradecerle esta oración y darle un abrazo.
Decirle: «Seguiremos juntos, aunque de otra manera». Esta última frase tiene mucha importancia
para sentir que estoy unido a Jesús en la oración y fuera de ella.


Respiraciones
Después de los tres actos iniciales, es conveniente hacer siempre un rato de respiraciones, siempre por la nariz. Se ponen las manos en la postura conveniente, con el cuerpo erguido, y se hacen respiraciones abdominales durante unos minutos, hasta llegar a un corte con lo anterior. Para una mayor concentración, se puede contar del 1 al 10 varias veces, los números impares al inspirar y los pares al espirar. La atención se concentra en el abdomen. Con las respiraciones estoy ya en oración y voy entrando en profundidad.


Plegarias pedagógicas
La práctica de la oración no es difícil. A lo largo de los siglos, millones de personas de toda edad, condición y cultura han recibido el don de oración. Porque la oración -no lo olvidemos- es un don de Dios, aunque, como todo don, requiera mi aceptación y colaboración.
Hay en este libro una plegaria pedagógica titulada «Cerca» (cap. 1, n. 25), que puede hacernos la oración tan fácil como queramos. En este mismo momento puedo buscar esa plegaria, disminuir la luz, adoptar una postura adecuada y hacer la prueba. La distribución de las palabras en cada línea no obedece solamente al aliento poético del texto, sino también a razones pedagógicas. Cuando una frase tan breve como «Tú estás cerca» está escrita en tres líneas, no es para leerla como si estuviera en una, sino con pausas, «masticando las sílabas», respirando en cada palabra.
Digo «Tú» y respiro. Lo mismo hago con «estás» y con «cerca». Luego voy nombrando las cosas ordinarias de mi vida. La plegaria trae unas cuantas, pero yo puedo añadir otras que me lleguen más. Y al final voy repitiendo, como aparece en el texto, «cerca, ¡cerca!, ¡¡cerca!!». Luego prosigo hasta cansarme: Tú estás – cerca. Tú – estás – cerca… En ese final es cuando llegaré, posiblemente, al mayor grado de profundidad. Pero si noto que en medio de la plegaria empiezo a entrar en profundidad, lo mejor que puedo hacer es pasar a las repeticiones finales, que quizá no sean finales, sino el comienzo de un largo rato de profundidad.
Otra plegaria pedagógica es la titulada «Mi corazón está contigo» (cap. 2, n. 9). Cuando va mencionando los ojos, las manos, la voluntad, etc., puedo hacer algunos gestos correspondientes…

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