Retiro espiritual: Nuestra transformación en Cristo

Queremos tomarnos en serio el objetivo de nuestra conversión que no puede ser otro que Cristo: convertirse es transformarse en Cristo, plenamente, sin trampas y sin condiciones. Y antes de empezar, hay que salir al frente de dos trampas, que no sé si nos las pone el demonio, el mundo o la carne -o los tres a la vez-.


a) «Hay que ir poco a poco», dice la primera trampa. Y como toda buena trampa esconde una parte de verdad y una mentira peligrosa. La verdad es que la transformación en Cristo tiene un proceso, unas etapas, un tiempo. La mentira es pensar que somos nosotros los que decidimos el ritmo de ese proceso; que podemos quedarnos tranquila y cómodamente en la etapa que nos parezca; que tenemos todo el tiempo del mundo para convertirnos. No es así. No hay que ir poco a poco, hay que ir al ritmo de Dios, al paso de Dios: a veces lento y costoso, otras veces vertiginoso e incontrolable. Y desde luego, aceptar el proceso y las etapas no puede nunca significar cambiar de meta o de objetivo. La única meta de la conversión cristiana es transformarnos en Cristo.

b) «¡No es necesario meterse tan a fondo! ¡No es bueno exagerar! ¡Confórmate con menos!» nos dice, bajo capa de sentido común la segunda trampa que quiere impedir nuestra conversión. El que quiera engañarse con ella puede hacerlo, él sabrá, pero en el corazón de Dios no hay dos divisiones entre los cristianos: los que buscan salvarse y los que quieren ser como Cristo. En la realidad no hay dos bautismos distintos, o dos eucaristías distintas, la que nos permite «ir tirando», «no pecar»… y la que nos hace capaces de tener el corazón y la mente de Cristo. Recordemos las palabras de san Pablo:


Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que
fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos (Ef 1,3-5).


No seamos ingenuos, los que apuntan demasiado bajo no sólo no alcanzan la meta verdadera, sino que no alcanzan la meta que se proponen: la salvación. Dicho de otra manera: el que no quiere ser santo y se conforma con ser buena persona, no será ni lo uno ni lo otro, porque malgasta, desvirtúa y falsifica una gracia que es para otra cosa. Eso explica tantos fracasos en la educación cristiana: hemos educado para un cristianismo «a medias» y, al final, se han quedado sin nada. No sigamos rebajando más, apuntemos
a la meta verdadera.
Encima de la puerta por la que tienen que pasar todos los que quieran alcanzar la meta a la que Dios nos ha llamado están estas palabras de san Pablo:


¡No os mintáis unos a otros!: os habéis despojado del hombre viejo, con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su Creador (Col
3,9-10).

Print Friendly, PDF & Email

Vea también

Los enfermos mentales. Testimonios de personas con problemas de salud mental

Muchas personas con enfermedades mentales prefieren no hacer público su trastorno por miedo al rechazo …