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Meditación. Florece donde Dios te ha plantado

«Florece donde Dios te ha plantado».

(San Francisco de Sales)

Hay una frase que puede ayudarnos mucho en nuestro camino de fe: «Florece donde Dios te ha plantado».

A veces pensamos que seríamos más felices si estuviéramos en otro lugar, con otras personas, con otro trabajo, con otras circunstancias o viviendo una vida diferente. Miramos lo que tienen los demás y pensamos: «Si yo tuviera aquello, sería más feliz», «si estuviera en otro sitio, podría hacer más cosas», «si mi vida hubiera sido diferente, todo sería mejor».

Pero Dios no nos pide que vivamos una vida imaginaria. Nos invita a descubrir su presencia en la vida concreta que tenemos hoy.

Dios también está aquí

Nuestra vida no es un accidente. Hay circunstancias que nosotros no hemos elegido y otras que sí, momentos alegres y momentos difíciles, oportunidades y limitaciones.

Eso no significa que debamos aceptar pasivamente todo lo que sucede. Hay situaciones que debemos cambiar, injusticias que debemos denunciar, heridas que necesitamos sanar y decisiones que debemos tomar.

Pero mientras buscamos transformar aquello que podemos cambiar, también estamos llamados a preguntarnos:

¿Dónde está Dios en mi vida concreta?

Quizá esperamos encontrarlo en algo extraordinario y no descubrimos que está presente en lo cotidiano:

En nuestra familia.
En nuestro trabajo.
En nuestra parroquia.
En las personas que encontramos cada día.
En nuestras responsabilidades.
En nuestras dificultades.
En nuestras pequeñas oportunidades de amar.

Dios puede hacer crecer algo hermoso incluso en terrenos que nosotros consideramos pobres.

No necesitas ser otra persona

Una de las grandes tentaciones de nuestra vida espiritual es compararnos continuamente.

Vemos personas que parecen tener más fe, más capacidades, más éxito, más reconocimiento o una vida aparentemente más feliz.

Y podemos llegar a pensar:

«Yo debería ser como ellos».

Pero Dios no te ha llamado a ser otra persona.

Te ha llamado a ser tú, con tus dones, tu historia, tus heridas, tus posibilidades y también tus limitaciones.

Una flor no necesita convertirse en otra flor para ser hermosa.

El rosal no tiene que ser un olivo.
El olivo no tiene que ser una palmera.
Cada uno tiene su propia forma de crecer y dar fruto.

También nosotros tenemos un camino único delante de Dios.

Florecer no significa tener una vida perfecta

Florecer no significa que todo vaya bien.

Una planta puede crecer en medio de dificultades. Puede sufrir viento, frío, sequía o falta de espacio. Y, sin embargo, puede seguir buscando la luz.

También nosotros podemos atravesar momentos de dolor, soledad, incertidumbre o cansancio.

La fe cristiana no nos promete una existencia sin problemas.

Nos promete algo mucho más profundo:

Dios permanece con nosotros.

Jesús no dijo que sus discípulos no tendrían dificultades. Dijo:

Por eso, incluso en una etapa difícil, puede existir una pequeña semilla de esperanza.

Quizá Dios quiere hacerte florecer precisamente ahí

A veces pedimos a Dios:

«Señor, cambia mis circunstancias».

Y quizá Dios nos responde:

«Antes de cambiar tus circunstancias, déjame transformar tu corazón dentro de ellas».

Tal vez esa persona difícil que tienes cerca sea una oportunidad para aprender paciencia.

Tal vez una responsabilidad que no buscaste pueda ayudarte a descubrir un servicio.

Tal vez una etapa de soledad pueda convertirse en un tiempo de encuentro más profundo con Dios.

Tal vez una limitación te ayude a descubrir que tu valor no depende de producir, tener o conseguir.

Tal vez una herida pueda convertirse, con el tiempo y con la gracia de Dios, en una fuente de comprensión hacia otras personas.

No todo lo que vivimos es querido por Dios. Pero Dios puede sacar vida incluso de aquello que nosotros nunca habríamos elegido.

Echar raíces antes de dar fruto

Una planta no florece inmediatamente.

Primero necesita echar raíces.

También nuestra vida espiritual necesita raíces.

Las raíces se alimentan de la oración, de la Palabra de Dios, de los sacramentos, de la Eucaristía, de la reconciliación, de la comunidad cristiana y de la caridad.

Quizá estamos demasiado preocupados por los frutos visibles:

«¿Estoy haciendo suficiente?»

«¿Estoy consiguiendo resultados?»

«¿Los demás reconocen mi esfuerzo?»

Pero Dios también trabaja en lo escondido.

Hay momentos en los que aparentemente no sucede nada y, sin embargo, nuestras raíces están creciendo.

No tengas miedo de los tiempos de silencio.

Dios también trabaja cuando tú no ves los resultados.

No abandones tu terreno demasiado pronto

Hay personas que cambian constantemente de lugar buscando sentirse realizadas.

Cambian de ambiente, de relaciones, de proyectos y de objetivos pensando que el problema siempre está fuera.

Pero a veces no necesitamos otro terreno.

Necesitamos aprender a cuidar mejor el terreno en el que estamos.

Esto no significa permanecer en situaciones dañinas. Significa no huir automáticamente de toda dificultad.

Antes de decir «necesito cambiarlo todo», quizá conviene preguntarse:

¿Qué quiere Dios enseñarme aquí?

¿Qué puedo aportar yo?

¿Qué necesita crecer en mi interior?

¿Qué fruto puedo ofrecer a las personas que Dios ha puesto cerca de mí?

Florecer es dar fruto para los demás

En la vida cristiana, florecer nunca consiste solamente en sentirse bien.

Jesús nos enseña que nuestra vida debe convertirse en un don.

«En esto ha sido glorificado mi Padre: en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos» (Jn 15,8).

El árbol no disfruta de sus frutos para sí mismo.

Los frutos existen para alimentar a otros.

También nuestros dones tienen una finalidad.

Tu paciencia puede ayudar a alguien.

Tu experiencia puede orientar a otra persona.

Tu capacidad de escuchar puede aliviar un sufrimiento.

Tu oración puede sostener a alguien que atraviesa una dificultad.

Tu presencia puede hacer que otra persona no se sienta sola.

Dios puede utilizar aquello que tú consideras pequeño para hacer mucho bien.

Una pregunta para hoy

Hoy no necesitas preguntarte:

«¿Por qué no tengo la vida que tienen los demás?»

Puedes hacerte una pregunta diferente:

«Señor, ¿qué quieres hacer crecer en mí aquí y ahora?»

Y después:

«¿Qué puedo hacer hoy para florecer allí donde me has plantado?»

Quizá la respuesta sea muy sencilla:

Perdonar.

Escuchar.

Orar.

Servir.

Sonreír.

Pedir ayuda.

Reconciliarte.

Ser paciente.

Comenzar de nuevo.

Dar gracias.

Volver a confiar.

Oración

Señor,

ayúdame a no vivir comparándome con los demás.

Enséñame a descubrir que mi vida tiene un sentido y que tú puedes hacerla fecunda.

Cuando quiera estar en otro lugar, ayúdame a descubrir tu presencia aquí.

Cuando piense que mi vida no tiene valor, recuérdame que para ti ninguna persona es insignificante.

Cuando atraviese dificultades, dame raíces profundas.

Cuando no vea resultados, dame paciencia.

Cuando aparezcan oportunidades de servir, dame generosidad.

Y cuando llegue el momento de florecer,
que mis flores no sean para mi propia gloria,
sino para alegrar la vida de quienes caminan conmigo.

Señor, quiero florecer donde tú me has plantado.

Haz de mi vida una pequeña semilla de esperanza,
un lugar donde otros puedan encontrar consuelo,
una palabra que anime,
una mano que ayude
y un corazón capaz de amar.

Amén.

Quédate unos minutos en silencio y repite lentamente:

«Señor, aquí estoy.
Este es mi lugar.
Esta es mi vida.
Estos son mis dones.
Estas son mis heridas.
Aquí estoy contigo.
Enséñame a florecer.»

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