
Las personas maduras y equilibradas no son aquellas que nunca se equivocan ni tienen problemas. Son personas que han aprendido a conocerse, gobernarse y relacionarse con los demás de una manera sana y responsable.
Características de una persona madura y equilibrada
- Se conoce a sí misma
Reconoce sus virtudes, defectos, capacidades y limitaciones. No necesita aparentar ser lo que no es. - Sabe controlar sus emociones
Siente tristeza, enfado, miedo o frustración, pero procura que sus emociones no gobiernen todas sus decisiones. - Piensa antes de actuar
No responde impulsivamente a todo. Aprende a detenerse, reflexionar y elegir la mejor respuesta. - Acepta la realidad
No vive permanentemente luchando contra lo que no puede cambiar. Distingue entre aquello que puede modificar y aquello que debe aceptar. - Asume sus responsabilidades
No busca siempre culpables. Cuando se equivoca, puede decir: «Me he equivocado» y trata de reparar el daño. - Sabe poner límites
Ayuda a los demás, pero no permite que abusen de él. Comprende que decir «no» algunas veces también es necesario. - No depende constantemente de la aprobación de los demás
Escucha las opiniones ajenas, pero no necesita que todo el mundo lo acepte o lo elogie para sentirse valioso. - Sabe escuchar
No necesita tener siempre la razón. Puede escuchar opiniones diferentes sin sentirse amenazado. - Sabe pedir perdón y perdonar
No considera pedir perdón una humillación. Tampoco vive alimentando resentimientos. - Tiene estabilidad en sus relaciones
Procura no pasar continuamente del entusiasmo al rechazo, del cariño a la hostilidad o de la confianza absoluta a la desconfianza total. - Acepta las críticas razonables
Una crítica no significa necesariamente un ataque. Puede preguntarse: «¿Hay algo de verdad que pueda aprender de esto?» - No necesita tener siempre la última palabra
Comprende que algunas discusiones no conducen a nada y que tener paz puede ser más importante que tener razón. - Es capaz de estar solo
No necesita estar permanentemente acompañado, entretenido o conectado. Puede encontrarse consigo mismo sin sentirse vacío. - Aprende de sus errores
No convierte cada fracaso en una tragedia. Se pregunta qué puede aprender y cómo puede hacerlo mejor la próxima vez. - Piensa en las consecuencias
No solamente pregunta: «¿Qué me apetece hacer?», sino también: «¿Qué consecuencias tendrá lo que haga?» - Tiene empatía
Procura comprender lo que sienten los demás antes de juzgarlos. - No vive comparándose
Comprende que cada persona tiene su propia historia, circunstancias, capacidades y ritmo de vida. - Sabe disfrutar de las cosas sencillas
No necesita grandes acontecimientos para sentirse bien. Valora la amistad, la familia, una conversación, el trabajo bien hecho, la naturaleza o un momento de tranquilidad. - Mantiene sus principios
No cambia continuamente de valores dependiendo de quién tenga delante o de lo que le resulte más conveniente. - Tiene capacidad para cambiar
Madurez no significa pensar: «Yo soy así y no voy a cambiar». Al contrario, una persona madura reconoce que siempre puede aprender y mejorar.
En pocas palabras
Una persona madura puede sentir sin dejarse dominar por lo que siente, pensar sin quedarse paralizada, actuar sin impulsividad, amar sin poseer, ayudar sin anularse, perdonar sin olvidar las lecciones y reconocer sus errores sin destruirse por ellos.
Y hay una idea especialmente importante:
La madurez no consiste en tener una vida sin problemas, sino en aprender a afrontar los problemas con serenidad, responsabilidad y sentido común.
Desde una perspectiva cristiana, además, la verdadera madurez humana no consiste únicamente en controlar las emociones, sino en crecer en amor, libertad, responsabilidad, humildad, capacidad de perdón y entrega a los demás.
Vea también: La madurez y Escuela de Vida
