Sínodo Diocesano de Canarias del año 1992: Constituciones sinodales

El Sínodo Diocesano es ya una realidad en forma de libro. Pero tal vez más realidad que esas páginas escritas por más de quinientos cristianos de nuestra Diócesis de Canarias, con la colaboración de varios miles que anteriormente aportaron ideas, sugerencias, experiencias vida, intuiciones cristianas, ilusiones evangelizadoras, huellas que Dios habia dejado impresas en sus corazones en momentos de oración o en vivencias de entrega evangélica, anhelos de una Iglesia mejor y más entregada a la misión, más realidad que esas páginas impresas, repito, sea el Sínodo como experiencia comunitaria de una Diócesis que supo romper con su instalación y ponerse en camino de búsqueda, fiándose del Señor y de su Evangelio, sin saber muy bien qué es lo que iba a buscar, qué es lo que iba a encontrar, qué caminos tenía que recorrer, qué dificultades tendría que superar.


Es cierto que ha sido una experiencia comunitaria ya vivida, que ya ha pasado, que comienza a ser recuerdo para todos los que componemos nuestra Diócesis, para los que intervinimos en el Sínodo directamente, para los que colaboraron en su larga etapa preparatoria, para los que rezaron por él sin participar apenas, e incluso para los que se limitaron a seguirlo desde lejos, a observarlo sin demasiado interés, o a vivir totalmente a su margen.

Sin embargo esa experiencia nos ha marcado de tal forma que todos seguimos hablando del Sínodo como si todavía estuviera en marcha, fuera algo con vida, se mantuviera como una realidad abierta al hoy y al mañana, como posibilidad de vivir el futuro con ilusión, con alegría ilusionada, como tarea todavía perfeccionable a la que todos podemos aportar algo nuevo, para bien de toda nuestra Iglesia y su misión, para bien de toda nuestra gente, creyente o no creyente.

Tal vez sea así porque el Sínodo ha sido, con independencia de sus resultados escritos, una preciosa experiencia comunitaria de un gran amor, amor a Dios y amor a todos los hombres de nuestras islas, amor a la Iglesia y amor a los más pobres y marginados, amor a los que creemos y a los alejados … Y el amor no pasa, no muere, permanece. Particularmente cuando ese amor, como todo auténtico amor cristiano, como toda caridad, se ha empapado de humildad, de comprensión, de diálogo, de deseo de acercarse a todos, cercanos y lejanos. Y más particularmente cuando ese amor se ha vivido cargado de esperanza, con el convencimiento de que, como el Señor, no estamos aqui para juzgar y para condenar, sino para dar vida; con el convencimiento también de que el Señor y el Evangelio pueden hacer maravillas y transformar -desde nuestra fidelidad y aun desde nuestra pequeñez- conciencias y estructuras; con el convencimiento, por último, de que en nuestra sociedad, fuera de la Iglesia, no todo es malo, no todo es pecado, sino que en ella hay cristianos anónimos, signos del Reino, chispazos de bondad y de justicia, anhelos de salvación, entregas a los más pobres …, etc., etc.


Esa experiencia comunitaria, eclesial, cargada de amor, de amor que no muere y permanece, reflejo del Dios que es Amor, ha hecho que en nuestra Iglesia Diocesana se hayan libremente sumido en el silencio algunos que ejercían de “profetas de calamidades”, y siga viva una esperanza profundamente apoyada en el Señor. Esa esperanza ha hecho ese “milagro” de que el Sínodo, ya acabado, continúe como vivencia compartida de una ilusión alegre de que nuestra Iglesia puede ser más fiel al Señor y a su Evangelio, y de que nuestra sociedad, aun cargada de pecado y de injusticia, está compuesta de hermanos a los que se puede ilusionar desde el Señor y con el Señor, hermanos a los que hay que amar y que muchos de los cuales, aparentemente adversarios de la Iglesia, ansían, aun sin saberlo, encontrarse con Jesús y su Buena Noticia, y esperan de nosotros un gesto de acogida y comprensión, esos gestos de acogida y comprensión que el Señor jamás negó a ningún pecador con los que se encontró en su vida.

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