Semana de oración por los difuntos

Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios. (San Agustín)

Ha sido una costumbre de la Iglesia orar por los difuntos. Todos los pueblos han manifestado un respeto por sus muertos y por ello comenzaron a enterrarlos ya en los albores de la humanidad. Grandes construcciones megalíticas o pequeños enterramientos muestran la confianza del ser humano en la vida futura.

El pueblo de Israel, elegido por Dios para ser el depositario de la Revelación, fue profundizando poco a poco en esta dimensión de la vida y comenzó a ofrecer sacrificios por los muertos (2 Mac 12, 46).

Así la Iglesia, tras la Pascua del Señor, tomó conciencia de que se habían roto definitivamente las barreras de la muerte y se habían abierto las puertas del cielo. Con su muerte y resurrección el Señor Jesús, “destruyó la muerte y nos dio nueva vida” (Plegaria eucarística IV). Él nos ha abierto el camino del cielo y ascendió a él para prepararnos sitio (Juan 14, 2).

Consciente de que en la vida hay mucho que purificar para entrar en la casa del Padre, los primeros cristianos rezaron por sus difuntos y ofrecieron sacrificios para que la misericordia de Dios limpie sus pecados y les conceda la mansión eterna en el cielo.

En este año de la fe queremos orar también por nuestros difuntos, pero siguiendo las indicaciones del Santo Padre deseamos profundizar en la doctrina de la Iglesia sobre el más allá. Esta semana de oración (2-8 de noviembre) es una buena ocasión para ello. Además tendremos la oportunidad de obtener una indulgencia plenaria cada día por las almas del purgatorio (ver p. 22).

En la escucha de la Palabra de Dios, de la mano del Catecismo joven (Youcat) y con el testimonio de los santos, iremos desgranando los artículos finales del Credo. Orar con la cabeza bien formada, con el corazón fervoroso y en compañía de los santos. El Señor nos acompaña y nos bendice en este camino de siete días.

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