Las llagas de Cristo. Meditación

Por José María Escudero Fernández

Armando era un hombre justo y piadoso, creía en Dios y cumplía con las obligaciones de todo buen cristiano… El caso es que Armando deseaba “un pequeño milagrito”…, (no, no crean que era para poseer más, sino para —como él decía— ser mejor persona).

Su padre le había enseñado desde que era un niño que todos nos parecemos a alguna persona de la Sagrada Escritura…, y Armando, ya desde su adolescencia, había descubierto a la suya: Tomás, el discípulo incrédulo.

Nuestro buen amigo imploraba a Dios todos los días que le concediera la gracia de tocar las llagas de Jesucristo: “Señor, no pienses que no creo, es que si yo te tocara, si por un instante sintiera el roce de tu piel, todo sería más fácil y podría proclamar a los cuatro vientos Tu palabra y Tu vida..”

El tiempo iba pasando y Armando iba perdiendo toda esperanza… hasta que un día conoció a una persona que dirigía una casa de acogida para mendigos, transeúntes, toxicómanos… en fin, para toda aquella gente que es arrinconada por la sociedad. Tan pronto como intimaron   Armando le contó su inquietud. Al principio no recibió respuesta alguna, pero poco después aquella persona le invitó a pasar unas semanas como voluntario, ayudando en todo lo que hiciera falta. Nuestro protagonista aceptó encantado y rápidamente puso manos a la obra.

Al cabo del tiempo estipulado Armando recibió la visita de su amigo, ausente ese tiempo por motivos personales. Éste le preguntó con una sonrisa entre cariñosa y burlona:

“Qué Tomás, ha ido bien la experiencia”

A lo que Armando con el rostro lleno de una exuberante felicidad, y siguiendo la broma de su buen amigo le respondió:

“Sí tu supieras, ¡me he hartado de tocar a Cristo!”

Y es que Armando había descubierto las señales de Cristo, había tocado con sus propias manos las llagas de Su Señor, repartidas hoy entre los seres más despreciados de nuestro mundo.

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