La resurrección de la carne o divinización del hombre y del universo

El término español «carne» no tiene las mismas connotaciones que la palabra hebrea correspondiente: un judío no opone carne a espíritu, como nosotros hacemos. La carne, para él, es el hombre entero, con su debilidad y fragilidad pero también con su arraigo en la naturaleza, en un medio determinado, en su raza; la carne incluye todas las relaciones con las personas y las cosas. Cuando decimos que creemos en la resurrección de la carne -éste es un artículo de nuestro Credo-, decimos que es el hombre total quien resucita.

Os hago igualmente notar que nuestros Credos no hablan de la resurrección de los cuerpos. En el Símbolo de los Apóstoles se habla de la «resurrección de la carne» y en el símbolo de Nicea, que recitamos o cantamos en la misa, se habla de la «resurrección de los muertos». El cuerpo está implicado en un conjunto mucho más vasto que la Biblia llama carne.

La fe de la Iglesia en la resurrección de la carne, es decir, del hombre y de todo el mundo, escandalizó tanto al pensamiento pagano que no hay que sorprenderse de la dificultad que tuvieron los autores cristianos de los primeros siglos para que se aceptase. Hay que subrayar que, entre las obras de los primeros Padres de la Iglesia, un gran número está consagrado a este dogma. Y como el cristianismo es una doctrina de vida, yo replantearía brutalmente la misma cuestión que he planteado a propósito de la Trinidad: si un concilio declarase que no hay resurrección de la carne, ¿qué cambiaría prácticamente en vuestra vida cotidiana?

No inmortalidad del alma sino resurrección total del hombre

Hemos dejado desvanecerse o empobrecerse la riqueza de la fe cristiana acerca de nuestra felicidad eterna, en la medida en que hemos dejado de seguir la pedagogía divina expresada en la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) , y lo que aún es más grave, confundimos inmortalidad del alma con resurrección de la carne. Reducimos el cielo a no ser más que el lugar del alma inmortal. El resultado es que este mundo, en que vivimos, trabajamos y sufrimos durante cuarenta, sesenta u ochenta años, se ha descolorido, desvalorizado. El valor del mundo de hoy, de nuestras tareas humanas, familiares, sociales, sindicales, políticas o culturales, se nos aparece como algo secundario en relación a lo que llamamos el otro mundo, la otra vida.

¡Como si hubiera dos mundos y éste, en el que estamos, tuviera poca importancia con relación al otro! Confundimos otro mundo con mundo convertido en otro, y no es lo mismo. Hablando con rigor, no existe otro mundo con otra vida sino que este mundo se transforma en otro, esta vida se transforma en otra. Cuando veis un hombre de sesenta años que habíais conocido de joven decís que es el mismo hombre, no decís que es otro, envejeciendo se ha transformado en otro, pero es el mismo. No deberíamos hablar de otro mundo sino siempre del mundo que, por la resurrección, se transforma en otro.

Si hablamos de otro mundo lo hacemos con relación al mundo esencial, ya que este mundo de aquí aparece simplemente como terreno de pruebas antes de recibir la recompensa. Vaciando el cielo de su sustancia y atractivo vaciamos igualmente la tierra, llegamos a un cielo que no es más que una inmortalidad para el alma y la tierra materia perecedera, una especie de máquina de producir espíritus puros. Veis pues que es importante el punto de vista.

Felicidad divina, comunitaria, encarnada

Lo que afirma la Iglesia es esencialmente esto: nuestra felicidad eterna será verdaderamente una felicidad de hombre, conforme a la naturaleza del hombre :

– social o comunitaria (pues el hombre es un ser social y una felicidad individualista no respondería a su naturaleza);

– encarnada (pues el hombre no es un puro espíritu);

– divina, consistente en la unidad de vida con Dios (pues el hombre no es un ser encerrado en sí mismo sino abierto al infinito; o, hablando de otra manera, una de las dimensiones del hombre es su aspiración al infinito).

Estos tres aspectos están íntimamente unidos en el dogma de la resurrección de la carne, de forma que una felicidad plenamente humana, no puede realizarse más que en y por la resurrección de la carne. Si el hombre no resucitase completo, cuerpo y alma, nuestra felicidad eterna no sería una felicidad de hombre sino una recompensa exterior, algo así como la bicicleta que se ofrece al muchacho por aprobar sus exámenes. De este modo, no sería yo el hombre que soy por naturaleza, no sería mi felicidad. Tal modo de pensar es insoportable, es un asunto de dignidad elemental como nos recuerdan ciertos ateos: yo soy hombre, mi dignidad es la de ser hombre y por tanto serlo eternamente. Si bien es verdad que no puede haber resurrección de la carne sin el don de Dios que nos llama a compartir su vida, este don y esta llamada implican que nosotros nos hagamos a nosotros mismos por nuestra actividad en nuestra vida presente. La palabra recompensa, ciertamente, está en el Evangelio: «Vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5, 12) pero en el sentido en que la cosecha es la recompensa de las semillas, es una recompensa intrínseca.

Por ello según la doctrina de la Iglesia, la vida eterna es la permanencia divinizada de todo hombre, yo y todo mi yo. Soy todo yo y todo mi yo quien será eternamente dichoso. Cuando digo todo mi yo, lo entiendo con todas mis relaciones, si estoy casado con mi mujer, si soy padre o madre de familia con mis hijos, con mis hermanos y hermanas, con mis amigos, con mi comunidad religiosa, con mi medio social, con mi medio profesional, con mi trabajo, no solamente con la intención que pongo en mi trabajo sino con la obra misma. Voy a haceros una confidencia: cuando escribí mi libro «La humildad de Dios», ciertas personas me dijeron: «¡0h! ¡hay citas de músicos y poetas! -Sí, porque no quiero licenciar a los que han contribuido a hacer de mí lo que soy y quiero encontrarles durante toda la eternidad, de otro modo no sería yo».

Observad que, cuando digo todo el hombre, incluyo también todo el cosmos porque estamos unidos a todo el cosmos, es decir al universo de la materia, de la vida vegetal y animal. Nos asimilamos al cosmos cuando comemos o cuando admiramos una obra de arte. Cuando, después de haber pasado varias horas contemplando el Partenón, vuelvo a bajar a la Acrópolis, el Partenón forma parte de mí puesto que soy diferente de lo que era antes de haberlo visto. El Partenón resucitará en mí y por mí.

El hombre no puede ser separado del cosmos, es solidario con él. Nuestro cuerpo está cortado de la misma tela que el universo: tenemos necesidad de calcio, de fosfatos, etc., ¡lo sabéis mejor que yo! El hombre no está con relación al mundo como una estatua con su pedestal, más bien como la flor con relación al tallo y formando cuerpo con todo él. Somos uno con el cosmos, de tal manera que lo que decimos del cuerpo vale para el universo. En un célebre sermón pronunciado con motivo de la fiesta de la Anunciación, Bossuet decía que «el hombre es un microcosmos, un pequeño mundo en el interior del mundo».

En consecuencia, la fe en la resurrección de la carne es, de hecho, la fe en la resurrección del mundo. Se vislumbra aquí la importancia de nuestras tareas terrestres, que sirven siempre directa o indirectamente para transformar, para humanizar el mundo. El mundo resucita. Estamos lejos de una filosofía que se contente con probar la inmortalidad del alma y en la que el universo tal y como es no tiene valor duradero. Así se llega a una felicidad de espíritu puro que se transforma fácilmente en una felicidad individualista. La verdad revelada es infinitamente más rica, es felicidad social o comunitaria, encarnada y divina o, en otros términos, permanencia espiritualizada y divinizada de todo el hombre y de todo el universo del que el hombre es solidario. Por ello, tratemos de comprender qué es el cuerpo, aunque las siguientes reflexiones sean un poco difíciles. 

Valor del cuerpo. Ningún alma sin cuerpo, ningún cuerpo sin alma

¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es nuestro cuerpo de hombre? No es un objeto entre los múltiples objetos del mundo físico, no es una cosa entre las cosas, aunque aparezca al principio como tal; no es una cosa pesada, opaca, que impone límites, que se presenta como un conglomerado de límites, una especie de prisión que hace que estando aquí, no esté en otra parte. Es cierto que el niño descubre su cuerpo al principio como si no fuese el suyo: la punta de su pequeño pie es una cosa como la sábana o la sobrecama sobre la que está puesto.

El cuerpo no es algo, el cuerpo es alguien, mi cuerpo soy yo. Cierta cosa pesada y opaca, sí; límite y limitativo, sí; agregado de materia, sí en cierto sentido; pero sobre todo mi cuerpo es un hogar de energías y de energías poderosas y flexibles, una masa de células vivientes, pero ved en qué se transforma esta masa en el deporte o en la danza.

Si sois deportistas, reflexionad en el delantero centro de un equipo de fútbol, está en el terreno de juego en todas partes a la vez. Si sois artista, reflexionad en un bailarín o una bailarina. Ved el pequeño diálogo a imitación de Platón que Paúl Valéry tituló «El alma y la danza», título muy sugestivo, pues es el alma, el espíritu, quien toma cuerpo para nuestro asombro en los saltos del bailarín y, también él está en todas partes sobre el escenario: «(La bailarina) nos enseña lo que hacemos, mostrando claramente a nuestras almas lo que nuestros cuerpos oscuramente cumplen. A la luz de sus piernas nuestros movimientos inmediatos nos parecen milagros, nos asombran tanto como es posible» . Valéry quiere decir, si le tradujera en prosa sencilla, que el arte del bailarín o de la bailarina ilumina lo que todos realizamos, sin apercibirnos, en la vida ordinaria, cuando caminamos por la calle o por nuestro jardín.

¡Qué despliegue de energías! Es también comunicación con el otro. Es en fin expresión radiante de la vida, de la fuerza, de la belleza y de la inteligencia. Me diréis: hacéis el elogio del cuerpo de los bailarines y nosotros no somos bailarines, hacéis el elogio de los cuerpos de los deportistas y nosotros no somos deportistas. Precisamente por eso hago el elogio del cuerpo de los bailarines y de los deportistas que tiene como meta el elogio del cuerpo de todos. El deportista y el bailarín manifiestan de modo espectacular este hogar de energías que es el cuerpo.

Mirad la mano (no sólo los pianistas tienen manos). Santo Tomás de Aquino decía que lo que constituye al hombre es el espíritu y la mano. La mano parece la extremidad banal de los miembros anteriores, de hecho, en el hombre, que es un animal de pie, la mano está liberada (el hombre no tiene necesidad de sus manos para caminar), ella puede cogerlo todo sin unirse a nada de lo que se apropia. Es decir que la mano es el signo más impresionante de la inteligencia, ella permanece idéntica adquiriendo relaciones universales. Como se ha dicho correctamente, el hombre ejerce una manumisión, pone la mano sobre todo, y todo cae en el reino del hombre. Por la mano el hombre es el artesano del mundo. La mano es el obrero del espíritu, la presencia práctica del espíritu en el mundo.

Paúl Valéry, después de haber hecho el elogio de la danza, inteligencia misma encarnada en los pies, las piernas y en todo el cuerpo, hace el elogio de la mano: habla de las «manos sabias, clarividentes e industriosas del cirujano». Del mismo modo que el danzante llena toda la escena y que el deportista ocupa todo el terreno, los hombres, por su trabajo, llenan el mundo con su cuerpo, con su actividad corporal. Hay que decir (por banal que sea, aunque capital para nuestro trabajo) que todos los productos del trabajo y del arte, desde la pluma que me ha servido para escribir las líneas que tengo bajo los ojos hasta los cohetes de los cosmonautas, son la prolongación del cuerpo de los hombres o, lo que viene a ser lo mismo, su presencia corporal activa extendida al universo entero. En definitiva, el universo entero se transforma en el cuerpo de los hombres.

En su poder de aprehensión universal la mano del hombre supone el cerebro y se une a él. Los sabios explican cómo la posición derecha (el hecho de que el hombre esté de pie) ha liberado el edificio craneano de una especie de yugo muscular que bloqueaba su despliegue; levantado este impedimento, la hornacina protectora del cerebro cortical ha podido desarrollarse. En esta hornacina se ha alojado ese fabuloso ordenador viviente que contiene en su interior una quincena de millares de células: el cerebro. Es él quien hace posible el juego indefinido de asociaciones y de relaciones del que se nutre y que produce el espíritu.

Luego está el rostro. Mejor que rostro, digamos cara. Es la mano la que permite la aparición de la cara humana. Sin la mano, la mandíbula o la quijada o la boca o la lengua o el colmillo, atacarían directamente los alimentos y esto implicaría violencia. Pero cuando la mano, liberada por la posición de pie, aprehende los alimentos, la cara, sustraída a la violencia, se reajusta y se humaniza para otras funciones que la alimentaria. Entonces la cara se convierte en rostro, es decir, sonrisa, mirada, y sobre todo palabra (por otra parte la sonrisa y la mirada son ya, en cierta manera, palabras).

Hay que insistir un poco sobre esta maravilla que es la palabra. ¿Qué es hablar? Es hacer brotar ideas en el seno de un conjunto sonoro, por sí mismo, un juego de vibraciones. Sólo “el hombre tiene el poder de hacerlo. Hablar es proferir un conjunto organizado de sonidos, vocales y consonantes formando sílabas y palabras, que se encuentra unido a un conjunto organizado de significaciones. Este sistema de sonidos, unido a un sistema de sentido (o de significados) que varía en cada país, se llama una lengua, el francés, el inglés o el chino. El hombre aprende una lengua, o mejor su lengua llamada «materna», y es desde entonces capaz de abrirse al universo del encuentro y del diálogo. Digo el universo, es decir que por la palabra el hombre se universaliza, se convierte en un sujeto entre otros sujetos. Como bellamente dice el Padre Martelet: «Cuando la palabra ha nacido, el hombre ha franqueado verdaderamente el Rubicón inaugural de su humanidad».

El hombre no podría pensar si no pudiera hablar y no hay pensamiento reflexivo más que donde hay lenguaje. El lenguaje es corporal. Tal vez primitivamente era gestual, se hablaba haciendo gestos, pero poco a poco, se pasó a lo que se llama gesto laringo-bucal, es decir de la laringe, de la garganta y de la boca. Si no pudiésemos gesticular ni hablar no podríamos hacer razonamientos ni emitir juicios.

El hombre no es doble sustancia, cuerpo y alma, donde el cuerpo, encadena a la otra, el alma, y la sirve. El cuerpo no es un elemento exterior del que podría prescindir el alma, el cuerpo esencialmente forma parte de nuestro ser. El cuerpo y el alma están tan unidos el uno al otro en el acto mismo de existir como el sonido y el significado en el acto de hablar. Así como la palabra es indivisiblemente significado y sonido, del mismo modo, también indivisiblemente, la existencia humana es cuerpo y alma. El alma no existe sin el cuerpo, el cuerpo no existe sin el alma, y el cuerpo y el alma no existen sin el mundo.

El cuerpo no es otra cosa que el alma misma en el despliegue de su poder y de su energía. Esta masa de células vivientes a la que llamamos cuerpo, hogar de energías, sostiene y nutre las funciones que desarrollan una vida psíquica, que se expande en sentimientos superiores, en inteligencia, en voluntad y en amor. El cuerpo es la expresión misma del espíritu y el espíritu no es nada fuera de esta expresión o manifestación. En otros términos, el espíritu no es sino una energía hecha cuerpo, más aún, lo que llamamos alma es «el espíritu en la maestría del cuerpo».

Esto hoy está admitido, pero hay que decirlo si queremos expulsar la idea de una inmortalidad del alma sin el cuerpo. Es evidente que el alma no obra y no existe más que por el cuerpo. Para vivir hay que comer y beber. Para realizar una civilización no es suficiente pensarla, hay que construirla a golpe de esfuerzos corporales; hacen falta las manos del albañil, las del artista, las del cirujano, etc. Incluso para los actos más espirituales, el cuerpo es igualmente necesario. En un libro, ya antiguo, Jean Mouroux escribía: «No es la inteligencia quien piensa, sino el hombre» . Se puede incluso decir: no es el espíritu quien reza, es el hombre entero. Todos los autores espirituales han insistido sobre el papel del cuerpo en la oración: ¡preguntad a todos esos jóvenes que rezan hoy en los movimientos de Renovación carismática!

En la soledad de la muerte, reencuentro con Cristo resucitado

Puesto que el cuerpo no es un elemento secundario sino parte integrante de nuestra identidad de hombre, esencial al hombre para que sea hombre, se debe prohibir que se considere a la muerte como un acontecimiento que libera al alma de las ataduras del cuerpo. ¡Como si el cuerpo fuese para el alma una molestia, una atadura, por no decir un paquete o una prisión! No admito frases de este estilo: «En la muerte, el espíritu, al fin, empieza a existir», tal frase significa que el cuerpo es el mal del espíritu. Decir que llegará un día en que el espíritu sea liberado de este mal, significa una mala esperanza, un optimismo infantil.

¿Por qué la muerte?

Es preferible mirar las cosas cara a cara y decir que, en un primer momento la muerte es humanamente una miseria, un escándalo o, como pensaba Albert Camus, un absurdo. La muerte no es un drama entre otros dramas, es EL drama, el drama integral, el drama sin retorno, nos atreveríamos a decir, el drama absoluto. La muerte destruye la existencia del hombre en su misma raíz. No es bueno, no es sano, eliminar este primer momento pues no se puede hacer sino desvalorizando indebidamente al cuerpo, relegando al mito, o a una creencia secundaria, el dogma de la resurrección de la carne.

Si la muerte es una miseria, un escándalo, un absurdo, ¿cómo pensar que Dios, y sobre todo un Dios que no es más que Amor, consiente que la criatura (que Él crea por amor) experimente tal desastre? ¿El hombre debe morir por ser pecador? El hecho de morir, es decir el hecho de terminar, no procede del pecado. Lo que procede del pecado, lo que es «el salario del pecado» (Rom 6, 23), es la muerte como erradicación terrorífica. Pero la muerte como fin, es simplemente el hecho de nuestra finitud. Es una perogrullada: lo que es finito debe acabar. Entonces, ¿cómo declarar inocente a Dios?

Dios quiere que el hombre sea alguien, alguien para Él, alguien ante Él. Él me quiere sujeto o persona, lo que no es posible si yo soy diferente a Él, es decir si yo no soy Dios. Es elemental, pero se tiene tendencia a olvidarlo, vosotros no sois alguien para mí más que si vosotros sois otros que yo. Por consiguiente, puesto que Dios es infinito es necesario que la criatura sea finita, en otro caso, no sería alguien sino una emanación de la divinidad, como el río es una emanación de la fuente y no es verdaderamente otro. Puesto que no hay nada finito sin fin, el hecho de deber terminar -otra perogrullada- es el signo de nuestra finitud. Yo no soy Dios, infinito, pues soy finito, mortal.

Tal vez me digáis: Dios es Todopoderoso, ¿no podía hacer al hombre de otro modo que finito? Puesto que es perfecto, ¿no podía hacer al hombre tan perfecto como El? Comprendo que esta idea brote de vuestros espíritus, es normal, pues no se trata de un detalle en nuestra vida sino de esa cosa terrible y escandalosa que es la muerte. Entre muchas respuestas en un plano metafísico os recuerdo esta sencilla reflexión: el poder de Dios es el poder del amor. Por consiguiente el amor quiere que el otro sea verdaderamente otro y no un reflejo de sí. Un hombre nunca dirá a una mujer que ama, quiero que seas mi reflejo; le dirá, quiero que tú seas «tú», otra que yo, plenamente tú y plenamente otra que yo. El amor quiere que el otro no sea creado completamente acabado. Un ser creado perfecto no sería un ser que se crea a sí mismo, sería una criatura quizá maravillosa, pero no sería creadora de sí.

Es, pues, la seriedad del amor creador quien exige que Dios cree a ¡un ser totalmente otro que Él, una criatura creadora de sí y del mundo. Porque es amor Dios crea a un no-Dios, un ser finito, quien por naturaleza debe terminar. Diremos que, previendo los dolores que implica la finitud ¿habría debido Dios prohibirse crear? Es lo que piensan muchos que no perdonan a Dios haber creado un mundo donde la finitud engendra tantos desastres y sufrimientos.

Es verdad que la creación para Dios es una aventura. No temo la palabra. Creando, Dios se ha aventurado en el sentido de que no retrocede ante el drama resultante de la creación de seres libres y finitos. Aventura, drama, riesgo, estas palabras proclaman una verdad: es un drama para nosotros, pero también para Dios. Por eso pienso que, contrariamente a lo que más de uno piensa, existe un sufrimiento en Dios.

El sufrimiento de Dios

Dios es amor y el amor es necesariamente vulnerable. Lo que a nuestro mundo enrabieta (la expresión es de Jacques Maritain) es imaginar a un Dios que se incline sobre el sufrimiento humano con una especie de serenidad olímpica, algo así como la mujer que dijera: sé que mis hijos sufren mucho más que yo, pero soy feliz de que el sufrimiento de mis hijos no me alcance. Si escucháramos a una mujer expresarse con este lenguaje, diríamos que su felicidad es monstruosa. Y, en cambio, lo aceptamos como bueno cuando se trata de un Dios que imaginamos como un Júpiter, detrás de las nubes, a quien el sufrimiento de los hombres no afecta en su serenidad indefectible. «Si las gentes supieran que Dios sufre con nosotros y mucho más que nosotros por todo el mal que asola la tierra, muchas cosas cambiarían sin duda y muchas almas se sentirían liberadas» . Dios no hubiera arriesgado el sufrimiento del hombre se habría ahorrado también el sufrimiento en Él mismo, .- pero nos hubiera creado hechos del todo.

Eternamente Dios prevé la angustia del hombre ante la muerte, pero, según la fe cristiana, al mismo tiempo abolió el escándalo de esta angustia. En el momento mismo en que Dios crea al hombre mortal, crea la trascendencia de la muerte en una resurrección, rompe el círculo de la mortalidad en el momento mismo en que la crea.

Me diréis: ¿no es esto un juego? ¿Por qué, al mismo tiempo, romper lo que se ha establecido? ¿No habría sido más divino no establecerla y crear al hombre inmortal? Henos aquí en el centro del misterio del amor: en lugar de evitarnos la muerte por un acto que hubiera sido un prodigio, yo diría una magia (en la que el hombre no hubiera sido respetado, donde Dios no habría arriesgado ni para El ni para nosotros) decide eternamente entrar Él mismo en nuestra finitud y participar de ella. Dicho de otro modo, decide morir Él mismo.

En un mismo acto. Dios crea y se encarna. Al mismo tiempo (la palabra «tiempo» es inadecuada, debería decir «en la misma eternidad») que el infinito crea al finito. Él se convierte en finito para introducir al finito en la vida misma del infinito, se hace hombre para que el hombre se haga Dios, según el adagio tradicional. Dios no quiere ni puede crear dioses, pero los crea capaces de crearse a ellos mismos, y se hace hombre para que su historia desemboque en su divinización. Es necesario, pues, abandonar la idea un poco infantil según la cual habría sido en primer lugar la creación (al principio) y a continuación la encarnación. La creación no está al principio, está ahora y, si bien es verdad que Cristo apareció en el centro de la historia (Navidad está fechada históricamente), preexiste eternamente en Dios. Releed los principios de la epístola a los Efesios y de la epístola a los Colosenses; san Pablo insiste: «Dios es indivisiblemente Creador y Encarnado». Dice explícitamente que Cristo es «el Primogénito de toda criatura». Yo creo firmemente que la creación no es pensable desde el punto de vista de Dios independientemente de la Encarnación. Dios, dice Teilhard de Chardin, se convierte en el hombre que Él crea. ¡Es una frase inolvidable!

En el jardín de Getsemaní Cristo tembló, se angustió, tuvo miedo; estas palabras están en el Evangelio. ¡Afortunadamente para nosotros! Pues si Dios se encarna, no es para asomarse a nuestra angustia, es para vivirla a fin de que convirtiéndose ella misma en acontecimiento de Dios (digo algo tremendo: que nuestra angustia de hombre ante la muerte se convierte en acontecimiento de Dios mismo), sea transformada. No suprimida (caeríamos en la magia) sino transformada; la muerte asumida con todo lo que comporta de fracaso, de angustia y de soledad, se transforma en el umbral de una resurrección.

La resurrección comienza en la muerte pero no será total más que al fin de los tiempos

Aquel a quien san Pablo llama «el Primogénito de toda criatura», el Apocalipsis le llamará «-el Primogénito de entre los muertos» (1, 5), el Primer Viviente de todos los que han muerto y de los que morirán. La muerte permanece como un fin (imposible de otra manera) pero el fin sólo de una forma de vida y el paso a otra forma de vida, la de Dios mismo.

Cuando cruzamos el umbral de la muerte nos reencontramos con Cristo, resucitado. ¿Cómo lo podemos representar? No lo podemos representar. Nuestra certeza de fe no suprime la oscuridad profunda en que quedamos acerca de Cristo resucitado, porque vivimos en un mundo sometido a la muerte. La Vida más allá de la muerte, la Vida que no es más que Vida o, lo que es lo mismo, el Amor que no es más que Amor, no lo podemos imaginar.

Lo que resucita en mí, exactamente lo que empieza a resucitar desde la muerte misma, es mi relación con los otros y con el mundo (con los otros, con mis padres, mis próximos, mis amigos; con el mundo, es decir, todo lo que mi cuerpo conseguía con el trabajo, el arte, la cultura, las aficiones). Es la relación con los otros y con el mundo (es decir, mi vida) la que resucita con un poder y una intensidad divinas, que viene de otro -del Cristo vivo- pero experimentada como mía.

Mi alegría es entonces la alegría del amor; la felicidad me viene de otro -de Aquel a quien amo- y por eso es mi felicidad. Pues si te amo tú eres mi alegría, no quiero tener alegría más que de ti, de otro modo no te diría que te amo. Esto significa para el hombre, en su cuerpo y en su alma, un nuevo modo de existir. En su cuerpo, cierto, puesto que es por el cuerpo como el hombre se relaciona con los hombres y con el mundo. Y es esta una verdadera resurrección, puesto que ha necesitado pasar por la soledad absoluta de la muerte.

Esta resurrección comienza desde el momento de la muerte (no hay sala de espera donde el alma separada del cuerpo espera el fin del mundo para recuperar su cuerpo) pero no será total hasta el fin de los tiempos, pues no soy verdaderamente yo mas que en compañía de todos mis hermanos. Para decirlo como el catecismo elemental, será al fin del mundo cuando todos los hombres estarán en el cielo.

Para que la felicidad celestial sea la felicidad del amor que no es más que amor, es preciso que estemos absolutamente desprendidos de nosotros mismos (absolutamente en sentido estricto, soledad absoluta).

Cristo resucitado lo será todo para mí pero todos mis hermanos son miembros de Cristo. Cristo no es separable de los miembros de su Cuerpo, pues ¿Cómo queréis que reencuentre a Cristo que es la Cabeza, sin encontrar a los miembros de su Cuerpo? Se oye a veces preguntar: «¿Encontraré en el cielo a mi hijo fallecido a los veinte años?» Por supuesto, señora, puesto que usted está hecha por la relación con sus hijos. Lo que he llamado cuerpo, es vuestra historia y ella resucita en Cristo, pues ¿Qué somos nosotros sin los seres que amamos?

Nuestro cuerpo actual no es plenamente cuerpo

Si la vocación del hombre no fuera la de participar en la vida misma de Dios no habría resurrección de la carne. Es la divinización del hombre la que permite la subsistencia del cuerpo. Vengo a decir que, de los tres aspectos de la felicidad necesarios para que sea una felicidad humana, el aspecto divino es la raíz y el principio de los otros dos. Ahora no estamos divinizados más que en germen. ¿Qué sucederá cuando después de la muerte, seamos divinizados en plenitud y «semejantes a Dios» (1 Jn 3, 2)? Todo se fundamenta en esta frase: el espíritu, cuando está poseído por Dios, posee totalmente su cuerpo.

Sabemos que no poseemos totalmente nuestro cuerpo, en parte se nos escapa. Si tengo una fuerte migraña, no contéis conmigo para daros una conferencia. Si estoy en París, no estoy en Lyón. Basta que una mosca zumbe, escribe Pascal, para que ese gran filósofo sea incapaz de pensar. Por el cuerpo los esposos comulgan en el amor, pero es el cuerpo el que impide que su unión sea total (es por otra parte el sufrimiento del amor). Equivale a decir que el cuerpo no es perfectamente cuerpo, es parcialmente instrumento de acción y de comunicación, será verdaderamente cuerpo cuando no sea obstáculo de ninguna forma. Y cuando digo cuerpo, no olvidéis que el universo entero no es separable del cuerpo.

Sólo el cristianismo, sólo él, enseña la divinización. No sólo la enseña sino que se puede decir que es la misma enseñanza. ¡Todo el cristianismo está ahí! Como dice Guardini: «El cristianismo es el único en atreverse a situar un cuerpo de hombre en pleno corazón de Dios». Evidentemente, no se trata de un cuerpo como un conglomerado de células biológicas. Cuando comemos el Cuerpo de Cristo resucitado, no comemos células biológicas (lo cual no es evidente para todos, y sucede que se nos trata de antropófagos).

Por otra parte es en este sentido como nos dice el Evangelio que «los elegidos serán en el cielo como ángeles de Dios» (Mt 22, 30), es decir que su realidad corporal será completamente nueva. No decimos sin embargo que el cuerpo se transformará en espíritu, sería el sinsentido más radical, seguiremos siendo hombres. El cuerpo no se convierte en espíritu, es más cuerpo que nunca, permanece plenamente cuerpo.

San Pablo cuando dice que el cuerpo resucitado es un «cuerpo espiritual» (1 Cor 15, 42) no hace filosofía. Es inútil ilustrar cómo es tal cuerpo: no pensaréis en una especie de gas luminoso (Nietzsche hablaba del gran vertebrado gaseoso). Esto me recuerda una salida de tono de Claudel a quien se le pidió una conferencia sobre la Trinidad y, como aquel día estaba de muy mal humor, respondió: «¿La queréis con proyecciones?» Hay que renunciar a la imaginación, es indispensable. Las reflexiones que os propongo no tienen otra meta, no son más que opiniones teológicas; desde el punto de vista doctrinal, la Iglesia es extremadamente sobria, dice que «resucitaremos en cuerpo y alma», eso es todo.

El «cuerpo espiritual» es un cuerpo de libertad

El cuerpo espiritual es la expresión del hombre que llega a la libertad. Llegar a ser un hombre libre, es morir a todo lo que no es amor o caridad. El hombre es libre cuando es capaz de afrontar la muerte, la muerte del egoísmo bajo todas sus formas:

tranquilidad, confort, posesión de privilegios, consentimiento tranquilo a las desigualdades insolentes del mundo. El hombre es libre cuando muere activamente a todo esto, cuando trabaja por no ser esclavo de sí, activamente, es decir, poniendo actos libres, tomando decisiones, pequeñas o grandes, que permitan llegar, día a día, a una libertad mayor.

«Si la muerte es sólo sufrida, es pura destrucción. Un cuerpo maltratado no produce un bailarín, puesto que, para llegar a ser bailarín, hay que soportar una disciplina que nunca procurará la más severa corrección. Sólo consentir la muerte como sacrificio voluntario puede hacer acceder al universo de la resurrección, como el más riguroso entrenamiento hace acceder al universo de la danza. El único que ha muerto por puro sacrificio voluntario es Cristo».

Todos los actos de la vida de Cristo han sido actos de amor. No se ha dado en parte, en tales actos con exclusión de otros; hablando con rigor. El ha dado su vida a lo largo de toda su vida, . sin nunca retomarla para sí. Él ha muerto pues a todos los límites que constituyen el hombre y a todos los pecados que encierran al hombre en estos límites. Muerte cotidiana voluntaria, son verdaderamente el conjunto de actos realizados por Él. La muerte de Cristo, comprendámoslo bien, muerte constituida por cada uno de sus actos a lo largo de toda su vida y muerte final en la Cruz, es el acto perfecto de la libertad humana, por tanto expresión perfecta en un hombre de la libertad misma de Dios.

Este hombre de carne y de sangre al que llamamos Jesús supera íntegramente su libertad en el acto libre por el que se da. Podemos decir equivalentemente. Jesús o el Hombre íntegramente libre. Si tomamos al pie de la letra la palabra «íntegramente», es una perogrullada decir que es libre sin trabas. Y equivale a decir que es viviente sin trabas o que muriendo resucita. «Él no conoció la corrupción» (Hch 2, 31). Si la muerte de Jesús hubiera sido una muerte natural sólo sufrida, la tumba no estaría vacía, habría un residuo destinado a la destrucción pura y simple. Pero si la muerte de Jesús es su vida entregada, es la Vida simplemente, pues la vida no es verdaderamente la Vida más que cuando es entregada, ya que ser y amar son la misma cosa. Dios es Amor, la Vida es por consiguiente amor. En Jesús, la muerte es la expresión perfecta de la Vida. El cuerpo muerto de Jesús, es la Vida misma, el cumplimiento, y, al mismo tiempo, la revelación de la libertad. Él es el hombre libre y no hay libertad en las tumbas, allí no puede haber más que residuos. Nada de lo que ha sido Jesús se convierte en polvo, la tumba está vacía.

En nosotros, existe algo más que amor, algo más que libertad, ¡somos esclavos de tantas cosas! Lo expresamos reconociendoque somos pecadores. Existe en nosotros algo más que la Vida. Lo contrario de la vida, la muerte, la llevamos en nosotros a lo largo de nuestra existencia terrestre. La muerte está dentro de cada una de nuestras decisiones egoístas. Esta muerte es el rechazo de la muerte voluntaria, es la muerte sufrida. Es la parte de energía nacida en nuestros cuerpos que no se ha convertido en actos de verdadera libertad, que no ha sido transformada en energía de amor o de muerte voluntaria.

Es necesario pronunciar la palabra que expresa que muerte voluntaria y amor son lo mismo, la palabra «sacrificio». La energía que nace de mi ser de carne y sangre, si no se transforma a nivel da mi ser espiritual (de mi libertad), sacrificio, está destinada a la decrepitud, es un residuo que llegará a ser polvo. Por consiguiente no hay que pretender imaginarse la resurrección de un residuo de decrepitud, no la tiene.

En resumen, se puede morir de decrepitud o, como se dice, en el trabajo, morir de decrepitud es la fatalidad de la naturaleza; morir trabajando es un holocausto (sacrificio total de sí mismo) voluntario. En realidad todo hombre, a excepción de Cristo y de su madre, muere a la vez de decrepitud y de holocausto, de muerte sufrida y de muerte voluntaria. La tumba de Cristo está vacía, porque todo en Él fue holocausto, acto de amor, don voluntario de sí. Nuestras tumbas no están vacías porque todo en nosotros no es holocausto, acto de amor, don voluntario de nosotros mismos; nuestra tumba es la señal, para todos los que van allí a depositar flores, de que somos unos pobres pecadores.

Pero, gracias a Dios, existe en nosotros la verdadera vida. Ha habido amor verdadero en nuestra vida: hemos trabajado, no hemos visto en nuestro trabajo sólo provecho individual o familiar, nos hemos entregado, hemos cumplido una tarea, hemos muerto en cierto modo en la tarea. Hay, pues, una parte de nosotros mismos que resucita, no somos residuo. Si no fuésemos más que residuo, sería el infierno, una destrucción eternamente perseguida y jamás alcanzada.

Decía que no es posible representarse un cuerpo espiritual, un cuerpo de libertad. El Padre Pousset propone esta comparación: «hay bellotas y encinas. Aquel que no ha visto más que bellotas no puede representarse una encina. Así, nosotros no podemos representarnos nuestro cuerpo de resurrección. Pero quien ve una encina no debe preguntar cómo subsiste en ella la bellota; subsiste siendo encina.». Es poco más o menos lo que dice san Pablo: «Se siembra en corrupción, se resucita en la incorrupción; se siembra en ignominia, se resucita en gloria; se siembra en debilidad, se resucita en fuerza; se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual» (1 Cor 15, 42).

Permanencia eterna y divinizada de todo el hombre y de todo el universo

En nuestra vida resucitada veremos a Dios en todo y todo en Dios. Yo veré a Dios en todo porque este mundo que amo tanto, por el que me apasiono (la inmensidad de las llanuras, de los mares, de las estrellas y de las montañas -¡lo pensaba viendo, el otro día, la soberbia cadena de los Pirineos!- y sobre todo la comunidad de los hombres que es aún más bella y más apasionante que toda la belleza de la naturaleza), pronto este mundo se me aparecerá tal como es, saliendo en cierta forma de las manos divinas, creado eternamente por Dios, en su ser tal como es, una participación en el Ser mismo de Dios. El mundo entero me será transparente; veré a Dios a través suyo. ¡Tratad de imaginar qué sería este mundo, si pudiésemos ver a Dios a través de un amor humano, de una amistad humana, incluso de una camaradería! Dios en todo.

Y entonces, en mi misma conciencia, en mi conciencia de hombre divinizado, veré todo en Dios y todo el universo estará en mí. El universo no es separable de Dios puesto que eternamente El lo crea, por consiguiente todo en Dios. Y los dos cuadros -Dios en todo y todo en Dios- coincidirán exactamente.

Podemos pensar que, en nuestra vida resucitada, todo lo que hay de bueno, de bello y de verdadero en la existencia terrestre, subsistirá. Todo esfuerzo realizado por la paz, la justicia, la belleza, la cultura, toda obra ejecutada en las canteras humanas, todo es inmortal. Mi cuerpo es en definitiva todo esto. Puedo decir que mi cuerpo es mi historia a partir de una naturaleza: mi naturaleza es masculina, no es femenina, soy francés, no esquimal, etc. Todo esto es el enraizamiento de mi ser y, a partir de ahí, tengo una historia, mi educación, mis estudios, mi entrada en el noviciado, mis relaciones de camaradería y de amistad, mi trabajo, los acontecimientos de la vida social o política, el momento que vivo con todos: todo esto constituye mi cuerpo, es lo que resucita.

Mi historia construye mi rostro eterno. ¡Cómo imaginar un inmenso rosetón donde haya millares y millares de colores diferentes! Hay millares y millares de rostros humanos pero no hay dos idénticos, desde el origen y probablemente hasta el fin de los tiempos. Esta-diversidad prodigiosa de rostros simboliza la diversidad aun más prodigiosa de las almas, de las profundidades. Eternamente soy diferente de todos vosotros y cada uno de vosotros es diferente de todos los demás. Vuestra diferencia, ese color azul, verde o rojo único, que seréis en el rosetón eterno, son las decisiones que tomáis día tras día, a condición de que sean decisiones de caridad, de justicia, de amor, y por supuesto de elemental honestidad. Incluso lo hecho por los impíos, con más razón por los no-creyentes que no son impíos, por ejemplo los novecientos millones de chinos que no han oído hablar nunca de Jesucristo, en la medida en que obran bien, los encontraré en el Reino de los cielos, en la Jerusalén celeste de la que habla el Apocalipsis.

Construimos a lo largo de los siglos, nuestra vida eterna a través de altibajos, progresos y decadencias. Lo que quiere decir que la felicidad de un francés no será la de un chino, la felicidad de un hombre casado no será la de un soltero, pero el francés tendrá parte en la felicidad del chino, el soltero en la del hombre casado, y recíprocamente, pues la historia de un francés casado del siglo XX no es la misma historia que la de un soltero chino del siglo XV. Por tanto es todo el hombre de todo hombre lo que resucita, en el sentido que la caridad o muerte voluntaria que la resurrección alcanza ha sido asumida en energía corporal que con particularidades, y según las relaciones de parentesco, de camaradería, de amor y de amistad, son propios de cada uno. Todo resucita, salvo lo que ha quedado fuera del amor, salvo el egoísmo y el pecado. Por eso puedo concluir con una fórmula que lo resume todo: la vida eterna es la permanencia eterna, espiritualizada, divinizada, de todo el hombre y de todo el universo.

François Varillon Alegría de creer, alegría de vivirEd. Mensajero, Bilbao, 1999

(Págs. 203-222)

Print Friendly, PDF & Email

Vea también

Los deseos en la vida espiritual

Los deseos en la vida espiritual

Deseamos a Dios porque Él nos ha deseado primero. Caminar desde la compulsividad de los …