La diferencia entre adorar y venerar. Los católicos veneramos a la Virgen María, no la adoramos

Los católicos sólo y exclusivamente adoramos a Dios a quien no vemos. A la Virgen María la veneramos.

No debemos confundir adoración y veneración. ¿Por qué los católicos veneramos (no adoramos) a la Virgen María?

¿Qué es “adorar” a Dios?

En el contexto de la religión, la adoración es un acto de reverencia y respeto hacia lo divino. Es una expresión de amor, gratitud y confianza en Dios. La adoración puede ser expresada de muchas maneras diferentes, incluyendo la oración, la alabanza, la música y la escritura.

La adoración es una parte importante de la vida espiritual para muchas personas. Es una manera de conectarse con Dios y expresar su fe. La adoración también puede ser una fuente de consuelo y esperanza en tiempos difíciles.

Aquí hay algunas definiciones de adoración:

  • “La adoración es el acto de rendir homenaje a Dios o a una deidad” (Oxford Languages)
  • “La adoración es la expresión de amor y respeto por lo divino” (Merriam-Webster)
  • “La adoración es una forma de comunicarse con Dios y expresar nuestra fe” (Dictionary.com)

La adoración puede ser una experiencia personal o comunitaria. Puede ser realizada en un lugar de culto o en cualquier otro lugar. No hay una forma correcta o incorrecta de adorar. Lo importante es que la adoración sea una expresión genuina de nuestra fe y amor por Dios.

¿Qué es “venerar” a alguien?

Venerar significa mostrar gran respeto y admiración por alguien o algo. Se puede hacer de muchas maneras, como por ejemplo:

  • Orando a Dios
  • Honrando a los muertos
  • Respetando a los mayores
  • Admirando la belleza de la naturaleza
  • Agradeciendo las cosas buenas de la vida

Venerar puede ser una experiencia personal o comunitaria. Puede ser realizada en un lugar de culto o en cualquier otro lugar. No hay una forma correcta o incorrecta de venerar. Lo importante es que la veneración sea una expresión genuina de nuestro respeto y admiración por alguien o algo.

Aquí hay algunas definiciones de venerar:

  • “Venerar es mostrar gran respeto y admiración por alguien o algo” (Oxford Languages)
  • “Venerar es honrar o reverenciar a alguien o algo” (Merriam-Webster)
  • “Venerar es respetar o admirar profundamente a alguien o algo” (Dictionary.com)

Venerar puede ser una experiencia poderosa que puede ayudarnos a conectarnos con algo más grande que nosotros mismos. Puede traernos paz, alegría y esperanza.

Saber diferenciar entre adorar y venerar
Hay algunos que piensan que los católicos adoramos a María ¿Es eso cierto? Primero que nada, hay que decir que los católicos no adoramos a la Virgen María. El culto que le profesamos no es adoración, puesto que ésta corresponde únicamente a Dios. Los católicos VENERAMOS a Santa María, porque Ella es la mujer a quien Dios escogió para que fuera la Madre de Cristo. Es decir, María no es una persona cualquiera, es la Madre del mismo Dios.
María es bienaventurada por el hecho de haber sido escogida por Dios para llevar al Salvador en su seno, y por ello los católicos la hemos llamado así durante “todas las generaciones”. El respeto y veneración que le profesamos los católicos a la Santísima Virgen tiene, por lo tanto, bases bíblicas sólidas.

1. Desde el designio divino
Dios manda alabar a María. El ángel Gabriel enviado por Dios saludó a María con estas palabras: “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo” (Lc 1,28). Dios Padre ha querido asociar a María a la realización de su Plan de Reconciliación. Es así que María está asociada a la obra de su Hijo, el Señor Jesús. No es un simple capricho o exageración el reconocer la maternidad divina de María. El misterio de María está íntimamente unido al misterio de su Hijo. En Ella “todo está referido a Cristo”, subordinado a Él. María no tiene naturaleza divina y todos sus dones le vienen por los méritos de su Hijo, y no por ello deja de ser una mujer única, con dones únicos para una misión muy particular en la historia.
María coopera en la obra de la Reconciliación. Para ser la Madre del Salvador, María fue dotada por Dios con dones a la medida de su importante misión; ella es la “Llena de gracia”. Sin esta gracia única, María no hubiera podido responder a tan grande llamado. Ella es Inmaculada, libre de todo pecado original, en virtud de los méritos de su Hijo (LG 53).
Los relatos evangélicos presentan la concepción virginal como una obra divina que sobrepasa toda comprensión y posibilidad humanas (Catecismo de la Iglesia Católica n. 497). María es, pues, una mujer muy especial, dotada por Dios para ser Madre del Redentor, Madre de Dios.

2. Testimonio de las Escrituras
Los Evangelios nos la presentan como activa colaboradora en la misión de su Hijo. En Belén da a luz a Jesús, lo presenta a los pastores, a los Magos y en el Templo; convive con Él treinta años en Nazareth; intercede en Caná; sufre al pie de la cruz; ora en el Cenáculo. Por tanto, hacer a un lado a María, separarla de Cristo, no es lo que la revelación enseña. Si los Reyes Magos adoraron a Jesús en brazos de María, ¿será idolatría imitar su ejemplo?

3. En la vida de la Iglesia
La Iglesia nos presenta a María como Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. “Pero todo esto ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada nada a la dignidad y eficacia de Cristo, único Mediador” (S. Ambrosio). La luna brilla porque refleja la luz del sol. La luz de la luna no quita ni añade nada a la luz del sol, sino manifiesta su resplandor. De la misma manera, la mediación de María depende de la de Cristo, único Mediador.
El culto a María está basado en estas palabras proféticas: “Todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso” (Lc 1, 48 49). Ella será llamada bienaventurada, no porque su naturaleza sea divina, sino por las maravillas que el Poderoso hizo en ella. Así como María presentó a los pastores al Salvador, a los Magos al Rey, para que lo adoraran, le presentaran dones y se alegraran con el gozo de su venida, así el culto a la Madre hace que el Hijo sea mejor conocido, amado, glorificado y que, a la vez, sean mejor cumplidos sus mandamientos. María nunca busca reducir la gloria de su propio Hijo; todo lo contrario, y así es como lo ha entendido la Iglesia desde los primeros siglos, cuando oraban al Señor los discípulos en el Cenáculo en compañía de la Virgen Madre (Hch 1,14).

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