Espiritualidad para nuestra oración de Navidad

El tiempo de Navidad es un buen momento para pararnos a reflexionar sobre la calidad de nuestra vida y nuestra oración. El nacimiento de Jesús no nos puede dejar indiferentes. Nuestra vida de cristianos tiene que estar siempre contemplando el misterio de la Navidad: Dios se hace hombre para salvarnos.

Van unos puntos de reflexión que nos pueden ayudar a llegar a la oración al niño en el pesebre de nuestro corazón:

1.- Navidad es recobrar la fe en la vida. En la nuestra y en la de todos. No es recordar que nació el niño Jesús; sino creer que ese niño, de nombre Jesús, es el Hijo de Dios. En Navidad no sólo nace una nueva vida. Nace de nuevo la vida, es decir, viene al mundo la vida, la vida que había en Dios y que es luz que ilumina a todo hombre, para que, si la recibe y cree, pueda comenzar a vivir para siempre.

2.- El viejo y pobre establo de los países antiguos, de los países pobres, del país de Jesús, no es el pórtico de columnas y capiteles, ni la caballeriza científica de los ricos de hoy en día, ni el belén elegante de la Nochebuena. El establo no es otra cosa que cuatro paredes toscas, un empedrado mugriento y un techo de vigas y de lajas. El verdadero establo es lóbrego, sucio, maloliente; lo único limpio en él es el pesebre, donde el amo dispone el heno y los piensos. Ese es el verdadero establo en que Jesús fue parido. El primer aposento del único puro entre todos los nacidos de mujer fue el lugar más asqueroso del mundo. El Hijo del Hombre, que había de ser devorado por las bestias que se llaman hombres, tuvo como primera cuna el pesebre en que los animales desmenuzan las flores milagrosas de la primavera. No nació Jesús de casualidad en un establo. ¿No es acaso el mundo un establo inmenso en el que los hombres engullen y estercolan? ¿No transforman acaso, por arte de una alquimia infernal, las cosas más bellas, más puras y divinas en excrementos? Y a continuación se tumban a sus anchas sobre los montones de estiércol y dicen que están “gozando de la vida”.

3.- La gente está tan cansada de decir y oír decir que “el Verbo se hizo carne”, que llega a no reflexionar lo que esto significa. Él quiso realmente ser como uno de nosotros, como tú y como yo, menos en el pecado: un hombre limitado que crece, que aprende y que pregunta; un hombre capaz de oír y de responder. Dios no asumió una humanidad abstracta de animal racional, sino que desde el primer momento de su concepción asumió un ser histórico: Jesús de Nazaret, un judío por raza y por religión, que se formó en el reducido espacio del seno materno; que creció en el reducido espacio de una patria insignificante; que maduró en el reducido espacio de una minúscula y remota aldea; que trabajó en un medio limitado y muy poco culto, donde no se hablaba griego ni latín, las lenguas de la época, sino un dialecto, el arameo, con acento de Galilea; que sintió la opresión de las fuerzas de ocupación de su país; que conoció el hambre, la sed, la soledad, las lágrimas por la muerte del amigo, la alegría de la amistad, la tristeza, el temor, las tentaciones y el horror a la muerte; y que pasó por la noche oscura del abandono de Dios. Todo esto lo asumió Dios en Jesucristo. Nada de ello se le ahorró. Asumió todo lo que es auténticamente humano y pertenece a nuestra condición, como la justa ira y la sana alegría, la bondad y la dureza, la amistad y el conflicto, la vida y la muerte. Todo esto está presente en la frágil figura del Niño que comienza a gimotear en el pesebre, entre el buey y el asno.

Oración del abecedario de la Navidad

Agradecer a Dios el habernos regalado las personas con las que convivimos.
Buscar el bien común por encima de los intereses personales.
Dar lo mejor de uno mismo, poniéndose siempre al servicio de los otros.
Estimar a los otros sabiendo reconocer sus capacidades.
Facilitar las cosas dando soluciones y no creando más problemas.
Ganar la confianza de los otros compartiendo con ellos sus preocupaciones.
Heredar la capacidad de aquellos que saben ser sinceros con valentía y respeto.
Interceder por los otros a Dios, antes de hablarle de nuestras cosas.
Juzgar a los otros por lo que son, no por lo que tienen ni por lo que aparentan.
Limitar las ansias personales frente a las necesidades del grupo.
Llenarse con lo mejor que uno encuentra en el camino de la vida.
Mediar entre los compañeros que no se entienden.
Necesitar de los otros sin ningún prejuicio.
Olvidar el miedo al qué dirán dependiendo de la opinión de los demás.
Preocuparse por los más débiles o más necesitados.
Querer siempre el bien de las personas.
Respetar las opiniones de los demás, los derechos de las personas y de los animales.
Salir al encuentro del otro, no esperando que él dé el primer paso.
Tolerar los defectos y límites propios y ajenos con sentido del humor.
Unirnos todos para vivir en paz y armonía.
Valorarse con realismo sin creerse superior a los demás.
X es una incógnita que invita a la búsqueda constante de la verdad con mayúscula.
Yuxtaponer ilusiones y esperanzas, trabajos y esfuerzos por crear fraternidad.
Zambullirse sin miedo en el nuevo día que Dios regala cada mañana.

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