El dolor en la vida del ser humano

El misterio del dolor

Se usan indistintamente, sin embargo existe entre ellos alguna distinción: el “dolor” hace relación más directa con el cuerpo, mientras que el “sufrimiento” se refiere a los dolores del espíritu. Juan Pablo II evoca esta distinción y, al mismo tiempo, subraya la equivalencia:

   “Esta distinción toma como fundamento la doble dimensión del ser humano, e indica el elemento corporal y espiritual… el sufrimiento físico se da cuando en cualquier manera ´duele el cuerpo´, mientras que el sufrimiento es `dolor del alma´” (SD,5).

 El tema del dolor es uno de los grandes enigmas de la existencia humana. Por eso, el hombre de la calle y el intelectual se cuestionan sobre su sentido y ante él se dan las reacciones más divergentes: el pecador lo maldice y el santo lo asume con gozo. “La verdadera alegría, profesaba San Francisco de Asís, está en la cruz”.

Los filósofos de todos los tiempos se han enfrentado con el origen y el sentido del dolor. Y es que el enigma del sufrimiento despierta otros problemas más graves, entre ellos la existencia de Dios. En todas las religiones y filosofías, de una u otra forma, se repite la inquietante argumentación de Epicuro:

   “Si Dios no quiere impedir el mal, no es suficientemente bueno. Si no puede impedirlo, no es omnipotente. Si no puede ni quiere, es débil y envidioso a la vez. Si puede y quiere -y sólo esto es propio de Dios-, ¿de dónde procede el mal y por qué no lo elimina Dios?”.

   En el pensamiento cristiano, Boecio presenta la objeción casi en los mismos términos: “Si Dios existe, ¿de dónde sale el mal?; si no existe, ¿de dónde sale el bien?”. Pero, precisamente, Boecio adelanta la solución que dará Tomás de Aquino: la existencia del mal no es un argumento contra Dios, sino, al contrario: precisamente porque se da el mal, Dios existe, pues, si el mal es desorden, previamente existe el orden, cuyo autor sólo puede ser Dios.

   El tema se presentó de nuevo con fuerza en tiempo de Leibniz y se repitió en la filosofía existencial. La actitud atea de un sector del existencialismo se apoyaba en el hecho del mal: la “peste” de la última guerra mundial. El ateísmo de este sistema filosófico es el que tiene a la vista el Concilio Vaticano II al afirmar que “el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra el mal en el mundo” (GS,19). Ésta es la paradoja del dolor: o lleva al ateísmo o hace santo al hombre.

El pueblo de Israel ha experimentado en su propia historia la existencia del mal: la esclavitud de Egipto, las derrotas, los castigos cruentos, el destierro… Pero la Biblia no exalta el dolor como otras religiones, sino que para el israelita el dolor es un mal, es “râ”, es decir, es lo malo. De ahí que el lenguaje hebreo lo exprese con términos que significan “el gesto del que sufre” (hêbêl)×, o como un “escalofrío” (hîl), como “actitud de duelo” (êbel) o “emitir una queja” (mispêd), etc.

   En cuanto al origen del dolor, conforme a la “pedagogía divina”, parece que en la Biblia ha habido una clara evolución. Hasta el libro de Job, el israelita considera al dolor como un castigo: es la tesis que se ventila en este libro: Job sufre todo un cúmulo de dolores y sin embargo es inocente. Con esta lección queda superada la tesis del origen del dolor como un castigo.

   Es evidente que en el Antiguo Testamento  no pocos males se deben al castigo de Dios por las infidelidades del pueblo o de sus representantes. Pero lo que demuestra el libro de Job es que no todos los males físicos tienen ese origen: también al inocente le acecha el dolor.

   En dependencia con la idea de dolor-castigo enlaza la creencia de que “los hijos pagan los pecados de sus padres”. Éste es el origen del proverbio: “Los padres comieron el agraz y los dientes de los hijos sufren la dentera” (1 Sam 2,31-34; 2 Rey 5,27). El profeta Ezequiel anunciará el final de esa creencia: “No repetiréis más ese proverbio” (Ez 18,2-4). Y Jeremías sentenciará: “Cada uno por su culpa morirá: quienquiera que coma el agraz tendrá dentera” (Jer 31,29-39).

   La revelación posterior indica otros motivos que hacen útil el dolor: el sufrimiento tiene un valor purificador (Jer 9,6; Eccl 2,5; Sab 3,4-6) y adquiere vigencia la concepción de “expiación vicaria”: unos sufren por el bien de otros (2 Mac 7,38; Zac 12,10; Is 33,4-5; cfr. Aurelio Fernandez II,785-795).

Si en el A.T. el paradigma del sufrimiento del inocente fue Job, en el N.T. el modelo del dolor libremente asumido es Jesucristo. Desde la muerte de Cristo en el Calvario, la Cruz se ha convertido en el emblema del dolor para toda una civilización.

Doctrina de Jesús

En realidad, Jesús no expone una doctrina -una teoría- sobre la naturaleza y origen del dolor. Lo que realmente hace Jesucristo es alentar al sufrimiento y Él mismo lo asume hasta cotas insospechadas. En concreto, éstas son sus enseñanzas:

   – Jesús proclama que la cruz es condición para ser su discípulo (Mc 8,34; Mt 16,24; Lc 9,23; 24,27). Su consigna es una invitación al sufrimiento: “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (Mt 10,38). Pero Jesús no sufre al modo estoico: Él mismo pide al Padre que le quite el cáliz que ha de beber (Mc 14,36).

   – Jesús se compadece de los que sufren y mitiga el dolor ajeno (Lc 7,11-15). Casi todos los milagros son signos de alivio del dolor. En esto se concreta la biografía que hace San Pedro: “Pasó haciendo el bien y sanando a todos” (Hech 10,38).

   – El dolor no es castigo por los pecados. El ciego de nacimiento, no “pecó él ni sus padres”, es “para que se manifieste en él la gloria de Dios” (Jn 9,1-4). Pero otras veces Jesús destaca el castigo punitivo: es el símbolo de la maldición de la higuera (Lc 13,6-9).

   – El dolor en la vida de Jesús. Es lo más destacable. No se conserva discurso alguno en el que Jesús “teorice” sobre el dolor. Lo que transmite la Revelación son las cuatro amplias narraciones de su Pasión, en las que Jesús asume todos los dolores -físicos y morales- de una manera límite y extrema: la muerte ignominiosa en la cruz es el paradigma del dolor humano.

   Por consiguiente, la doctrina cristiana sobre el dolor no es una explicación filosófica, psicológica, médica ni siquiera ética, sino teológica y aún mejor cristológica: el ser y la existencia de Jesús corresponden a la “kénosis”; su biografía es el anonadamiento, hasta “la muerte y muerte de Cruz” (Fil 2,5-11).

Teología de San Pablo sobre el dolor

El Apóstol, al meditar en la vida y pasión de Jesús, saca las consecuencias y reflexiona sobre el sentido del dolor. Éstas son sus tesis fundamentales:

   – Pasión y resurrección. Pablo no se detiene tanto en la pasión cuanto en la resurrección (Rom 8,34), pues, al resucitar, Cristo muestra el triunfo sobre la muerte (1 Cor 15,5-57). Esta nota biográfica de la vida de Jesús debe iluminar la vida del hombre: el sufrimiento de aquí lleva al gozo de la eternidad (Rom 8,18-19; 2 Cor 4,17).

   – La muerte de Cristo, señal de un gran amor. Mediante su pasión, Jesús demostró su amor a los hombres. La consecuencia que saca el Apóstol es: “Me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gál 2,20). La cruz es la señal del gran amor (Rom 5,5-11).

   – Mediante la pasión de Cristo, el mundo está salvado. La comparación entre Adán y Cristo muestra el anverso y el reverso de la historia humana: si por Adán entró el pecado, por Jesús viene la salvación (1 Cor 15,21-22).

   – Somos corredentores con Cristo. Puesto que el dolor es el precio de la redención: “habéis sido comprados a un gran precio” (1 Cor 6,20). San Pablo también ofrece sus padecimientos “por vosotros yo suplo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1,24).

   – El valor del sufrimiento. El dolor ya no es un castigo ni un abatimiento, sino que el dolor es “ocasión para padecer por Él” (Fil 1,29). Pablo se alegra en sus sufrimientos (Fil 2,17); “son su gloria” (Ef 3,13); “no se avergüenza de sus padecimientos” (2 Tim 1,12), sino que son “su consuelo” (2 Cor 1,5-6). Él se gloría de “predicar a Cristo y a Cristo crucificado” (1 Cor 2,2).

   En resumen, la cruz que “era necedad para los que pierden”, y constituía un “escándalo para los judíos y locura para los gentiles” se convierte “en poder de Dios para los que se salvan” (1 Cor 1,18-23).

   A la vista de la vida de Jesús, de sus enseñanzas en la pasión y muerte y de las reflexiones de los Apóstoles, la tradición profundizó en el origen del mal que sitúa en el pecado de Adán y en los pecados de los hombres. El origen del mal físico está en el mal moral. Es la tesis de Santo Tomás.

La respuesta del cristiano es inmediata: el dolor no es maldito, ni siquiera es un mal, dado que Cristo nos redimió con el dolor, y por ello, desde entonces, la cruz es la señal de un gran amor y el signo de la salvación. Pero no se ha hecho más que arrastrar la dificultad del gran escándalo del mal unos metros más allá. Pues la razón sigue preguntando: ¿por qué Cristo nos redimió con la cruz y no con el gozo? ¿Por qué nos redimió en el Calvario y no en la fiesta que siguió a la multiplicación de los panes y de los peces?

   Si Cristo muriendo en la Cruz es la respuesta al dolor, no hemos hecho más que retrotraer las dificultades. El mal y, más en concreto, el dolor es una gran aporía. No obstante, desde el pensamiento cristiano cabe una cierta iluminación de esta oscuridad. He aquí algunos jalones:

   Muchos males -¡la mayor parte!- son fruto del mal ejercicio de la libertad humana. No cabe imputar a Dios las graves injusticias sociales, ni el hambre en el mundo, ni las guerras, ni los campos de concentración, etc.: los males que ocasiona el hombre tienen su origen en el mismo hombre y Dios no hace más que “lamentar” el mal uso que hace el hombre de este gran don, que es la libertad.

   Otro cúmulo de males provienen de la limitación humana: todo lo vivo se deteriora, envejece y muere. Así, los males del cuerpo son debidos al deterioro inherente a toda la materia que con el uso se gasta. Tampoco el “espíritu encarnado” es ajeno a esta ley. Asimismo, la existencia del hombre no es eterna, sino que el organismo humano se deteriora y muere. El hombre, como ser finito, tiene que aceptar su propia limitación.

   También el hombre está sujeto a las fuerzas de la naturaleza, al fin y al cabo, si el hombre es “un-ser-en-el-mundo”, sufre el influjo del entorno. Pero la naturaleza no es sólo la puesta del sol o la primavera, el cosmos tiene sus manifestaciones en el movimiento del mar, en el viento y en la fuerza de los terremotos. Por ello, esos zarpazos de la naturaleza que dan lugar a los cataclismos (CEC,310).

   Las razones expuestas no dan razón total del sufrimiento humano. Todavía quedan incógnitas que no es fácil eliminar. El resto queda en el misterio del actuar de Dios: “¡Dios sabe más!”, decía el San Josemaría Escrivá, y al hombre se le ocultan las razones por las que Dios permite tantos males que en ocasiones parecen inútiles. Santo Tomás Moro escribió a su hija desde la Torre de Londres en espera del martirio: “Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor” (Carta a su hija, cfr.CEC,313).

   Es evidente que estas razones no logran esclarecer el gran misterio del dolor. Para ello es preciso ir a los orígenes del primer pecado: allí en el “mysterium iniquitatis” (2 Tes 2,7) se encuentra el origen del primer mal. Como enseña S.Pablo, “la muerte entró en el mundo por el pecado” (Rom 5,12-21) y, a partir de este hecho, todo queda averiado: el interior del hombre (Rom 7,17-25) y el mundo cósmico (Rom 8,19-23).

   Supuesto el pecado de origen, con esa lesión profunda del ser humano, el mal físico -el dolor y la enfermedad- atempera la malicia del hombre. Dado el orgullo humano, sería tremendo pensar qué sería el mundo si el hombre no tuviese en cuenta y no temiese el hecho de la enfermedad y de la muerte. Se olvidaría de Dios y haría su mundo. Entonces, seguro que, sin cataclismos cósmicos, aumentarían los campos de concentración y de exterminio. De este modo, el dolor sirve al hombre de rehabilitación, le impide absolutizar los valores temporales y le impulsa a acordarse de Dios, porque necesita de Él.

    Pero el cristiano no es un fatalista frente al mal y menos aún un masoquista que se goza en él. El cristiano tiene la obligación de combatir contra el mal injusto e impedir que crezca y se reproduzca. Si muchos males -el mayor cúmulo- son ocasionados por la libertad torcida del hombre, la fe cristiana demanda una “lucha por la justicia”, por lo que el cristiano debe sentirse movilizado en la batalla contra ese mal.

   El otro cúmulo de males que proceden de la limitación de la naturaleza, el hombre lucha para vencerlos. Así combate el dolor con analgésicos y canaliza el río para que no se desborde…

      Quedan como gran incógnita esos otros males que no tienen una causa conocida y que nos ponen ante el misterio de Dios y el misterio del hombre.

    Ante el misterio de Dios que ha querido redimirnos pasando a través del dolor. Ha querido mostrarnos su amor  por medio del dolor: “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito…” Él que es creador de todo lo que es bueno, y que “no mandó Dios a su Hijo a condenar al mundo, sino para que se salve por medio de Él”.

    Además nadie puede decir que Dios no conoce o no comprende sus sufrimientos cuando mira la imagen del Hijo en la Cruz. Si a veces es difícil responder intelectualmente a los por qués, miremos a Jesús, el Gran Inocente.

    El dolor nos ilumina el misterio del pecado y la libertad. Descubrimos que realmente la libertad es un misterio porque da lugar a que los hombres nos enfrentemos con nuestro creador y señor. Hechos por Dios para la felicidad, y enfrentados con quien es nuestra plenitud. La búsqueda de la felicidad  erradamente se reconduce mediante el dolor. El dolor se convierte en muchas ocasiones en camino de vuelta hacia la verdad del hombre y de su relación con Dios, y además repara lo que una búsqueda soberbia de la felicidad había roto.

    Por último hay una solidaridad de todos los hombres que lleva a la comunión. Somos un cuerpo, el cuerpo de Cristo, hijos en el Hijo, y debemos recorrer con él su camino de salvación. Nos invita a ser corredentores por nosotros y de nuestros hermanos, para poder decir de verdad que nos amamos en Cristo como Él nos amó. “Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación de la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Rom 8,18).


Francisco José Ramiro García

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