¿De dónde viene el mal? El problema del mal en los orígenes

Una de las preguntas que desde siempre resuena en nuestros corazones es el origen del mal: ¿de dónde viene el mal? En los momentos en que experimentamos los límites de la maldad o de la violencia no podemos dejar de preguntarnos por qué Dios, si existe, permite esas situaciones. Las respuestas no son tan simples como podríamos pensar. En primer lugar, es necesario que analicemos esa estructura que surge con la creación, para luego, ver cómo Dios se hace presente allí.

Fue san Agustín quien afirmó que el mal no es una substancia, sino la privación de un bien, idea que retoma Santo Tomás al afirmar que el mal es privación de un bien debido. Desde estos puntos de vista, el mal no tiene realidad substancial. Pero una verdadera concepción del Dios de la Biblia hace necesaria su presencia en la historia, pues es una historia de salvación. La objeción más grave contra esta posición es que no responde al grito del hombre. El Dios de los cristianos reconoce al hombre el derecho de gritarle: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”. Como dice Adolphe Gesché, “el mal es demasiado monstruoso como para que se le pueda mirar con otros ojos que no sean los del escándalo, o al menos, los de la sorpresa y la extrañeza”. El error está en que al exculparlo le expulsamos del problema, siendo capital que esté en él.
El gesto específicamente teológico es hacer que la cuestión pase por Dios, plantearla en Dios. El Dios de la Biblia es un Dios responsable, que exige que no se le trate expeditivamente, dando la impresión de que sólo busca retirarse antes de que surjan los problemas. La blasfemia ya no está en reclamarle a Dios, sino en creer que Dios no puede soportar la cuestión y que no puede hacer nada por nosotros.


Ahora sabemos que podemos y debemos incluir a Dios en nuestra pregunta sobre el mal, pero ¿cómo lo incluimos? La Escritura muestra cómo Jacob, Job y Jesús se dirigieron a Dios bien para preguntarle ¿por qué, Señor?, bien para suplicarle: “Padre, si es posible aparta de mí este cáliz”; bien para expresar su repugnancia “daré rienda suelta a mis quejas”; o su aceptación “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” el creyente habla con Dios, le pregunta. La propuesta de Gesché consiste en que sea cual sea el tono que adoptemos al hablar con Dios: el del reproche (“la mujer que tú me has dado”, Gn 3, 12), el de un reclamo (“yo quiero hablar al Poderoso, frente a Dios quiero defenderme”, Job 13, 3) o el de una pregunta (“¿por qué me has abandonado?”), el creyente rompe el silencio. El creyente tendrá que seguir levantando su grito, so pena de que sea a él a quien Dios le diga: “¿por qué me has abandonado?”.

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