¿Confías en Dios? Meditación

Cuentan que un gran alpinista, satisfecho de todas las cumbres alcanzadas hasta entonces, decidió escalar el pico más alto de los Alpes, sin importarle que a lo largo de todo el año éste se encontrase siempre cubierto de nieve. Preparó su hazaña durante mucho tiempo con el fin de no dejarse ningún cabo suelto, adquirió el mejor equipo, los mejores mapas, buscó el asesoramiento de expertos en aquel tema y, llegado el día, partió hacia allí. Pero no estaba dispuesto a compartir su gloria con otro, así es que emprendió la aventura sin compañeros, tan solo acompañado de un guía.

Al cabo de unos días llegaron a la falda de la montaña e inició el ascenso.

Empezó a subir, pero poco a poco el día fue avanzando, hasta que empezó a oscurecer y la tarde se le vino encima. Pero lejos de pensar en buscar un lugar para acampar, estaba tan obsesionado con llegar a la cima que siguió subiendo y subiendo.

De repente la oscuridad de la noche se cernió sobre él y se vio envuelto por una espesa y fría niebla. Ya no podía ver absolutamente nada. No había luna ni se veía una sola estrella, porque todas estaban cubiertas por las nubes, la visibilidad era nula y de nada le servía la potente linterna que llevaba, porque tampoco podía hacer uso de ella. Fue entonces cuando decidió seguir ascendiendo con la confianza de que no tardaría en encontrar alguna pequeña entrada en la ladera en la que poder refugiarse y pasar la noche, pero nunca se supo si fue la cuerda o las botas lo que le falló pero resbaló, y empezó a caer desplomándose hacia el vacío. Caía a una velocidad vertiginosa, pero todo lo que podía sentir era la terrible sensación de ser succionado por la gravedad y el terrible final que le esperaba y sin darse cuenta empezaron a pasar por su mente con esa misma vertiginosa velocidad todos los momentos de su vida, los buenos y los malos.

Estaba seguro que iba a morir… y su angustia aumentaba por segundos, sin embargo, de golpe, como un inmenso estirón, que casi le partió en dos, frenó su caída y se encontró suspendido en el aire, atado a aquella cuerda por la cintura…

En esos momentos de desesperación su pensamiento y sus ojos se elevaron hacia arriba y con todas sus fuerzas gritó:
– ¡Dios mío, ayúdame,…!, ¡ayúdame!… y entonces sucedió lo inesperado.

Escuchó una voz que surgía del cielo que le dijo:
– ¿Qué quieres que haga por ti hijo mío?
– ¡Sálvame Señor, te lo suplico!
– ¿Realmente crees que puedo salvarte?, le preguntó Dios.
– Por supuesto que lo creo…
– Entonces, como puedas corta la cuerda que te sostiene y déjate caer…

Hubo un momento de silencio…, pero no hubo respuesta…
Su única respuesta fue aferrarse más y más a la cuerda…

Y cuentan que cuando lo encontraron estaba muerto, congelado, pero ¡¡tan solo se encontraba a dos metros del suelo…!!

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