Educar en y para la interioridad (Reflexiones desde San Agustín)

Los criterios que rigen en nuestra sociedad son la utilidad y la eficacia, y las energías, hasta en el campo educativo, se dirigen a crear hombres hábiles, eficientes y competitivos. A veces se educa para el éxito, para el triunfo, para lo espectacular; pero quizá se olvide el ser íntimo del hombre y haya demasiados hombres superficiales, vacíos por dentro, con poco o con nada que ofrecer a los demás.


Decía Einstein: «La escuela debe tener siempre como objetivo que el joven salga de ella con una personalidad armoniosa, no como un especialista». Posiblemente los esfuerzos docentes deban encaminarse a la adquisición del arte de pensar de manera crítica y creativa y, por tanto, a que el alumno no sólo adquiera conocimientos sobre las cosas, sino a que busque la verdad por sí misma.
Eso no va contra la cultura y al saber. San Agustín orienta a un saber y una cultura al servicio del ser humano y para la promoción de todo lo humano.

Hablar de la interioridad hoy es una necesidad para ser uno mismo frente a la superficialidad y a la dispersión, porque la interioridad tiene mucho que ver con el reconocimiento personal y con el descubrimiento de nuestro ser más íntimo. Sin duda, el hombre actual necesita una nueva experiencia de la interioridad, necesita comenzar desde el recogimiento y el silencio e ir avanzando hasta llegar a una profunda vida de interioridad.
Pero en Agustín la interioridad nos está hablando de potenciar el hombre interior, que es la sede de la verdad, frente al hombre exterior, que vive de los sentidos, que se rige por el «me gusta» o el «me apetece». La interioridad agustiniana no se puede vulgarizar; no es la introspección psicológica. En la interioridad se entra dentro del yo, pero se entra con la luz valorativa de la que depende el sentido del yo. Esa luz es la invitación que se hace al yo a que realice en sí mismo la imagen de Dios, que es la vocación fundamental del hombre. El hombre se conoce a sí mismo en cuanto realiza su vocación fundamental, que es ser imagen de Dios e hijo de Dios. En el nivel más alto, interiorizarse viene a significar identificarse con Cristo, revestirse de la filiación de Cristo. Conocerse a sí mismo a este nivel, ser interior a sí mismo, es comprometerse en el dinamismo del Cuerpo de Cristo, del Cristo Total.

4. EL MAESTRO ESTÁ DENTRO


Para Agustín, existe un único Maestro: Cristo Él nos enseña todo cuanto sabemos. La instrucción que Cristo nos da es en el interior, y será necesario un proceso de interiorización para poder participar de estas enseñanzas: «Mas qué haya en los cielos, lo enseñará aquel que por medio de los hombres y de sus signos nos advierte exteriormente, a fin de que, vueltos a Él interiormente, seamos instruidos. Amarle y conocerle constituye la vida bienaventurada, que todos predican buscar; mas pocos son los que se alegran de haberla verdaderamente encontrado» (Del maestro 14,46).


Todo hombre consulta a este Maestro; él enseña al que habla y al que escucha una misma verdad; su presencia interior, es la presencia de la verdad, de la que habla Agustín frecuentemente; El es más interior que lo más interior nuestro (Cfr. Confesiones 3,4,11; La verdadera religión 39,72). Todos los hombres estamos hermanados en este mismo Maestro interior; es más, Agustín insiste en que todos somos condiscípulos en la gran escuela de este único Maestro; nadie debe creerse ya licenciado de ser escolar, ya que, renunciando a ser discípulos de esta escuela, nos quedamos en la oscuridad. Es este maestro el que habla por la boca de todos los maestros; es Él el que nos enseña en todas nuestras enseñanzas. Él es el Maestro, el gran Maestro, el único Maestro: «Vuestra caridad sabe cómo tenemos un Maestro único, bajo cuya autoridad somos todos condiscípulos. No por hablaros yo desde un sitial más elevado soy vuestro maestro, no; hay un Maestro común, el que mora en nosotros, y acaba de hablaros» (Sermón 134,1). Este maestro es el que ilumina la verdad: «Dios, que es luz, ilumina por sí mismo las mentes piadosas para que entiendan las cosas divinas que se dicen o muestran… y la ilumina por sí mismo, de suerte que no sólo aprovechando vea las cosas que se muestran por la verdad, sino la misma verdad» (Comentario al Salmo 118,18,4).


Agustín ve a Cristo como el maestro único y verdadero, el doctor que enseña, que desde la autenticidad comunica la verdad y que no puede engañarse ni engañar; lo suyo es una pedagogía de delicadeza y de profundidad, en comparación con la pedagogía de la ley, y que sólo cuando se le sigue, se llega a comprender toda la trascendencia de lo que nos dice: «El auténtico maestro, que a nadie adula y a nadie engaña; el verdadero doctor y a la vez salvador al que nos conduce el insoportable pedagogo, al hablar de las buenas obras…
No lo dice Agustín, sino el Señor. ¿Qué dice el Señor? Sin mí nada podéis hacer… Dejaos guiar, pero corred también vosotros; dejaos guiar, pero seguid al guía, pues después de haberle seguido, será cierto aquello de que sin él nada podéis hacer» (Sermón 156,13).
Desde aquí Agustín tiene claro que tanto él como los que están escuchando son condiscípulos: «Lo más seguro, sin embargo, es que tanto nosotros que hablamos, como vosotros que escucháis, sepamos que somos condiscípulos del único maestro» (Sermón 23,2).


La misión que tiene Agustín, es decir lo que el maestro auténtico le manda decir, el maestro presta su voz para que Cristo diga su mensaje: «Hablo a condiscípulos en la escuela del Señor. Tenemos un único maestro, en el que todos somos uno; quien, para evitar que podamos vanagloriarnos de nuestro magisterio, nos amonestó con estas palabras: “No dejéis que los hombres os llamen maestro, pues uno es vuestro maestro: Cristo”. Bajo la autoridad de este maestro, que tiene en el cielo su cátedra -pues hemos de ser instruidos en sus escritos-, poned atención a lo poco que voy a decir, si me lo concede quien me manda hablaros. Quienes ya lo sabéis, recordadlo; quienes lo ignoráis, aprendedlo» (Sermón 270,1).
Este maestro, que tiene su cátedra en el Evangelio, habla a todos desde dentro: «Vuestra caridad sabe cómo tenemos un Maestro único, bajo cuya autoridad somos todos condiscípulos. No por hablaros yo desde un sitial más elevado soy vuestro maestro, no; hay un Maestro común, el que mora en nosotros y acaba de hablaros en el Evangelio a todos…, hablaba desde la cátedra del Evangelio» (Sermón 134,1).
La gran seguridad que tiene Agustín es que enseñando lo que ha dicho Cristo él no se equivoca, con la particularidad que no hay cosa mejor que hacer que esto: «Habiéndosele acercado, pues, sus discípulos, el Maestro único y verdadero les enseñaba diciéndoles lo que brevemente he recordado. También vosotros os habéis acercado a mí para que, con su ayuda, os hable y enseñe ¿Puedo hacer cosa mejor que enseñar lo que tan gran Maestro ha dicho?» (Sermón 53 A, 1).


Cristo es el maestro bueno, el maestro profundamente humano que «acaricia, exhorta, amenaza» (Sermón 22,3), pero humanísimo no al estilo humano, sino divino, porque enseña haciéndose uno, encarnándose, poniéndose a la altura de los que quiere enseñar para que lo vean realizado en su persona: «Veían en él a un maestro, un animador y consolador, un protector, pero humano, como se veían a sí mismos, y si esto no aparecía a sus ojos, lo consideraban ausente, siendo así que él está presente por doquier con su majestad. Es verdad, él los protegía, como la gallina a sus polluelos, según él se dignó afirmar; como la gallina, que, ante la debilidad de sus polluelos, también ella se hace débil. Como recordáis, son muchas las aves que vemos engendrar polluelos, pero no vemos que ninguna, salvo la gallina, se haga débil con sus polluelos. Esta es la razón por la que el Señor la tomó como punto de comparación; también él, en atención a nuestra debilidad, se dignó hacerse débil tomando la carne» (Sermón 264,2). Lo mismo que la gallina y la madre se acomodan en todo a sus pequeños, como también lo hizo el Señor, así deben hacerlo también los educadores: «Por eso se hizo niño en medio de nosotros, como la madre que vela por sus hijos. ¿Es que resulta agradable balbucir palabras infantiles y entrecortadas si a ello no invita el amor? Y, con todo, los hombres desean tener hijos para hablarles de esa manera.
Y la madre se complace más en dar a su pequeñito trocitos diminutos que en comer ella misma manjares más sólidos. Por tanto, no se aparte de tu mente la imagen de la gallina que cubre con sus plumas delicadas los tiernos polluelos y llama con su voz quebrada a sus crías que pían, mientras los otros, huyendo en su soberbia de sus blandas alas, resultan presas de las aves rapaces. Si a nuestra mente agrada penetrar en las verdades más recónditas, que no le desagrade comprender que la caridad, cuanto más obsequiosa se rebaja hasta las cosas más humildes, tanto más vigorosamente asciende hacia las realidades íntimas mediante la buena conciencia de no buscar entre aquellos a que se abajó ninguna otra cosa sino su salvación eterna» (La catequesis de los principiantes 10,15). «Por tanto, con la ayuda del Señor, os serviremos lo que él nos conceda, recordando y teniendo bien presente en el ánimo nuestro deber de servir, para hablaros no en calidad de maestro, sino de servidor; no a discípulos, sino a condiscípulos; porque tampoco a siervos, sino a consiervos. Sólo hay un maestro para todos» (Sermón 292,1).


Agustín nos invita a que juntos escuchemos a ese único maestro para aprender sus enseñanzas: «Escuchemos juntos; escuchemos juntos como condiscípulos en la única escuela del único maestro, Cristo; su cátedra está en el cielo, precisamente porque antes lo fue su cruz en la Tierra. Él nos enseñó el camino de la humildad para ascender después, visitando a quienes yacían en el abismo y elevando a quienes querían unirse a él» (Sermón 240 A, 4). A la vez, para Agustín, después de la resurrección, Cristo no está en el quinto cielo desentendido de lo que pasa aquí en la Tierra con los hombres, sino que ha colocado su cátedra en el interior de cada uno de nosotros; ahí sigue enseñando, sigue hablando silenciosamente: «Volveos a vuestro interior y si sois fieles, allí encontraréis a Cristo. Él es quien os habla allí. Yo grito, pero él enseña con su silencio más que yo hablando. Yo hablo mediante el sonido de mi palabra; él habla interiormente infundiendo pensamientos de temor. Grabe él, pues, en vuestro interior las palabras que me atreví a deciros: “Vivid bien para no morir mal”. Puesto que hay fe en vuestro corazón y, en consecuencia, habita Cristo en él, él os enseñará lo que yo deseo proclamar» (Sermón 102,2).


Cristo es un maestro muy especial y es que enseña en todo momento, con cada uno de sus actos y dichos e, incluso, sin actos ni dichos, dado que es maestro por estructura, no por oficio: «Hasta cuando padecía nos estaba enseñando, como nos enseñó cuando fue tentado. Como te enseñó lo que debes responder al tentador en el momento de la tentación, de idéntica manera te enseñó lo que has de responder al perseguidor cuando seas juzgado» (Sermón 299 E, 2). Este mismo Señor es el que enseña ahora en el corazón de cada hombre: «mejor os enseñará quien habla dentro de vosotros incluso en ausencia mía, en quien pensáis devotamente, a quien recibisteis en el corazón, convirtiéndoos en templos suyos» (Sermón 293,1).


La genuina educación agustiniana va en la línea de la iluminación, no de la fuerza, «ya que nadie hace bien lo que hace a la fuerza, aunque sea bueno lo que hace» (Confesiones 1,12,19). A semejanza de Cristo, que «nada obró con violencia, sino todo con persuasión y consejo» (De la verdadera religión 16,31).

5. EDUCACIÓN Y AUTOCONCIENCIA


Agustín se inclina a una educación para la libertad, la comprensión y la responsabilidad mutua, y la educación al estilo agustiniano es sobre todo concienciación, es decir, despertar la autoconciencia para que el educando descubra por sí mismo la verdad y despliegue todo lo que contiene en su interior. Para que el hombre sea él mismo es necesario que viva conscientemente, y vivir conscientemente, entre otras cosas, será vivir conociéndose: «En gran estima suele tener el humano linaje la ciencia de las cosas terrenas y celestes; pero sin duda son más avisados los que a dicha ciencia prefieren el propio conocimiento. Más digna de alabanza es el alma conocedora de su debilidad que la de aquel que, desconociendo su condición enfermiza, avizora el curso de los astros en afanes de nuevos conocimientos con el fin de contrastar nuevas teorías, pero ignora la senda de su salvación y de su estabilidad. El que, movido por el fervor del Espíritu Santo, despertó ya en el Señor, y en su amor conoce la propia vileza, y, suspirando por la proximidad de Dios, experimenta su impotencia, e iluminado por el esplendor divino entra en sí y se encuentra a sí mismo, éste estará cierto de que su indigencia no puede anteponerse a la pureza de Dios» (La Trinidad 4, prólogo, 1). El propio conocimiento es prioritario, «¿cómo puede el alma conocer otra alma si se ignora a sí misma?» (La Trinidad 9,3,3). «Volved al corazón, ¿qué es eso de ir lejos de vosotros y desaparecer de vuestra vista? ¿Qué es eso de ir por los caminos de la soledad y vida errante y vagabunda? Volved. ¿A dónde? Al Señor. Es pronto todavía. Vuelve primero a tu corazón; como en un destierro andas errante fuera de ti. ¿Te ignoras a ti mismo y vas en busca de quien te creó? Vuelve, vuelve al corazón y deja tu cuerpo, tu cuerpo es tu casa. Tu corazón siente también por tu cuerpo; pero tu cuerpo no siente lo que tu corazón. Deja también tu cuerpo y vuelve a tu corazón» (Comentario al Evangelio de Juan 18,10). Parece que Agustín nos quiere decir que sólo podemos conocer de forma vivencial a Dios si entramos en el propio corazón: «Prevaricadores, volved al corazón y adheriros a Aquel que os ha creado. Manteneos en su compañía y alcanzaréis estabilidad. Descansad en Él y hallaréis sosiego. ¿Adónde vais por caminos impracticables? ¿Adónde vais? El bien que amáis procede de Él » (Confesiones 4,12,18).


Por otra parte, según Agustín, sólo vive de verdad el que es fiel al propio mundo interior, es decir, el que es fiel a la verdad que habita dentro. Agustín invita a que eduquemos al hombre para la propia armonía interna, para la paz: «Si quieres ser artífice de la paz entre dos amigos tuyos en discordia, comienza a obrar la paz en ti mismo; debes purificarte interiormente, donde quizás combates contigo mismo una lucha cotidiana» (Sermón 53 A, 12), que eduquemos para la libertad propia, es decir, para que sea él mismo, que es la meta principal del hombre. Dios mismo da la gracia para que el hombre consiga la plena libertad: «Mirad, pues, cómo la libertad de la voluntad se armoniza muy bien con la gracia, no va en contra de ella. Pues la voluntad humana no obtiene la gracia con su libertad, sino más bien con la gracia de libertad, y para perseverar en ella, una gustosa permanencia e insuperable fortaleza» (De la corrección y de la gracia 8,17). «El libre albedrío no es aniquilado, sino antes bien fortalecido por la gracia, pues la gracia sana la voluntad para conseguir que la justicia sea amada libremente» (Del espíritu y de la letra 30,52).


Educar en la interioridad es ayudar a vivir la autoconciencia; Agustín quiere que todos seamos condiscípulos, tiene miedo a entorpecer la labor del auténtico maestro: «Se nos denomina doctores, pero en muchas cosas buscamos nosotros un doctor y no deseamos ser tenidos por maestros. Es peligroso y ha sido prohibido por el Señor mismo… Lo más seguro, sin embargo, es que tanto nosotros que hablamos, como vosotros que escucháis, sepamos que todos somos condiscípulos del único maestro; es esto, sin duda, lo más exento de peligro; en consecuencia, conviene que nos escuchéis no como a maestros, sino como a condiscípulos vuestros» (Sermón 23,1-2).


Educar en la interioridad es ayudar a que se consulte esa luz interior, es cierto que los educadores pueden sugerir, pero el que enseña está dentro: «Los hombres pueden traer en cierto modo a la memoria las cosas mediante los signos que son las palabras, pero quien enseña es el único verdadero maestro, la misma verdad incorruptible, el único maestro interior. El se hizo también maestro exterior para llamarnos de lo exterior a lo interior, y tomando la forma de siervo, se dignó aparecer humilde a los que yacían, para que, al levantarse, se les mostrase su sublimidad» (Réplica a la carta llamada del Fundamento 36).


No aprendemos del maestro exterior, aunque su labor no sea inútil, ya que tiene como función llamar la atención: «El sonido de nuestras palabras hiere el oído, pero el maestro está dentro. No penséis que alguno aprende algo del hombre. Podemos llamar la atención con el ruido de nuestra voz; pero si dentro no está el que enseñe, vano es nuestro sonido» (Comentario a la Epístola de Juan 3,13). Las palabras del maestro exterior, nos mueven a consultar nuestro interior, y esta verdad interior, que es el mismo Cristo, se da a conocer a cada uno según la propia capacidad: «Comprendemos la multitud de cosas que penetran en nuestra inteligencia no consultando la voz exterior que nos habla, sino consultando interiormente la verdad que reina en el espíritu; las palabras tal vez nos mueven a consultar. Y esta verdad que es consultada y enseñada, es Cristo… Toda alma racional consulta a esta Sabiduría; mas ella revélase a cada alma tanto cuanto ésta sea capaz de recibir, en proporción de su buena o mala voluntad» (Del maestro 11,38). Esto postula claramente una llamada a la interioridad tanto para los educandos como para los mismos educadores.

Santiago Sierra Rubio, OSA
Llicenciado en Filosofía y profesor de Filosofía
en el Estudio Teológico Agustiniano
de los Negrales (Madrid)

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